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Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Comentario al Evangelio: XV domingo durante el año - 16 de julio de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         13, 1-23

   Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

   Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

   Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»

   Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

       "Por más que oigan, no comprenderán,

       por más que vean, no conocerán.

       Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,

       tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,

       para que sus ojos no vean,

       y sus oídos no oigan,

       y su corazón no comprenda,

       y no se conviertan,

       y yo no los sane".

   Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

   Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

   Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

   El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

En este capítulo trece del evangelio según san Mateo, el evangelista reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. En cada una se nos presenta un aspecto del mismo. Hoy meditamos la primera. En el primer versículo del capítulo se dice que Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar,  pasa de la revelación íntima a una proclamación pública. Además, el número siete significa totalidad, plenitud; se trata de la revelación  pública del Reino.



Nos puede ayudar a comprender el texto  tener en claro dos cosas: qué es una parábola y qué se entiende por Reino de los Cielos.

 

Las parábolas son comparaciones que nos iluminan sobre un aspecto del Evangelio. No podemos pretender encontrar en ella toda la doctrina. Por eso, no se debe sacar una conclusión de cada una de las imágenes que nos presenta. Tenemos que captar cuál es el tema central sobre el cual la parábola nos quiere iluminar. La parábola implica siempre un esfuerzo interpretativo del que la escucha. Su comprensión dependerá, en gran medida, de la actitud que tiene el que la reciba.

 

Cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra. Desde muy antiguo, el pueblo de Israel tenía conciencia que Dios era su Rey, interesado siempre en el bien y la paz de su pueblo. Muchas veces habían sido dominados por gobernantes que tenían planes y pensamientos muy diferentes a los de Dios. Otras veces, fueron dominados por pueblos y gobernantes extranjeros, como en el momento en que vivió Jesús o cuando se escribió el Evangelio según san Mateo. Ellos estaban esperando con ansias la venida de un reino en donde Dios mismo los gobernase y los llevase a una situación de paz y prosperidad. Muchos imaginaban este reino semejante a los otros reinos existentes; esperaban la restauración de la monarquía y un mesías con poder militar y político que, en nombre de Dios, los liberara de la dominación extranjera y les diera unidad, pureza en el cumplimiento de la ley y poderío. Jesús tiene una clara conciencia mesiánica; Él es el Mesías, pero  su mesianismo pasa por asumir la debilidad, el fracaso y la muerte, de la que siempre saca vida. No es el Mesías triunfalista, conforme a las expectativas políticas sino el Mesías misericordioso que viene a transformar, desde lo profundo, los corazones de los hombres y la vida de las sociedades. Por eso, para Jesús, era imprescindible aclarar en qué consistía en verdad el Reino por Él anunciado. Cada parábola, narrada en este capítulo trece, nos va a permitir comprender mejor las características  de ese Reino que Él viene a hacer presente.

En la segunda parte del texto, el autor inspirado, hace una aplicación de la parábola a las circunstancias que la Iglesia estaba viviendo en ese momento. Ya no insiste  en el tema de la tierra sino en el fracaso de muchos miembros de la comunidad. No está puesta la atención en la semilla sino en la actitud de las personas y en las situaciones adversas a la fecundidad de la Palabra: incomprensión, inconstancia, apego a las riquezas y a las preocupaciones cotidianas, persecución…

 

Sabemos que la Palabra de Dios es eficaz y que siempre realiza lo que dice. Esta es una parábola que los anima, ya que una cosecha del 30, 60 o 100 por ciento, en una tierra agreste, para ellos era una cosecha excelente. Estaban acostumbrados a los terrenos pedregosos y, por eso, a cosechas del 10 por ciento. Además, de ese 10 por ciento, tenían que darle una buena suma a los dueños de los campos que vivían en la ciudad. Es una palabra que los invita a mantenerse fiel a pesar de las persecuciones y dificultades.

 

Esta parábola nos invita hoy, a nosotros,  a escuchar la Palabra con atención cada día. Nos puede ayudar a meditarla hacerlo en tres pasos.

