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Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         13, 1-23

   Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

   Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

   Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

   Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

       "Por más que oigan, no comprenderán,

       por más que vean, no conocerán.

       Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,

       tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,

       para que sus ojos no vean,

       y sus oídos no oigan,

       y su corazón no comprenda,

       y no se conviertan,

       y yo no los sane".

   Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

   Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

   Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

   El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditamos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar,  pasa de la revelación íntima a una proclamación pública. Además, el número siete significa totalidad, plenitud; se trata de la revelación  pública del Reino.



Nos puede ayudar a comprender el texto  tener en claro dos cosas: qué es una parábola y qué se entiende por Reino de los Cielos.

 

Las parábolas son comparaciones que nos iluminan sobre un aspecto del Evangelio. No podemos pretender encontrar en ella toda la doctrina. Por eso, no se debe sacar una conclusión de cada una de las imágenes que nos presenta. Tenemos que captar cuál es el tema central sobre el cual la parábola nos quiere iluminar. La parábola implica siempre un esfuerzo interpretativo del que la escucha. Su comprensión dependerá, en gran medida, de la actitud que tiene el que la reciba.

 

Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Desde muy antiguo, el pueblo de Israel tenía conciencia que Dios era su Rey, interesado siempre en el bien y la paz de su pueblo. Muchas veces habían sido dominados por gobernantes que tenían planes y pensamientos muy diferentes a los de Dios. Otras veces, fueron dominados por pueblos y gobernantes extranjeros, como en el momento en que vivió Jesús o cuando se escribió el Evangelio según san Mateo. Ellos estaban esperando con ansias la venida de un reino en donde Dios mismo los gobernase y los llevase a una situación de paz y prosperidad. Muchos imaginaban este reino semejante a los otros reinos existentes; esperaban la restauración de la monarquía y un mesías con poder militar y político que, en nombre de Dios, los liberara de la dominación extranjera y les diera unidad, pureza en el cumplimiento de la ley y poderío. Jesús tiene una clara conciencia mesiánica; Él es el Mesías, pero  su mesianismo pasa por asumir la debilidad, el fracaso y la muerte, de la que siempre saca vida. No es el Mesías triunfalista, conforme a las expectativas políticas sino el Mesías misericordioso que viene a transformar, desde lo profundo, los corazones de los hombres y la vida de las sociedades. Por eso, para Jesús, era imprescindible aclarar en qué consistía en verdad el Reino por Él anunciado. Cada parábola, narrada en este capítulo trece, nos va a permitir comprender mejor las características  de ese Reino que Él viene a hacer presente.

En la segunda parte del texto, el autor inspirado, hace una aplicación de la parábola a las circunstancias que la Iglesia estaba viviendo en ese momento. Ya no insiste  en el tema de la tierra sino en el fracaso de muchos miembros de la comunidad. No está puesta la atención en la semilla sino en la actitud de las personas y en las situaciones adversas a la fecundidad de la Palabra: incomprensión, inconstancia, apego a las riquezas y a las preocupaciones cotidianas, persecución…

 

Sabemos que la Palabra de Dios es eficaz y que siempre realiza lo que dice. Esta es una parábola que los anima, ya que una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento. Además, de ese 10 por ciento, tenían que darle una buena suma a los dueños de los campos que vivían en la ciudad. Es una palabra que los invita a mantenerse fiel a pesar de las persecuciones y dificultades.

 

Esta parábola nos invita hoy, a nosotros,  a escuchar la Palabra con atención cada día. Nos puede ayudar a meditarla hacerlo en tres pasos.

 

  • En  un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente  para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias  o a comentarios autorizados.

 

  • No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para mí. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiar la Palabra, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a los que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de toda una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra muchas veces nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.

 

  • En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.

