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Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         13, 1-23

   Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

   Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

   Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

   Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

       "Por más que oigan, no comprenderán,

       por más que vean, no conocerán.

       Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,

       tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,

       para que sus ojos no vean,

       y sus oídos no oigan,

       y su corazón no comprenda,

       y no se conviertan,

       y yo no los sane".

   Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

   Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

   Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

   El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditamos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar,  pasa de la revelación íntima a una proclamación pública. Además, el número siete significa totalidad, plenitud; se trata de la revelación  pública del Reino.



Nos puede ayudar a comprender el texto  tener en claro dos cosas: qué es una parábola y qué se entiende por Reino de los Cielos.

 

Las parábolas son comparaciones que nos iluminan sobre un aspecto del Evangelio. No podemos pretender encontrar en ella toda la doctrina. Por eso, no se debe sacar una conclusión de cada una de las imágenes que nos presenta. Tenemos que captar cuál es el tema central sobre el cual la parábola nos quiere iluminar. La parábola implica siempre un esfuerzo interpretativo del que la escucha. Su comprensión dependerá, en gran medida, de la actitud que tiene el que la reciba.

 

Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Desde muy antiguo, el pueblo de Israel tenía conciencia que Dios era su Rey, interesado siempre en el bien y la paz de su pueblo. Muchas veces habían sido dominados por gobernantes que tenían planes y pensamientos muy diferentes a los de Dios. Otras veces, fueron dominados por pueblos y gobernantes extranjeros, como en el momento en que vivió Jesús o cuando se escribió el Evangelio según san Mateo. Ellos estaban esperando con ansias la venida de un reino en donde Dios mismo los gobernase y los llevase a una situación de paz y prosperidad. Muchos imaginaban este reino semejante a los otros reinos existentes; esperaban la restauración de la monarquía y un mesías con poder militar y político que, en nombre de Dios, los liberara de la dominación extranjera y les diera unidad, pureza en el cumplimiento de la ley y poderío. Jesús tiene una clara conciencia mesiánica; Él es el Mesías, pero  su mesianismo pasa por asumir la debilidad, el fracaso y la muerte, de la que siempre saca vida. No es el Mesías triunfalista, conforme a las expectativas políticas sino el Mesías misericordioso que viene a transformar, desde lo profundo, los corazones de los hombres y la vida de las sociedades. Por eso, para Jesús, era imprescindible aclarar en qué consistía en verdad el Reino por Él anunciado. Cada parábola, narrada en este capítulo trece, nos va a permitir comprender mejor las características  de ese Reino que Él viene a hacer presente.

En la segunda parte del texto, el autor inspirado, hace una aplicación de la parábola a las circunstancias que la Iglesia estaba viviendo en ese momento. Ya no insiste  en el tema de la tierra sino en el fracaso de muchos miembros de la comunidad. No está puesta la atención en la semilla sino en la actitud de las personas y en las situaciones adversas a la fecundidad de la Palabra: incomprensión, inconstancia, apego a las riquezas y a las preocupaciones cotidianas, persecución…

 

Sabemos que la Palabra de Dios es eficaz y que siempre realiza lo que dice. Esta es una parábola que los anima, ya que una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento. Además, de ese 10 por ciento, tenían que darle una buena suma a los dueños de los campos que vivían en la ciudad. Es una palabra que los invita a mantenerse fiel a pesar de las persecuciones y dificultades.

 

Esta parábola nos invita hoy, a nosotros,  a escuchar la Palabra con atención cada día. Nos puede ayudar a meditarla hacerlo en tres pasos.

 

  • En  un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente  para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias  o a comentarios autorizados.

 

  • No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para mí. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiar la Palabra, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a los que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de toda una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra muchas veces nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.

 

  • En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.

 

Abramos nuestro corazón para que la Palabra, escuchada con atención, eche raíces en nosotros, ilumine nuestro camino, nos haga crecer en la Fe, nos anime en la Esperanza y nos fortalezca en el Amor. La Palabra no sólo nos ilumina, también realiza en nosotros aquellos que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55,10-11)  en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero….dice el Señor

 

Nos preguntamos: ¿Leemos cotidianamente la Palabra? ¿La meditamos, es decir, dejamos que la Palabra ilumine nuestra vida? ¿Nos dejamos transformar por ella, encontrando la fortaleza en la misma Palabra?

 

Un bendecido domingo para todos,         

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

  Centro de Espiritualidad Palotina



SALMO RESPONSORIAL              Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)


  1. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.
 
Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.
 
Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.
 
Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños 
y los valles se revisten de trigo: 
todos ellos aclaman y cantan. R

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - V domingo de Pascua - 29 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 1-8

    Jesús dijo a sus discípulos:

    «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

    Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

    Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

    La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    En el Evangelio según san Juan, Jesús manifiesta su identidad, a través de diferentes signos y su posterior explicitación. Cuando multiplica el pan, se presenta como el pan de vida. Luego de la curación del ciego, como la luz. En la parábola del buen pastor como la puerta y el pastor verdadero. Luego de volver a la vida a Lázaro, como la resurrección y la vida. Ahora, en una cena anterior a la fiesta de la Pascua, lo hace como la vid auténtica.

    Esta imagen de la vid o la viña es muy usada en el Antiguo Testamento, era muy cercana y expresiva para el pueblo de Israel. Ese pedazo de tierra significaba gran parte del sustento familiar. Por eso, era cultivada con esfuerzo y se la cuidaba de una manera muy especial. Formaba parte del patrimonio familiar, era lo mínimo que se debía tener para pertenecer a un clan y fundamentar, de esa manera, su derecho de ciudadanía. Muchas veces en la viña descansaban los restos de sus antepasados. Era como un signo de identidad familiar, de pertenencia, de patrimonio seguro, al cual se le dedicaba mucho esfuerzo. Recordemos la viña de Nabot y la pretensión de Ajab en 1 Re 21. El rey Ajab le dice Nabot: «Dame tu viña para hacerme una huerta, ya que está justo al lado de mi casa. Yo te daré a cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su valor en dinero».  Nabot se niega y le responde: «¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!» El emblema del templo de Jerusalén era una inmensa vid de oro; lo mismo el de la sinagoga de Yamnia. Cuando Dios expresa, en Isaías, el amor por su viña, está manifestando el profundo amor por su pueblo y el dolor por un pueblo que no dio frutos.

    En el Antiguo Testamento la viña del Señor es Israel; el viñador, el mismo Dios; el fruto, la justicia y el derecho. Con esta parábola, Jesús se va presentar el mismo como la verdadera vid; su Padre el viñador; el fruto, si leemos unos versículos posteriores, es el amor.

    Dar frutos es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por el cumplimiento de los objetivos propuestos, por lo aparente y reconocido. El fruto se lo mide por el bien hecho. Los frutos evangélicos, nos dice el Catecismo de la Iglesia en el nro. 1832, son “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.). El fruto, muchas veces, pasa por el fracaso; el grano de trigo tiene que morir para dar frutos.

    Hay dos palabras claves en el texto: dar fruto y permanecer. Sólo podemos dar fruto si permanecemos en la vid. El que permanece en Jesús, forma parte de la vid, tiene vida y puede ser fecundo. El que no permanece en Él, no puede dar fruto. Se permanece no por un vínculo de sangre o nacionalidad sino por la fe. Es un permanecer activo, similar a la relación entre el Padre y el Hijo. Es una relación de mutuo amor, en donde Dios nos amó primero e incondicionalmente. Todos estamos llamados a formar parte de la vid amada por el Padre. Solamente si la savia de Jesús corre por nuestras venas podemos dar frutos en abundancia. Esto implica dejar que su Palabra penetre toda nuestra vida; pasar horas con Él, escuchándolo y dejando que su vida penetre toda nuestra vida.

    Esta Palabra nos poda, nos purifica, corta en nosotros aquellas cosas que nos impiden dar frutos: nuestras vanidades, nuestros apegos desordenados, nuestro afán de consumir y tener, nuestros falsos dioses, nuestro egoísmo...  Esta poda es para que tengamos vida y vida en abundancia.

    Vivamos, en este tiempo pascual, la alegría de vivir en Cristo resucitado y el gozo de ser la viña amada por el Padre.

    Nos preguntamos: ¿Permanezco en Cristo? ¿Lo encuentro en todo y en todos? ¿Rezo, contemplo la Palabra, la medito? ¿Dejo que el Señor me purifique para que el fruto del amor madure en mí?

    Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 21, 26b-28. 30-32


    Te alabaré, Señor, en la gran asamblea.


    Cumpliré mis votos delante de los fieles:
    los pobres comerán hasta saciarse
    y los que buscan al Señor lo alabarán.
    ¡Que sus corazones vivan para siempre! R.

    Todos los confines de la tierra
    se acordarán y volverán al Señor;
    todas las familias de los pueblos
    se postrarán en su presencia. R.

    Todos los que duermen en el sepulcro 
    se postrarán en su presencia; 
    todos los que bajaron a la tierra 
    doblarán la rodilla ante él. R.