 

  • En  un primer momento, tratar de entender qué dice la Palabra. Es importante ver primero qué dice objetivamente  para no hacerle decir a Dios lo que no quiso decir. Para esto, tenemos que ubicar la Palabra dentro de su contexto histórico, del género literario que utiliza, de la cultura en la que fue pronunciada. Ir al pasado y entender qué quiso decir Jesús en su momento. Relacionar el texto a ser meditado con toda la Palabra revelada. Podemos recurrir, en este primer momento, a las notas que traen las Biblias  o a comentarios autorizados.

 

  • No basta escuchar lo que dice la Palabra. Tenemos que dar un paso más: qué me dice la Palabra, qué dice a mi vida concreta. Cuál es el mensaje de Dios para mí. Traer la Palabra al presente. Esto implica rumiar la Palabra, dejarla penetrar en mi realidad, meditarla durante todo el día y en todas las circunstancias del día. La Palabra ilumina las preocupaciones cotidianas. Ella siempre nos abre una puerta, siempre le da sentido a los que estamos viviendo, siempre ilumina y anima. Qué importante es no ahogarnos en las preocupaciones sino dejar que la Palabra ubique lo que nos sucede dentro de toda una historia de salvación que Dios quiere construir con nosotros. La Palabra muchas veces nos lleva a modificar actitudes o afianzar valores evangélicos que ya hemos incorporado. La Palabra tiene fuerza para transformar nuestras vidas.

 

  • En un tercer momento, es importante establecer con ella un diálogo. Qué le respondo a Dios cuando Él me habla. Ante su mensaje: qué le pido, qué le agradezco, a qué me comprometo.

 

Abramos nuestro corazón para que la Palabra, escuchada con atención, eche raíces en nosotros, ilumine nuestro camino, nos haga crecer en la Fe, nos anime en la Esperanza y nos fortalezca en el Amor. La Palabra no sólo nos ilumina, también realiza en nosotros aquellos que nos revela. Como dice el libro de Isaías (55,10-11)  en la primera lectura de este domingo: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar… ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero….dice el Señor

 

Nos preguntamos: ¿Leemos cotidianamente la Palabra? ¿La meditamos, es decir, dejamos que la Palabra ilumine nuestra vida? ¿Nos dejamos transformar por ella, encontrando la fortaleza en la misma Palabra?

 

Un bendecido domingo para todos,         

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

  Centro de Espiritualidad Palotina



SALMO RESPONSORIAL              Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14 (R.: Lc 8,8)


  1. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.
 
Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.
 
Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.
 
Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños 
y los valles se revisten de trigo: 
todos ellos aclaman y cantan. R

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - XXV domingo durante el año - 24 de septiembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30--20, 16 

    Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

    Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron.

    Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?" Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

    Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

    Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

    El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

    Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

    Palabra del Señor. 

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Decíamos, el domingo pasado, que la Palabra de Dios provoca una dulce violencia en nosotros. La violencia que implica cambiar nuestra manera de pensar y de ver. Dios tiene una lógica, muchas veces, diferente a la nuestra. Los pensamientos de ustedes no son los míos, dice el Señor en la primera lectura de la misa de este domingo (Is 55, 6-9). Esta violencia nos trae la dulzura de una vida nueva, renovada en el amor verdadero. Fuimos creados para amar como Dios ama y, por eso, cuando Dios convierte nuestro mirar y sentir, haciéndolo más semejante al suyo, nos regala el gozo de poder realizar el sentido más profundo de nuestra vida. Esta parábola nos motiva, por un lado, a contemplar el amor de Dios, manifestado en Jesús. Por otro lado, a conformar nuestra vida a su forma de amar.

    El actuar de Dios no se reduce a la práctica de la justicia distributiva. Él obra movido por el amor gratuito y misericordioso. No nos da conforme a nuestros méritos sino a su gran bondad. El amor de Dios no está sujeto a nuestros merecimientos; es libre. Él nos da mucho más de lo que nos merecemos. La “recompensa”, como acción salvífica de Dios, es un acto libre de su amor. Ninguno de nosotros compra el amor de Dios, su bondad es gratuita y total. Por eso llamamos “gracia” (gratis) a su actuar en nuestras vidas. El propietario, en la parábola, no falta a la justicia: paga conforme a lo convenido. A la vez, extiende sus beneficios a favor de todos, independientemente del tiempo trabajado. Al destacar la gratuidad del llamado y la igualdad de la recompensa, Jesús muestra que el amor

    misericordioso de Dios trasciende el concepto humano de justicia. Muchas veces, nuestro orgullo puede cerrarnos a todo aquello que Dios nos quiere dar y de lo cual no tenemos méritos. Dejarnos amar por Él nos ayuda a madurar en un amor fraterno de perdón y misericordia.