 

Abramos nuestro corazón para que la Palabra, escuchada con atención, eche raíces en nosotros, ilumine nuestro camino, nos haga crecer en la Fe, nos anime en la Esperanza y nos fortalezca en el Amor. La Palabra no sólo nos ilumina, también realiza en nosotros aquellos que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55,10-11)  en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero….dice el Señor

 

Nos preguntamos: ¿Leemos cotidianamente la Palabra? ¿La meditamos, es decir, dejamos que la Palabra ilumine nuestra vida? ¿Nos dejamos transformar por ella, encontrando la fortaleza en la misma Palabra?

 

Un bendecido domingo para todos,         

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

  Centro de Espiritualidad Palotina



SALMO RESPONSORIAL              Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)


  1. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.
 
Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.
 
Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.
 
Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños 
y los valles se revisten de trigo: 
todos ellos aclaman y cantan. R

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  • Comentario al Evangelio - domingo 7 de enero de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 7-11

     Juan predicaba, diciendo:

    «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

    En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

     Palabra del Señor 

    Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. La liturgia toma tres acontecimientos como la manifestación (la epifanía) del Dios hecho hombre al mundo: la visita de los magos de oriente (Dios se manifiesta a todos los pueblos), el bautismo del Señor (el Padre lo presenta como su hijo amado y el Espíritu Santo desciende sobre Él) y las bodas de Caná (primer signo).

     Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado; por eso, el signo del bautismo de agua como ritual penitencial y de purificación. No surgían profetas. Resonaba fuertemente en ellos la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por todo esto es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.

     Tratemos de imaginarnos qué experiencia fuerte habrá sido para Jesús. El Padre se dirige a él llamándolo su hijo y diciendo que tiene puesta en Él, toda su predilección; a ninguna otra persona, Dios llamó de esta manera. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación. Es el aliento de Dios que da vida y hace de Jesús un servidor de la vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). De hecho, a partir del bautismo, Jesús inicia su misión profética de anuncio y comienza el camino hacia el momento culminante de la salvación. Tuvo que haber sido para Jesús una vivencia muy fuerte de su filialidad y de la acción del Espíritu Santo en Él.

     Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.

    Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

     Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

     La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

     Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Podemos decir, sin lugar a duda, que por el bautismo estamos en Dios, en la intimidad de la comunión divina y que la divinidad está presente en nosotros para siempre. Nuestra humanidad es divinizada en el bautismo y comienza a participar de la vida divina. Por eso somos bautizados en el nombre de la trinidad. Nosotros también, viviendo en Cristo y participando de la vida trinitaria, podemos llamar a Dios de Abba, término cariñoso que expresa nuestra real filialidad.

     El bautismo nos revela un padre que nos ama con amor eterno y nos sostiene en todos los momentos de nuestra vida. Un padre que no excluye a nadie de su amor; no es el padre de un pueblo o de determinado número de personas, es padre de todos. Un padre que nos hace hermanos entre nosotros. Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

     En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades. 

     Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Por el bautismo somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Por el bautismo somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. Jesús, luego de ser bautizado no volvió a su casa de Nazaret ni se quedó con los discípulos de Juan, fue a anunciar el amor del Padre y hacer presente con signos concretos la misericordia de Dios en el mundo.

     En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.

     Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6

    R. Sacarán agua con alegría
    de las fuentes de la salvación.


    Este es el Dios de mi salvación:
    yo tengo confianza y no temo,
    porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
    él fue mi salvación. R.

    Den gracias al Señor,
    invoquen su Nombre,
    anuncien entre los pueblos sus proezas,
    proclamen qué sublime es su Nombre. R.

    Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
    ¡que sea conocido en toda la tierra!
    ¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
    porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R

  • Comentario al Evangelio - primer domingo de adviento - 3 de diciembre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 13, 33 – 37

    Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”.

    Palabra del Señor.

    Hoy iniciamos un nuevo ciclo litúrgico, la Iglesia llama Adviento a este tiempo previo a la Navidad. Durante este tiempo nos preparamos para celebrar en la fe la primera venida del Señor, pero es especial preparación para la vuelta definitiva.