    Mi alma vivirá para el Señor,
    y mis descendientes lo servirán.
    Hablarán del Señor a la generación futura, 
    anunciarán su justicia a los que nacerán después, 
    porque esta es la obra del Señor. R.

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - IV domingo de Pascua Ciclo B 22 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 11-18

     En aquel tiempo, Jesús dijo:

        «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

        Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

        El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.»

      Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     A los que hoy vivimos en pequeñas o grandes ciudades no nos resulta tan cercana la figura de un pastor de ovejas; en cambio, era una imagen muy familiar para el pueblo de Israel.

     La vida de los pastores, en oriente, era difícil. Les implicaba estar lejos de sus casas por prolongados tiempos, recorrer largas distancias siguiendo alguna nube que le garantizase la lluvia, buscar un lugar donde alimentar el ganado en una región que era sumamente seca, enfrentar tensas vigilancias nocturnas ante los peligros de los ladrones o las fieras. El rebaño era muy valioso para el pastor, no sólo porque le implicaba grandes esfuerzos sino también porque era lo que le garantizaba ganar el sustento necesario para vivir.  Es por eso que, al pueblo de Israel, le gustaba compararse a un rebaño; se sentían como la riqueza de Dios, amados y cuidados por Él.

     Los reyes, para el pueblo elegido, debían ser los pastores que Dios había colocado para que cuidaran en su nombre al rebaño amado. Muchas veces no ocurría así. Muchos gobernantes ejercían su cargo en función de sus propios intereses, aprovechándose del rebaño. Los profetas son muy duros con los malos pastores que no cuidan al pueblo. El evangelista, incluso, ubica este discurso en la fiesta de la Dedicación del Templo, cuando el pueblo de Israel recordaba a los malos pastores que habían sido responsables de la profanación del templo. Dios les dice que esos gobernantes nos serán más los pastores de su pueblo; Él mismo será el pastor de Israel. Rezamos en el salmo 22: El Señor es mi pastor.  Habrá un único pastor que buscará el bien de su pueblo. Cuando Jesús se presenta como el buen pastor, está diciendo que Dios ha dado cumplimiento, en Él, a su promesa. Él es el pastor auténtico.

     Todo pastor que ejerza su servicio en nombre de Jesús, lo tiene que hacer teniéndolo a Él como el único pastor, Él es el modelo.

     En este Evangelio, Jesús nos revela cuatro actitudes del buen pastor:

     Nos conoce. Conocer en el lenguaje bíblico es mucho más que saber los datos de identidad de la otra persona. Se trata de un conocimiento interno, vital; es entrar en la intimidad del otro y dejar que el otro entre en mi intimidad. Es un conocimiento que genera un vínculo de amistad.

    • Nos cuida del lobo, de todo aquello que destruye nuestra vida, de lo que no nos permite vivir en plenitud, con gozo y con paz.
    • Da la vida por nosotros. Qué bien nos hace contemplar a Jesús dando la vida por amor a cada uno de nosotros. En Cristo se nos manifiesta el amor del Padre. Leemos en la segunda lectura de este domingo: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente (1Jn 3,1)
    • Nos viene a buscar, siempre toma la iniciativa. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir.

     En un mundo en donde la vida es tan atropellada, donde hay tanta muerte y en donde hay tanta soledad, que podamos contemplar y anunciar con gozo a Jesús como el buen pastor; Él es aquel que cuida nuestra vida y le da a cada vida un sentido trascendente. Él viene a nuestro encuentro para transformar cada signo de muerte en fuente de vida.  Que con nuestros gestos y actitudes hagamos presente en el mundo el amor de Dios que nos amó hasta el extremo. No está en nuestras posibilidades acabar con las guerras y tantas formas de homicidio. Sí está en nosotros cuidar la vida que Dios nos regaló y cuidar la vida de cada persona que Dios pone en nuestro camino. El Reino de Dios se hace presente en cada pequeño gesto cotidiano que va siendo como la levadura en la masa. Nuestras actitudes, transforman siempre la realidad, pero sobre todo, transforman nuestra propia existencia.

     Recemos, también, para que en la Iglesia no falten hombres que con, Cristo Pastor, configurados al corazón misericordioso de Jesús, asuman la vocación de pastores en la Iglesia. Dios sigue llamando a muchos a la vida sacerdotal. Que muchos puedan responder con generosidad, sirviendo al pueblo sufriente y dando sentido trascendente a sus vidas. Amar a un joven significa, necesariamente, ayudarlo a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios.

     Nos preguntamos: ¿Contemplo cotidianamente el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Doy testimonio de este amor? ¿Ayudo a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios?

      Un bendecido tiempo de Pascua,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

    R. Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor.


