PALABRAS DE APERTURA DE LAS V JORNADAS DE PASTORAL EDUCATIVA

Tucumán 21 y 22 de Junio.

Bienvenidos a estas V Jornadas de Pastoral educativa, Bienvenidos a Tucumán, Bienvenidos a todos los educadores laicos y religiosos venidos de todas partes del país.

Es verdaderamente una alegría celebrar aquí las jornadas de Pastoral educativa, una ciudad con un gran protagonismo en la construcción nacional, en la casa de un Instituto de Vida Consagrada de religiosas nacidas en esta tierra, siempre atentas a los signos de los tiempos, que han respondido con audacia a los desafíos educativos que hemos vivido. Gracias por recibirnos, gracias a la delegación de FAERA en Tucumán, porque han preparado todo para recibirnos y celebrar juntos esta fiesta de la fraternidad y sororidad en la que vamos a compartir la experiencia educativa de hacer que todo en la escuela sea evangelio.

Ayer celebrábamos el Día de la Bandera Nacional, insignia que fue oficializada por el Congreso celebrado en esta ciudad en 1816. Aquellos días de incertidumbre, donde no todos pensaban igual, dónde también como hoy hubo intereses mezquinos; no obstante también hubo gran generosidad para soñar el futuro de un pueblo que aquellos hombres lo dejaron plasmado en el preámbulo. Un pueblo libre, un pueblo abierto a todos los que quieran vivir en esta tierra. La Iglesia, las órdenes religiosas principalmente Dominicos, Franciscanos, Jesuitas, Mercedarios y el clero criollo; fueron protagonistas de esta gesta de fundación de nuestro pueblo argentino. 

Pero el Congreso de Tucumán no era ni el primer paso, y sería uno más en una larga historia de enfrentamientos que tuvo nuestra nación, la más cruenta hasta la batalla de Caseros, luego la convención constituyente reunida en Santa Fe, nuevamente será testigo de las tensiones y las diferencias. En ese tiempo un Fraile Franciscano, catamarqueño, el Siervo de Dios Mamerto Esquiú, en su predicación será determinante para lograr la aceptación por parte de las provincias, de la constitución de 1853. Fray Mamerto Esquiú dirá en aquel sermón famoso que le encargaran en Catamarca:

Obedezcan, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra…”

Y está claro que esa enumeración no era metáfora; era pura constatación de lo sucedido en esos años.  Y a lo largo de la historia de nuestra Patria seguimos colaborando, siempre hubo mujeres y hombres de la Iglesia que han jugado la vida por el Pueblo de Dios, que no se han quedado quietos, nuestros santos y santas argentinas,  los fundadores y fundadoras argentinas son un testimonio de ello.

El tiempo presente es sin duda desafiante para nosotros en la Educación Católica. Vivimos tiempos de creación. Somos depositarios de un carisma, de unos valores y de unas tradiciones nacidas del evangelio y encarnadas en la historia. Hoy nuestro desafío, como el que tuvieron nuestros fundadores y fundadoras es crear algo nuevo para este tiempo nuevo, alentados y animados por el mismo carisma, los mismos valores y sus tradiciones. Y como en los días de nuestros Fundadores debemos andar con los ojos abiertos, con el corazón llenos de evangelio y nuestras manos dispuestas a colaborar. 

Por eso quizás el primer desafío que tenemos todos, es nuestro trabajo diario como un llamado al ministerio pastoral de la educación cristiana de los niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos en esta tierra. Este es el sentido de nuestros esfuerzos, y de nuestras búsquedas. 

En este tiempo en el que pareciera que las elecciones que hacemos en la vida están signadas por las conveniencias individuales, nuestro desafío es a vivir una vocación, un llamado de alguien que nos trasciende, que es más grande y nos engrandece. Sin lugar a dudas esto hoy es contracultural, y a la vez es un signo profético de mayor humanismo evangélico que traza un horizonte de sentido lleno de esperanza. Este es el modo que tenemos los educadores cristianos para seguir a Jesús, para responder a su llamado.

Sin duda alguna la experiencia comunitaria vivida por nuestros fundadores y fundadoras es nuestra denominación de origen. Nosotros no estamos llamados a vivir nuestro ministerio sino comunitariamente. Es la comunidad la que se levanta como signo de esperanza en la educación, es un grupo de personas que se reconocen convocadas por algo más grande que ellas mismas para anunciar desde la educación el evangelio de Jesucristo a los que sufren, a los postergados, a los descartados.

Vivir nuestra vocación en comunidades ministeriales tiene el sentido de compartir nuestra fe y el discernimiento de la realidad. Siempre constituyó una gran riqueza el aprendizaje que hemos hecho de la búsqueda de la voluntad de Dios, realizada por nuestras comunidades  integradas por hombres y mujeres de distintas formaciones, de distintas edades, con ideas distintas, que buscaron la comunión como camino de la promoción de las personas, de la niñez, de la mujer, de los trabajadores. Es nuestro desafío hoy constituirnos en verdaderas comunidades de fe y discernimiento dónde podamos vivir el sentido de nuestra vocación y transmitirlo a las nuevas generaciones.

