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Comentario al Evangelio: XVI domingo durante el año - 23 de julio de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 13, 24-43

     Jesús propuso a la gente otra parábola: 

    «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

    Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.

    Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

    “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».

    También les propuso otra parábola:

    «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas».

    Después les dijo esta otra parábola:

    «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

    Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:

        «Hablaré en parábolas

        anunciaré cosas que estaban ocultas

        desde la creación del mundo».

    Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».

    Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

    Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.

    ¡El que tenga oídos, que oiga!» 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos: 

Recordemos que en el capítulo trece, Mateo reúne siete parábolas referidas al Reino de los Cielos. También recordemos que cuando se dice Reino de los Cielos, se habla del Reino de Dios. “Los cielos”, es un modismo para designar a Dios y no debe entenderse en oposición a la tierra.  Cada una de estas parábolas toma un aspecto del mismo. Hoy meditaremos tres de ellas.  Como en el caso de la parábola de la semilla, proclamada el domingo anterior, Jesús expone abiertamente, estas tres parábolas, al pueblo.

Las imágenes usadas por Jesús: trigo, cizaña, semilla de mostaza, árbol, levadura, son perfectamente comprensibles para quienes lo escuchan porque formaban parte de sus vidas cotidianas.

Estas tres parábolas nos llevan a preguntarnos cómo se relaciona el bien con el mal, en el Reino de los Cielos.

  • EL BIEN Y EL MAL EXISTEN EN TODOS NOSOTROS

Nos cuesta aceptar que exista el mal en el mundo y en nuestras vidas. Todos nos preguntamos sobre la existencia del mal. Es importante tener en claro que ninguna persona se identifica plenamente con el bien o plenamente con el mal. Tanto uno como el otro están presentes en todo corazón humano; aunque haya personas especialmente tomadas por el mal. Si quisiéramos eliminar al “malo” de una comunidad o de la sociedad, no quedaría ninguno, ya que en todos está el mal, también en nosotros. No nos toca a nosotros pronunciar sentencia sobre las personas y su tiempo de conversión. Nos toca, distinguir entre el bien y el mal, alimentar el bien, ayudarnos unos a otros a crecer en él y entusiasmarnos con la alegría de pertenecer al Reino de Dios. Somos responsables de ayudar a nuestros hermanos a crecer en el bien y de crecer nosotros también en él. Corregir, no es sinónimo de condenar. La corrección tiene que estar siempre motivada por la búsqueda del bien del otro y el reconocimiento de nuestro ser pecador. Somos invitados a la paciencia porque en todo corazón humano existe el bien y todos podemos cambiar en algún momento. No nos corresponde a nosotros poner los tiempos; estos son de Dios. Entre la siembra y la cosecha hay un largo  tiempo, en el cual conviven el bien con el mal; en ese tiempo debemos animarnos en el bien unos a otros.

  • EL REINO NOS LLAMA A SER HOMBRES Y MUJERES DE DISCERNIMIENTO.

Es interesante observar que el brote de la cizaña es muy parecido al brote del trigo; al comienzo cuesta distinguirlos. Recién cuando la cizaña crece se la puede identificar. A veces, no es fácil distinguir entre lo bueno y lo malo. Decisiones y opciones, aparentemente buenas pueden tener una intención oculta o pueden causar daño, aún sin quererlo; pueden, también, no responder a la voluntad de Dios. Estamos llamados a ser hombres y mujeres de discernimiento;  en donde, a la luz de la Palabra, podamos distinguir en cada momento de nuestras vidas por dónde pasa el bien y por dónde pasa el mal, qué es lo que el Señor quiere de nosotros. Muchas veces hay cosas moralmente buenas pero que el Señor no quiere que la realicemos en ese momento de nuestra vida; o puede darse la posibilidad de optar por dos cosas moralmente buenas pero imposibles de ser realizadas a la vez. El discernimiento nos permite ver qué es lo que Dios quiere para cada uno de nosotros en un momento concreto de nuestra existencia. El verdadero bien consiste en hacer la voluntad del Padre. El discernimiento nos permite no arrancar el bien al querer eliminar el mal. Esto necesita de tiempo y oración, diálogo con la Palabra, dejarnos ayudar en el discernimiento, escucha desde la Fe, vida sacramental.

  • EL REINO SE DESARROLLO DESDE LO PEQUEÑO Y OCULTO DE CADA DÍA

Tanto en la imagen de la semilla de mostaza como en la levadura, aparece el Reino como algo pequeño y oculto al comienzo. Hay una valoración de lo pequeño. De lo pequeño surge la vida. Una vida que tiene que acoger a todos de tal manera que los pájaros del cielo vayan a cobijarse en sus ramas; en el Reino de Dios, todos tienen que encontrar cobijo. La Iglesia, como signo del Reino, tiene que acoger cordialmente a todos. El fermento está oculto en la masa. El Reino tiene que hacerse presente en la sociedad sin buscar lugares de exhibición, privilegio o poder. Trabaja desde el interior de los corazones y de las estructuras. Es interesante notar que no somos los cristianos los que tenemos que ser levadura sino que el Reino es el fermento. Nosotros somos  anunciadores y servidores de ese Reino. Este se hace visible a través nuestro pero no somos nosotros los que transformamos la sociedad; es el Reino de Dios el único capaz de transformar la vida de los hombres. Nosotros estamos al servicio de él.