    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor!
    Es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los hombres;
    es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los poderosos. R.

    Yo te doy gracias porque me escuchaste
    y fuiste mi salvación.
    La piedra que desecharon los constructores
    es ahora la piedra angular.
    Esto ha sido hecho por el Señor
    y es admirable a nuestros ojos. R.

    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
    Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
    Dios mío, yo te glorifico.
    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - III domingo de Pascua Ciclo B 15 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48

    Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

    Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

    Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

    Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

    Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    ¡Qué mezcla de sentimientos habrán experimentado los discípulos, luego de la muerte de Jesús! Dolor, frustración, desánimo, miedo. Los acontecimientos habían sido muy traumáticos: Jesús no sólo era alguien muy querido sino aquel que se presentaba como el Mesías tan esperado, sus jefes lo entregaron, muchos de ellos habían tenido una actitud de cobardía y lejanía. De repente aparecen las mujeres diciendo que no encontraron su cuerpo en el sepulcro. Pedro dice haber visto al Señor, los dos discípulos de Emaús cuentan que a ellos también se les apareció. El texto propuesto para este domingo comienza diciendo: Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. ¿Se trataba de una aparición real o de una imaginación, fruto del deseo de verlo? Estaban con temor. Los discípulos estaban realmente confundidos. Aún no lo podían creer. La experiencia de la resurrección superaba toda posibilidad de entendimiento humano, de comprensión. Quedaron atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu… La fe en la resurrección implicó para ellos un proceso. Es en el encuentro con la comunidad en donde van vivenciando la presencia de Jesús resucitado y la van madurando en la Fe. Tuvieron que pasar por las dudas, el miedo, el dolor para llegar a la experiencia gozosa de la resurrección del Señor.

    En esta aparición podemos señalar tres manifestaciones del Señor:

    Jesús les muestra su cuerpo real y come con ellos. No puede ser un fantasma. No es un espíritu. La resurrección no es sólo inmortalidad del alma, es también glorificación del cuerpo. Manifestamos en el Credo: creo en la resurrección de la carne. La resurrección no es la prolongación de esta vida. Resucitar es volver a vivir para siempre en la gloria de Dios. La resurrección final será la plenitud de la vida nueva en el amor, recibida en el bautismo. Todo nuestro ser resucitará. La creación entera participará de la gloria de Dios.

    Jesús, como con los discípulos de Emaús, recurre a la Escritura para ubicar el hecho dentro de toda la historia de la salvación y de la promesa hecha desde antiguo. Les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras. Siempre necesitamos que el Señor nos dé el don de la comprensión vital de la Palabra para que no nos quedemos en los aparentes fracasos y veamos cómo, de toda experiencia de muerte, Él saca la vida. La Palabra nos abre a la Esperanza porque ubica toda experiencia de crisis, de dolor y de muerte, dentro de una perspectiva mayor, dentro del plan de la salvación que finalizará en el encuentro definitivo con el Señor y será la plenitud de nuestra paz y nuestra alegría. La Palabra carga de significado todo lo que nos sucede en la vida, dando un sentido hondo y trascendente a nuestra existencia.

    Es por eso, que este encuentro con el Señor los llena de alegría y de admiración. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. El encuentro con el Resucitado significó para ellos volver a creer en la promesa del Señor. Decía Blaise Pascal: Nadie es tan feliz como un cristiano auténtico. Romano Guardini, señalando que el encuentro con el Señor es la causa más profunda de nuestra alegría, nos dice: La melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

     

    Dejemos que la alegría pascual desborde nuestra vida. La Pascua torna la muerte en vida. Los fracasos, lo que dejamos o perdemos, las crisis, los momentos de dolor, son el lugar donde Dios actúa para sacar de la muerte, vida nueva. La fe implica un proceso de crecimiento que siempre nos conduce a la alegría y a la paz prometida por el Señor.

    El Señor nos llama a ser testigos en el mundo de esta honda alegría

    Nos preguntamos: ¿Dejamos que la Palabra ilumine nuestra inteligencia? ¿Le abrimos el corazón al don del Espíritu Santo? ¿En medio de las dificultades, encontramos en el Señor la paz y la alegría interior?

     Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 4, 2. 4. 7. 9

    R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

    Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
    tú, que en la angustia me diste un desahogo:
    ten piedad de mí
    y escucha mi oración. R.

    Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
    Él me escucha siempre que lo invoco.
    Hay muchos que preguntan: «¿Quién nos mostrará la felicidad,
    si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?» R.

    Me acuesto en paz
    y en seguida me duermo,
    porque sólo tú, Señor,
    aseguras mi descanso. R