El segundo desafío que quisiéramos subrayar es el que tenemos de dialogar con la cultura y colaborar en su evangelización.  Hoy en nuestro país vivimos un tiempo en el que pareciera que gran parte de las personas depositan toda su expectativa de cambio y mejora, en la magia de unas promesas electorales que desde el punto de partida sabemos, por experiencia, que luego son olvidadas. Mientras que no haya un compromiso más profundo con más y mejor educación,  con mayor formación de los docentes, con más inversión educativa, no podremos construir un país con posibilidades para todos. Mientras que la agenda política la trazan las ideologías de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano Bonaerense, desde aquí, desde 1500 kilómetros de distancia se ven otros puntos prioritarios de una agenda siempre postergada en la política: el trabajo infantil, la trata de personas, la dignidad de la mujer, el tráfico de drogas, el consumo abusivo de sustancias, la violencia en la convivencia, la desprotección de sistemas de salud, el embarazo infantil y adolescente, el abuso sexual,la desnutrición, el suicidio adolescente, el analfabetismo funcional, la discontinuidad educativa, entre otras calamidades que afectan a niños, niñas, adolescentes y jóvenes, a las que el estado y la política deben ponerle remedio urgentemente. Pero que mientras tanto llegue ese día nos toca a nosotros no olvidar, y proponer espacios curriculares que busquen los aprendizajes que necesitamos para transformar estas realidades con el compromiso solidario que las nuevas generaciones necesitarán para enfrentarlos.

Nosotros tenemos en este tiempo el desafío de caminar hacia una verdadera cultura del encuentro como nos viene invitando hace tiempo el Papa Francisco. Cultura del encuentro en la persona humana, en su dignidad integral. Nuestra perspectiva evangélica vivida en los valores cotidianamente, y no sólo declarada en los discursos o los documentos, es nuestro aporte a la construcción del encuentro, en la búsqueda de un humanismo que confluye en la aspiración más humana: el amor. Hoy desgraciadamente las ideas diferentes se han constituido en amenazas, y los que piensan distinto en enemigos. Quizás lo que desapareció es la consideración del bien común como algo posible. Diálogo, es la palabra que atravesó el Concilio Vaticano II especialmente en la constitución Gaudium et spes. Diálogo es la acción que necesita hoy nuestro país para encontrar nuevos caminos. No es la polarización, ni la dialéctica la que nos va a conducir por caminos de mayor humanidad. Es el diálogo con vocación de encuentro y comunión la que nos facilitará ese itinerario siempre difícil de la conversión, la reconciliación y la transformación personal y social.

Nosotros sabemos que la escuela, si no tiene claras intencionalidades, se ve invadida de las intencionalidades del estado y la cultura vigentes, no solamente invadidas, sino también reproductora de un modelo social que en algunos aspectos son claramente contrarios a los valores evangélicos. No hemos leído suficientemente la experiencia que nuestros Hermanos y Hermanas han vivido en otros países. El nivel de individualismo cultural alcanzado junto con un estado de bienestar autocentrado  y el desarrollo económico; han entronizado a la prevención y a la tolerancia como los mecanismos de la construcción social. La sociedad para muchos países dejo de ser considerada como comunidad, y dejaron de ser la solidaridad y la comunión los ejes de su constitución. Cuando vemos algunos fenómenos de nuestra sociedad podemos adivinar que nosotros no estamos exentos de este movimiento globalizado. Nuestro país está desparejamente secularizado, el discurso políticamente correcto hoy es contrario a toda creencia que proponga vivir una vida con un sentido diferente a la construcción individual, llevada en algún caso ridículamente hasta el extremo. ¿vamos a asistir a este proceso de hiper individualismo, pacientemente? ¿Vamos a dejar que nuestras obras educativas se conviertan en reproductoras de lo que el estado y la sociedad nos imponen? La alternativa educativa de la Iglesia siempre es la pertenencia a una comunidad que tiene la intención clara de establecer fuertes vínculos fundados en el conocimiento mutuo y el amor, dónde las diferencias son una riqueza y no una amenaza.

Una escuela donde todos los aspectos de la vida y la administración escolar están atravesados por esta clara intencionalidad evangélica, es nuestro desafío. Por eso en este itinerario que venimos recorriendo en las Jornadas de Pastoral Educativa esta vez queremos dedicarnos a compartir experiencias de matriz institucional. Este aspecto es uno de los frentes de la pastoral educativa que muchas veces olvidamos, pero que adquieren una importancia fundamental para que nuestras obras sean una propuesta integral fundada en el evangelio. Una escuela para todos, donde las diferencias vividas en comunión son su riqueza, donde la comunión es el método. Así como la necesaria explicitación de la dimensión cristiana de los contenidos, la revisión didáctica de los aprendizajes para que correspondan a una experiencia comunitaria, la evaluación como estrategia de aprendizaje; así también su soporte que es tanto el estilo de relación y aprendizaje; y todo aquello de lo que hablan las paredes, los rituales y las estructuras de la escuela.