    Este pasaje del Evangelio es el final del discurso escatológico (del fin de los tiempos), que cierra con esta parábola. Jesús insiste con estar prevenidos y preparados, parece continuar con la tónica de los últimos domingos del ciclo anterior.

    Al encontrarnos con un texto del Evangelio que tenga esta temática al inicio mismo del año litúrgico parece un poco extraño, pero es que la Iglesia al comienzo del nuevo ciclo nos invita a poner la mirada en la meta, nos recuerda hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin último, el encuentro pleno con el Señor, para el cual debemos estar preparados.

    El texto es una invitación a estar atentos, ya que de nada sirve estar alarmados ante una venida futura, de la que no sabemos cuándo será, sino más bien lo que corresponde es ocuparnos atentamente en las tareas que se nos han encomendado, ya que desde la resurrección el Señor viene constantemente en los acontecimientos más simples de nuestra vida, y es en esos encuentros dónde debemos saber reconocerlo, para ello no debemos estar distraídos, recordemos las palabras del texto evangélico del domingo pasado.

    Estas advertencias del Señor no debemos tomarlas con un espíritu alarmista y obsesivo por su llegada, su venida no debe provocar espanto, al contrario, si como Iglesia le pedimos cada vez que celebramos la Eucaristía: “Ven Señor”, ¿cómo puede ser que el saber que vendrá nos provoque angustia o miedo? El que vendrá nuevamente es precisamente aquél que se hizo uno de nosotros para que nosotros volviéramos a Dios, es el que nos ama con amor infinito, tanto que entregó su vida para que tengamos vida.

    También está el peligro de caer en otro extremo, pensar que tarda tanto en volver que dejamos que nuestra fe se duerma y olvidamos este aspecto revelado por Cristo. En esta parábola no dice nada que pasa si nos encuentra dormidos, porque, evidentemente el objetivo es advertirnos sobre la necesidad de estar alertas, pero teniendo en cuenta las otras parábolas escatológicas, lo que puede suceder es que nos privemos de la fiesta del Reino definitivo.

    Justamente porque no quiere que ni uno solo se pierda nos insiste con la necesidad de estar “prevenidos”, y la manera de estar preparados es ocuparnos en vivir lo que el Señor nos ha enseñado, no es otra cosa que vivir los valores que nos propone en el Evangelio.

    Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 2ac-3b. 15-16. 18-19

    Restáuranos, Señor del universo.

    Escucha, Pastor de Israel,

    tú que tienes el trono sobre los querubines,

    reafirma tu poder y ven a salvarnos. R.

    Vuélvete, Señor de los ejércitos,

    observa desde el cielo y mira:

    ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,

    el retoño que tú hiciste vigoroso. R.

    Que tu mano sostenga

    al que está a tu derecha,

    al hombre que tú fortaleciste,

    y nunca nos apartaremos de ti:

    devuélvenos la vida e invocaremos tu nombre. R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - 26 de noviembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 31-46

    "Jesús dijo a sus discípulos:

    "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?". Y el Rey les responderá: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". Luego dirá a los de la izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron". Estos, a su vez, le preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?". Y él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna»."

    Palabra del Señor.

     Hemos llegado al fin del ciclo litúrgico, celebrando a Jesucristo Rey del universo la Iglesia contempla a Cristo que un día volverá con todo su esplendor a instaurar su Reino definitivo.

    En los dos domingos anteriores, Jesús nos dijo que debemos estar preparados para su venida y que cuando vuelva nos pedirá cuenta de los dones que se nos fueron confiados. Hoy al concluir el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, se nos presenta la imagen del juicio final a través de esta parábola, exclusiva del Evangelista San Mateo. Esta página del Evangelio es la que inspiró a Miguel Ángel su extraordinaria obra en la capilla Sixtina.

    Jesús anuncia que un día, vendrá en su gloria como rey y juez, ante su presencia estará el mundo entero, donde dará en herencia la vida eterna a los que obraron el bien, y el castigo eterno a los que obraron el mal.

