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La Presencia del Espíritu Santo en mi vida

La Presencia del Espíritu Santo en mi vida

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según Juan                14, 15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Las palabras de este Evangelio son pronunciadas por Jesús, luego que Él les dice que se va al Padre. Los discípulos están tristes porque los deja. Viven sentimientos de orfandad. Jesús interpreta esos sentimientos y les dice que no los dejará huérfanos,  que volverá y que les enviará otro Paráclito. Juan muchas veces llama con este nombre al Espíritu Santo. Es una palabra que abarca muchas expresiones, difícil de traducir. El paráclito es el que está al lado para ayudar, asesorar, defender, iluminarnos en las situaciones difíciles. Es el Espíritu de la verdad que nos permite superar los errores.

Cuando los otros días escuchaba que en algunas ciudades se decidió colocar semáforos en el piso para evitar accidentes, ya que mucha gente camina utilizando el celular y, por eso mirando hacia abajo, pensé qué triste es no mirarnos unos a otros. La mirada es comunicación, contemplación, nos hace reconocernos personas unos a otros, nos permite estrechar un vínculo silencioso con el otro. Cuando viajamos en el subte o en un ómnibus, cuando estamos sentados en un lugar en común, estamos ensimismados en nosotros mismos, pero ni siquiera encontrándonos con nuestra intimidad sino “conectados” al último mensaje, la última noticia o escuchando música. Es hasta cómico descubrirnos en torno a una mesa y que cada uno esté conectado con el exterior. Me pregunto si tenemos idea de cuánto daño nos estamos haciendo, rompiendo los vínculos de familia, vecindad y amistad que todos necesitamos. Se podrá argumentar que estamos comunicándonos a través de mensajes o WhatsApp. Me pregunto: ¿nos estamos comunicando o mandando y recibiendo información? ¿Dónde queda la comunicación de la mirada comprensiva, esa mirada que contempla al otro como creatura de Dios, el tono de voz que tanto dice, el gesto que tanto expresa? Todos necesitamos vivir en una ciudad que nos acoja, en una familia que nos contenga, en vínculos en donde compartamos sentimientos, sueños, anhelos, alegrías y tristezas.   En un mundo tan marcado por sentimientos de soledad y orfandad, qué bien nos hace escuchar que no estamos solos, que  Jesús nos envió el Espíritu Santo y que somos seres habitados por Él, que tenemos un Dios que es verdaderamente Padre y que, por la acción del Espíritu que nos une a Cristo, somos verdaderamente sus hijos.

El texto evangélico que se proclama en este domingo, es el primero de los cinco  sobre el Espíritu Santo que el Evangelio según san Juan nos presenta, en  el discurso posterior a la Cena. Esta primera promesa del Espíritu Santo nos revela la continuidad de la presencia de Jesús entre nosotros. Este Espíritu es la presencia permanente de Dios en nuestras vidas. No estamos huérfanos: el Espíritu nos otorga la filiación divina porque nos une a Cristo y, en Él, nos hace hijos de nuestro Padre Dios. Por la acción del Espíritu estamos en Cristo y con Cristo en el Padre, participando así de la misma vida de Dios. Él nos hace partícipes de la intimidad de Dios; una nueva vida comienza en nosotros por su acción. Este Espíritu nos permite, también,  comprender esto, como lo esencial de nuestra vida.

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. El amor a Jesús es siempre un amor de obediencia. Él es el autor de nuestra vida, por Él existimos y para Él vivimos; somos seres llamados a la vida por Él. Somos sus discípulos, sus seguidores. En Jesús estamos llamados a ser fieles a la voluntad del Padre cada día de nuestra vida. Esta voluntad nos conduce siempre por caminos de plenitud y paz. Nadie nos ama como Dios, nadie nos conoce como Él. Es la presencia de  este Espíritu en nosotros  la que nos permite amar a Jesús y ser obedientes a sus mandamientos.

Es el Espíritu Santo el que nos comunica la paz del que sabe presente a Dios en todos los momentos de su vida. La paz de movernos cada día desde una actitud de profunda confianza en la presencia de Dios y desde una búsqueda constante de ser fieles a su voluntad.

 

Nos preguntamos:

¿Tomo conciencia de la presencia del Espíritu Santo en mi vida? ¿Vivo la alegría de saber que el Paráclito, está en mí para iluminarme, defenderme, protegerme y fortalecerme? ¿Dejo que el Espíritu Santo haga de mi vida una vida discipular, de seguimiento de Jesús? ¿Vivo la alegría de crecer cada día en el amor a Jesús y al Padre?

Un bendecido tiempo pascual  para todos,    

 

   Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

 

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