El tercer desafío que quisiéramos subrayar es el de colaborar en la transformación social, y junto a este desafío, la imposibilidad de hacerlo solos. Nuestra intención clara es por la educación de hombres y mujeres comprometidos en la construcción social desde los valores vividos a nivel personal y social.  Esto quiere hacerse en la educación de una verdadera vida democrática, para el desarrollo humano de todas las personas, cuidando la vida propia, de las personas y del medio ambiente; participando activamente en programas que promocionen y defiendan la paz, el desarrollo humano sostenible, los derechos de las personas, especialmente los derechos de los niños, niñas, y adolescentes; en la consideración de la vida como una vocación cristiana de seguimiento de Jesús, al servicio de la humanidad.

En este tiempo es necesario aunar esfuerzos para formarnos, para compartir nuestras experiencias educativas, para enriquecer nuestra mirada con lo que hacen otros, para sostener juntos la educación católica, para ensanchar la frontera de la misión educativa, y quizás también si Dios lo quiere, para iniciar un movimiento de educadores católicos que alimente la vida personal  y el ministerio que ejercemos todos los días. FAERA es sólo un paso, y si bien es cierto hemos hecho mucho en seis años, aún nos queda muchísimo que hacer. Hoy es imprescindible entablar diálogos intercongregacionales, diálogos cooperativos que nos ayuden a completar perspectivas de las que quizás carecemos, o emprender acciones conjuntas al servicio del Pueblo de Dios. Esta es una línea de trabajo de nuestros superiores y superioras mayores, que en mayor o en menor medida van signando este tiempo de la vida consagrada. 

Hoy más que nunca es necesario pasar de las declaraciones a los hechos. Pasar de declamar los valores del evangelio a poderlos encarnar concretamente en los criterios, en los contenidos y en las prácticas educativas. Este es el tiempo de proponer a nuestros estudiantes y a los educadores que recién  comienzan, itinerarios de iniciación cristiana y compromiso evangélico con la realidad de los pobres. Hoy es necesario revisar profundamente nuestro modo de hacer escuela para que sea posible vivir el evangelio en lo cotidiano, tanto desde su anuncio explícito como en la actividad académica, recreativa, o convivencial. Los valores evangélicos de los que hablamos debieran ser fácilmente identificables en lo concreto de las aulas, y cualquiera debiera poder explicar el sentido de los rituales de nuestra escuela con un fundamento evangélico. 

En este tiempo en el que tenemos la necesidad de crear nuevas propuestas educativas que sean respuestas para este siglo, es necesario pensar por “fuera de la caja” . La novedad siempre vino desde fuera de la Institución, luego se institucionaliza, pero siempre nace desde abajo y muchas veces en el margen. Esa es la experiencia de nuestros fundadores. Hombres y mujeres que sin una ONG que los sostenga, sin el aporte estatal, sin nada, pero fundados sobre la providencia, pudieron iniciar experiencias educativas novedosas para su tiempo, llenas de profunda de pasión por Jesucristo y pasión por la humanidad. Esos hombres y mujeres acompañados de nuestros primeros hermanos y hermanas pudieron hacer una experiencia educativa atravesada por el evangelio y colmada de un profundo humanismo. Hoy estamos desafiados a discernir las necesidades educativas de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo, descubrir en ellos los llamados que Dios nos dirige y disponernos a crear las respuestas que hoy necesitamos. 

Si vivimos con pasión el ministerio al que hemos sido llamados, seguramente podremos transmitir ese fuego a las nuevas generaciones de educadores que vienen trayendo muchísimos saberes ignorados por nosotros. Si nuestras obras son comunidades de aprendizaje de las competencias para el conocimiento y la vida, ellos encontrarán un lugar para vivir, y no sólo una experiencia por dónde pasar. Si nuestra comunidad educativas es un lugar para vivir la vocación de educadores como un ministerio, quizás los nuevos educadores, que tienen un corazón generoso, puedan encontrarse con Dios y descubrir el llamado que le está dirigiendo a cada uno.

Hermanos, Hermanas, educadores, deseamos que estas Jornadas sean un nuevo impulso en la misión educativa para todos los que aquí estamos. En esta quinta vez que nos juntamos a reflexionar y compartir ya hay rostros que reconocemos como compañeros en una misma misión. Como siempre deseamos que el encuentro sea una fiesta, un acontecimiento que nos hable de las invitaciones que Dios nos sigue dirigiendo para hacer juntos un camino de fidelidad y comunión.

Por la Comisión Directiva de FAERA.

Hno. Martín Digilio. fsc

Presidente.

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