    El Señor se compara a un pastor que separa las ovejas de los cabritos, imagen por demás conocida por los que estaban familiarizados con las Sagradas Escrituras, en la primera lectura de esta misa oímos al profeta Ezequiel, que presenta a Dios como el Pastor que juzgará a ovejas y cabritos, este profeta y sacerdote durante el exilio en Babilonia (S.VI aC) narra un juicio de Dios contra los malos pastores de Israel.

    El llamado se dirige en primer lugar a los que se hicieron merecedores del Reino, dándoles las razones por las que han recibido semejante herencia: tuve hambre, sed, era forastero, estuve desnudo, enfermo, preso, y en cada una de esas situaciones me atendieron.

    Jesús no pretende dar detalles del juicio final, sino captar la atención de sus oyentes y moverlos a tener ciertas actitudes con el prójimo, las que podemos resumir en obras de misericordia, como enlazando su último discurso con el primero, “las bienaventuranzas”, donde los misericordiosos son llamados felices porque obtendrán misericordia. De este modo entendemos que la caridad cubre los baches de nuestros pecados.

    Los herederos del Reino, parecen ignorar haber atendido al Señor en estas necesidades, y preguntan ¿Cuándo te vimos así?, y la respuesta no se hace esperar: cada vez que lo hicieron con uno de sus hermanos más pequeños. De esta manera Jesús, enseña que se solidariza con todo ser humano que está pasando por alguna necesidad, a tal punto que lo que se le haga a cada una de estas personas lo siente Él en su propia carne.

    Como un espejo, pero en sentido inverso, el relato continúa con los excluidos del Reino, que ante las mismas situaciones no fueron capaces de tener actitudes de misericordia.

    Al mencionar a los premiados y a los condenados, Jesús nos está enseñando que no da lo mismo “hacer” que “no hacer”, de modo que cómo vivimos esta vida tiene repercusiones en la vida eterna, tal como lo decimos en la oración del Señor, el Padrenuestro, cuando le pedimos que nos perdone, así como nosotros perdonamos, o como en las dos parábolas proclamadas en los dos domingos precedentes, dónde la prudencia y la capacidad de multiplicar los talentos hicieron a sus poseedores dignos de la fiesta.

    Por supuesto que no debemos recortar el Evangelio y quedarnos sólo con lo que Jesús nos enseña en estos quince versículos, si estuvimos atentos a las lecturas a lo largo de todo el ciclo litúrgico sabemos que la vida cristiana se traduce en actitudes de misericordia y mucho más. Pero si la memora no nos ayuda, hace cuatro domingos el Señor nos hizo un resumen perfecto de toda la Ley y los Profetas, y nos dijo que dos mandamientos son los más importantes: el amor a Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. Y el amor al prójimo como a nosotros mismos.

    San Juan de la Cruz comprendió estas enseñanzas al decir: “en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor”.

    Jesús no distingue si los menesterosos pertenecen a un pueblo determinado o no, si son de sus seguidores o no, tampoco dice nada sobre su condición moral, Él que siendo de condición divina se hizo el más pobre entre los pobres, reviste con su dignidad a todo ser humano que está viviendo una situación de necesidad y nos invita a cada uno de nosotros a reconocerlo encarnado en todo ser humano necesitado. Éste es el motivo por el cual los cristianos cuando socorremos a una persona necesitada no lo hacemos por simple filantropía, sino porque en ese ser humano, imagen y semejanza de Dios, atendemos al mismo Señor que viene a nuestro encuentro, a veces tan maltrecho “que ni aspecto humano tiene”.

    Que Cristo reine en nuestros corazones y purifique nuestra mirada para saberlo reconocer entre los que de una forma u otra entran en contacto con nosotros.

     Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL                              Sal 22, 1-3. 5-6 

    1. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    Él me hace descansar en verdes praderas.

    Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas;

    me guía por el recto sendero, por amor de su nombre. R.

     

    Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos;

    unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. R.

     

    Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida;

    y habitaré en la casa del Señor, por muy largo tiempo. R