    Es interesante observar que el mismo propietario sale a buscar a los trabajadores. Lo común era que lo hicieran los administradores o capataces. Dios mismo sale a nuestro encuentro en diferentes momentos y de forma insistente para invitarnos a trabajar en su viña. Dios quiere establecer con nosotros una relación personal.

    Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. Esta frase, da inicio al texto (último versículo del capítulo 19) y lo concluye (versículo 16 del capítulo 20). Para los fariseos, el cumplimiento de la ley era la medida de la perfección y quienes cumplían la ley ocupaban los primeros lugares. Los extranjeros, publicanos y pecadores se ubicaban en el último lugar. Incluso, existía una parábola, comentada en aquel tiempo, en donde los primeros eran especialmente retribuidos. Con esta parábola, el evangelista les recuerda a los discípulos de Jesús, provenientes del mundo judío, que el pueblo de Israel, a pesar de haber sido llamado en primer término, no debe sentirse celoso de la generosidad de Dios hacia los paganos. El amor de Dios es universal y, por eso, no tiene preferencias por motivo de nacionalidades, culturas, o perfecciones humanas. Dios no ama sólo a los buenos, ama a todos. La única preferencia de Dios, manifestada en la vida de Jesús, es por aquellos que más sufren. Es la preferencia propia de una madre o de un padre, ante el dolor de su hijo. La misericordia de Dios no excluye a nadie.

    La lógica de Dios es la del amor gratuito y universal. Nuestra lógica está marcada, muchas veces, por una mentalidad mercantilista. La escala de valores del Reino de Dios es diferente a la del mundo. La justicia es un valor que debemos buscar y promover. Ella alcanza su cumplimiento cuando está animada por el amor. Y el amor, según Dios, es siempre donación gratuita y universal. El amor da sin exigir nada a cambio, el amor es entrega a todos, sin dejar a nadie afuera. Estamos llamados a amar sin dejarnos condicionar por el mérito o la respuesta de los otros. Condicionar nuestro amor a la acción de los demás es perder la libertad. Es libre el que ama sin esperar recompensa por aquello que entregó.

    Desde una perspectiva mercantilista, muchas veces, no toleramos que Dios sea bueno con todos ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Algunas veces nos cuesta aceptar que Él se muestre bondadoso con aquel que no lo merece. El Señor nos invita a alegrarnos del bien que nuestros hermanos reciben aunque no lo merezcan. Es propio del amor alegrarse por el bien del otro.

    Es la gracia de Dios la que nos permite superar las relaciones basadas sólo en una justicia distributiva y poder dar más de lo que la justicia nos exige. Jesús nos invita a superar nuestra relación mercantilista. La Palabra de Dios nos comunica, cada día, el sentir y el mirar de Dios. Y esto… ¡nos hace mucho bien!

    Nos preguntamos: ¿Fundo mi fe en el amor gratuito de Dios o vivo con Él una relación mercantilista? ¿Dejo que mi justicia esté animada por un amor universal y gratuito? ¿Me alegro del bien de los demás?

    Un bendecido domingo para todos,

    P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)

    R. El Señor está cerca de aquellos que lo invocan. Día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar. ¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza: su grandeza es insondable! R. El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad. R.

  • Comentario al Evangelio - XXIV domingo durante el año - 17 de septiembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 18, 21-35

         Se adelantó Pedro y dijo a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»

        Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

        Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

        Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes". El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda". Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

        Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecía de ti?" E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

        Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos»     

     Palabra del Señor.

     

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     Una vez perdono; dos, no. Ya estoy cansado de perdonar. No tiene perdón de Dios. Al final perdonás y te toman de tonto. Hay cosas que no se pueden perdonar. Sólo Dios perdona… Con cuánta frecuencia escuchamos o,  incluso, pronunciamos estas frases u otras similares a estas.

    La Palabra nos hace nuevos. Por eso, abrirle el corazón al Evangelio es disponerse a que el Señor transforme nuestra mente y nuestro corazón. Hay miradas, actitudes, sentimientos que se nos van pegando en el camino de la vida, por diversas circunstancias. A veces responden a nuestra naturaleza herida por el pecado, a la influencia cultural, a reacciones espontáneamente humanas. La Palabra siempre ejerce una dulce violencia sobre nuestras vidas y, no sólo nos invita a cambiar, sino que también obra en nosotros ese cambio.

    En el domingo anterior el Señor nos enseñó el camino de la corrección fraterna, hoy da un paso más y nos indica el camino del perdón. Jesús le responde a Pedro que tiene que perdonar setenta veces siete, lo que significa siempre.

    ¿Cómo hacerlo?

    Lo primero es reconocer que nuestro corazón está herido, dolido, por la ofensa recibida. Reconocer nuestro dolor y nuestro enojo. No debemos sentir culpa por ello. Hay sentimientos que surgen espontáneamente en nosotros; nos hacen sentir mal pero no son en sí mismo pecados porque no interviene nuestra libre voluntad. Lo importante es que podamos hacer un camino de sanación para que el dolor y el enojo no nos hagan daño y no hagamos daño con ello. El perdón implica un camino que se inicia con el reconocimiento de aquello que nos lastima. Nadie sana una herida en su piel si no la identifica.

    En un segundo momento, hacer memoria de aquellas veces en la que nosotros también pudimos haber ofendido a alguien o fuimos indiferentes ante el dolor del otro. Reconocer nuestro pecado nos hace bien para poder entender al hermano que ha pecado y para poder hacer memoria del perdón de Dios. En la parábola que Jesús nos presenta, el rey le perdona a su servidor una suma altísima, imposible de pagar. Diez mil talentos equivalían casi a cien millones de denarios. Diez denarios era lo equivalente a una jornada de trabajo. Se trataba de una cantidad fantástica. Nosotros somos grandes deudores del Señor. Todo lo hemos recibido de Él; por empezar, la propia vida. Y lo hemos recibido gratuitamente. Si Dios, quien no tiene ninguna obligación para con nosotros, nos perdona siempre, ya que no hay pecado por más grande que sea que escape a su perdón, cómo nosotros no vamos a perdonar las faltas de nuestros hermanos. Hacer memoria del amor misericordioso y gratuito de Dios mueve nuestro corazón al perdón. Este servidor que recibió un gran perdón, no fue capaz de perdonar a su semejante, una pequeña suma. Perdonamos en la medida en que nos reconocemos seres perdonados y, a la vez,  somos perdonados, en la medida en que perdonamos. Es lo que rezamos cotidianamente en el Padre Nuestro: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    En tercer lugar, nos mueve al perdón el reconocer que ninguno de nosotros puede conocer la interioridad de otra persona, qué fue lo que la llevó a actuar de esa manera, sus condicionamientos psicológicos, la influencia de su historia de vida, su salud. Por eso, podemos y debemos condenar el pecado, nunca al pecador. Sólo Dios conoce el grado de libertad en que cada persona realiza sus acciones. El pecado pasa siempre por un acto consciente y voluntario. El grado de conciencia y la libertad de voluntad para actuar sólo son conocidos por Dios.

    En cuarto lugar qué importante es el poder descubrir por qué nos dolió tanto aquello que otra persona hizo o dejó de hacer por nosotros. Independientemente de la gravedad objetiva de la acción, nos ayuda el identificar qué fibra tocó en nuestra vida aquello que pasó. Quizá removió una herida de nuestros primeros años de vida, o quizá tocó en algo nuestro orgullo o vanidad o quizá nos llevó a descubrir algo en nosotros que debe ser sanado. Muchas veces nos molesta del otro, aquello que cuestiona lo que está mal en nosotros. Cuando algo nos enoja mucho es porque rozó una fibra de nuestro yo que está sensibilizado. Por eso, una ofensa recibida o una ayuda negada es siempre una oportunidad para crecer en el amor y para sanar antiguas heridas; una oportunidad para cambiar o madurar un aspecto de nuestra personalidad. Bendita la ofensa que nos mueve al perdón porque eso nos madura como personas.

    Por último, qué bien nos hace comprender que el perdón nos da una honda libertad. El rencor y  el enojo nos esclavizan porque nos atan a lo sucedido. Cuando tomamos distancia y perdonamos nos liberamos de esa “acidez espiritual” que no nos deja ser felices.

    Jesús nos propone participar de su Reino. Su Reino está fundado en el amor. Perdonar es la manifestación de la vida nueva en el amor. Esa vida que nos conduce siempre por caminos de paz, alegría interior, realización plena del sentido de nuestra existencia.

     Nos preguntamos: ¿Dejo espacios orantes en mi vida para sanar heridas y elaborar procesos de perdón? ¿Valoro la libertad que me da el perdonar y la alegría de vivir la vida en clave de amor?

    Un bendecido domingo para todos,      

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

     

     SALMO RESPONSORIAL Sal 102, 1-4. 9-12 (R.: 8)
     
    R. El Señor es bondadoso y compasivo.

    Bendice al Señor, alma mía,
    que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
    bendice al Señor, alma mía,
    y nunca olvides sus beneficios. R.
     
    Él perdona todas tus culpas
    y cura todas tus dolencias;
    rescata tu vida del sepulcro,
    te corona de amor y de ternura. R.
     
    No acusa de manera inapelable
    ni guarda rencor eternamente;
    no nos trata según nuestros pecados
    ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.
     
    Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
    así de inmenso es su amor por los que lo temen;
    cuanto dista el oriente del occidente,
    así aparta de nosotros nuestros pecados. R.

  • Comentario al Evangelio - XXII Domingo durante el año - 3 de septiembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         16, 21-27

        Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

        Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

        Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

        Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

        ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

        Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

    Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Jesús comienza el anuncio explícito de su camino mesiánico. Su compromiso de vida, fundado en el amor al Padre y a la humanidad, lo lleva a asumir la cruz, entregar la vida por amor y resucitar.

    Jesús no ama la cruz ni la muerte, ama a su Padre, ama a la humanidad, nos ama a cada uno de nosotros. Su amor es eterno y absoluto, gratuito y misericordioso. Desde ese amor se compromete con el bien y denuncia el mal, abre las puertas a los marginados y excluidos y denuncia la injusticia y la violencia del poder. Por eso lo matan. Él acepta libremente la pasión y la cruz como el gran signo de su compromiso con el bien de la humanidad.

    Pedro no podía entender este mesianismo. Quizá esperaba, como tantos otros judíos, un mesías “triunfador” que resistiera con poder a los enemigos del pueblo e instaurase el reino perdido; alguien que asumiera el dominio político y restaurará la independencia perdida. El fracaso no tenía lugar en su visión mesiánica.

    Si leemos este texto, a continuación del que proclamamos el domingo pasado, vamos a ver como en un momento Jesús le dice a Pedro, cuando este lo confiesa como Mesías e Hijo de Dios: esto no te lo inspiró la carne ni la sangre, sino mi Padre; esto es inspiración divina. En el Evangelio de hoy, Jesús lo llama Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios. Hay inspiraciones que vienen del espíritu del bien y hay inspiraciones que vienen del espíritu del mal, aunque aparentemente busquen el bien. Pedro quería el bien de Jesús, no quería ni oír hablar de que iba a tener que sufrir y pasar por la muerte. Discernir es ver qué inspiraciones vienen de Dios y cuáles del espíritu del mal. Discernir es ver entre dos  bienes, imposibles de ser vividos juntos en el mismo momento, cuál de ellos Dios quiere para nosotros.

    En la segunda lectura de la misa de hoy leemos: No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Rm 12,2

    Ser discípulos de Jesús, implica ir detrás de él, asumir su mismo camino de amor: dar la vida cotidianamente. No se trata de buscar el dolor o la muerte sino de asumir las consecuencias de un amor que es compromiso con el bien del otro. Este camino es de salvación porque nos lleva a vivir el sentido más profundo de toda vida humana, creada a imagen  y semejanza de aquel que es la plenitud del amor. El camino de un amor creciente nos lleva al encuentro de aquel que nos dará mucho más de lo que hemos dado.

    No tomen como modelo a este mundo. Un mundo que muchas veces nos habla de pensar sólo en nosotros, de usar a los demás en un supuesto beneficio propio; un mundo marcado por la indiferencia ante el dolor del otro. Una cultura muy signada por la autorreferencialidad, por la búsqueda del placer en la satisfacción genital sin referencia a una sexualidad encuadrada en la vocación al amor, por la adición al consumo, por el triunfalismo egocéntrico. Un mundo en donde la economía está divorciada del bien común, la política de los ideales y lo laboral de la participación en la creación. Un mundo en donde crece la marginación y la exclusión y en donde vamos levantando muros cada vez más difíciles de atravesar. Un mundo que nos habla de buscar nuestro bienestar sin abrirnos a la dimensión comunitaria de nuestra existencia. Ciertamente en nuestra cultura actual también hay valores que nos hablan de generosidad, compromiso social, lucha por la verdad y la justicia. Discernir es no dejarse manejar por la cultura dominante que se nos imponen desde mensajes cargados de mentiras y error. Discernir es no dejar que la información interesada y parcial maneje nuestra vida. Discernir es saber optar por lo verdadero, lo bueno y lo bello; es no dejar que el discurso dominante maneje nuestra manera de pensar y hasta nuestros sentimientos más profundos. Es no dejarse llevar por lo que la moda nos impone o los discursos vacíos de contenidos consiguen de nosotros al manipular nuestras emociones. Discernir es ver la realidad con ojos de fe y no la realidad que los medios muchas veces nos presentan.

    Este discernimiento que nos lleva siempre a una renovada opción por el amor, implica cargar la cruz. No se trata de buscar el dolor, sino de:

    • Asumir la muerte del egoísmo como camino de maduración en el amor. Encauzar nuestro poder en dimensión de entrega generosa y no de dominio. Poner nuestra existencia en clave de servicio gratuito y libre de la aspiración de todo reconocimiento. Amar desde el silencio, dejando que sólo Jesús conozca nuestra entrega.
    • Asumir la cruz que la vida nos presenta no desde la mera aceptación pasiva sino desde el sentido redentor que el dolor adquiere cuando nos lleva a buscar los verdaderos bienes y a ser solidarios con el dolor de la humanidad. La cruz se carga de sentido cuando nos une a la cruz de Cristo y se hace camino de redención para toda la humanidad.
    • Aceptar el fracaso como lugar de aprendizaje y maduración en la libertad. Los fracasos parciales muchas veces nos llevan purificar nuestro corazón de toda vanidad y soberbia; nos mueven a reencontrarnos con aquellos deseos y sueños más profundos que Dios colocó en nuestro interior, a no dejarnos deslumbrar por triunfos parciales que nos impiden caminar con prisa hacia el triunfo final de la resurrección y la vida para siempre.

    Ser discípulos, ir detrás del Señor, implica seguir su camino de amor, discerniendo cada día cuál es su voluntad para nosotros.

    Nos preguntamos: ¿Es el amor aquello que da sentido a mi vida? ¿Soy persona de discernimiento, creciendo en libertad ante lo que la cultura dominante me impone? ¿Asumo el dolor en clave redentora?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL Sal 62, 2-6. 8-9 (R.: 2b)


    1. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

      Señor, tú eres mi Dios,
      yo te busco ardientemente;
      mi alma tiene sed de ti,
      por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.
       
      Sí, yo te contemplé en el Santuario
      para ver tu poder y tu gloria.
      Porque tu amor vale más que la vida,
      mis labios te alabarán. R.

    Así te bendeciré mientras viva
    y alzaré mis manos en tu Nombre.
    Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso,
    y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.
     
    Veo que has sido mi ayuda
    y soy feliz a la sombra de tus alas.
    Mi alma está unida a ti,
    tu mano me sostiene. R