Es importante ver en las tres parábolas la dimensión dinámica del Reino: se desarrolla en el tiempo. En el juicio final, el mal será definitivamente vencido y podremos disfrutar eternamente del bien. Este es el fundamento de nuestra esperanza. 

Nos preguntamos: ¿Soy  hombre o mujer de discernimiento? ¿Comprometo mi vida al servicio del bien? ¿Ayudo a crecer a los otros en el bien? ¿Hago presente el Reino de Dios en la sociedad?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno e indulgente.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica! R.
Todas las naciones que has creado vendrán a postrarse delante de  ti,
y glorificarán tu Nombre, Señor,
porque Tú eres grande, Dios mío,
y eres el único que hace maravillas. R.

Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso,
lento para enojarte, rico en amor y fidelidad,
vuelve hacia mí tu rostro
y ten piedad de mí. R.

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - V domingo de Pascua - 29 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 1-8

    Jesús dijo a sus discípulos:

    «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

    Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

    Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

    La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    En el Evangelio según san Juan, Jesús manifiesta su identidad, a través de diferentes signos y su posterior explicitación. Cuando multiplica el pan, se presenta como el pan de vida. Luego de la curación del ciego, como la luz. En la parábola del buen pastor como la puerta y el pastor verdadero. Luego de volver a la vida a Lázaro, como la resurrección y la vida. Ahora, en una cena anterior a la fiesta de la Pascua, lo hace como la vid auténtica.

    Esta imagen de la vid o la viña es muy usada en el Antiguo Testamento, era muy cercana y expresiva para el pueblo de Israel. Ese pedazo de tierra significaba gran parte del sustento familiar. Por eso, era cultivada con esfuerzo y se la cuidaba de una manera muy especial. Formaba parte del patrimonio familiar, era lo mínimo que se debía tener para pertenecer a un clan y fundamentar, de esa manera, su derecho de ciudadanía. Muchas veces en la viña descansaban los restos de sus antepasados. Era como un signo de identidad familiar, de pertenencia, de patrimonio seguro, al cual se le dedicaba mucho esfuerzo. Recordemos la viña de Nabot y la pretensión de Ajab en 1 Re 21. El rey Ajab le dice Nabot: «Dame tu viña para hacerme una huerta, ya que está justo al lado de mi casa. Yo te daré a cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su valor en dinero».  Nabot se niega y le responde: «¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!» El emblema del templo de Jerusalén era una inmensa vid de oro; lo mismo el de la sinagoga de Yamnia. Cuando Dios expresa, en Isaías, el amor por su viña, está manifestando el profundo amor por su pueblo y el dolor por un pueblo que no dio frutos.

    En el Antiguo Testamento la viña del Señor es Israel; el viñador, el mismo Dios; el fruto, la justicia y el derecho. Con esta parábola, Jesús se va presentar el mismo como la verdadera vid; su Padre el viñador; el fruto, si leemos unos versículos posteriores, es el amor.

    Dar frutos es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por el cumplimiento de los objetivos propuestos, por lo aparente y reconocido. El fruto se lo mide por el bien hecho. Los frutos evangélicos, nos dice el Catecismo de la Iglesia en el nro. 1832, son “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.). El fruto, muchas veces, pasa por el fracaso; el grano de trigo tiene que morir para dar frutos.

    Hay dos palabras claves en el texto: dar fruto y permanecer. Sólo podemos dar fruto si permanecemos en la vid. El que permanece en Jesús, forma parte de la vid, tiene vida y puede ser fecundo. El que no permanece en Él, no puede dar fruto. Se permanece no por un vínculo de sangre o nacionalidad sino por la fe. Es un permanecer activo, similar a la relación entre el Padre y el Hijo. Es una relación de mutuo amor, en donde Dios nos amó primero e incondicionalmente. Todos estamos llamados a formar parte de la vid amada por el Padre. Solamente si la savia de Jesús corre por nuestras venas podemos dar frutos en abundancia. Esto implica dejar que su Palabra penetre toda nuestra vida; pasar horas con Él, escuchándolo y dejando que su vida penetre toda nuestra vida.

    Esta Palabra nos poda, nos purifica, corta en nosotros aquellas cosas que nos impiden dar frutos: nuestras vanidades, nuestros apegos desordenados, nuestro afán de consumir y tener, nuestros falsos dioses, nuestro egoísmo...  Esta poda es para que tengamos vida y vida en abundancia.

    Vivamos, en este tiempo pascual, la alegría de vivir en Cristo resucitado y el gozo de ser la viña amada por el Padre.

    Nos preguntamos: ¿Permanezco en Cristo? ¿Lo encuentro en todo y en todos? ¿Rezo, contemplo la Palabra, la medito? ¿Dejo que el Señor me purifique para que el fruto del amor madure en mí?

    Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 21, 26b-28. 30-32


    Te alabaré, Señor, en la gran asamblea.


    Cumpliré mis votos delante de los fieles:
    los pobres comerán hasta saciarse
    y los que buscan al Señor lo alabarán.
    ¡Que sus corazones vivan para siempre! R.

    Todos los confines de la tierra
    se acordarán y volverán al Señor;
    todas las familias de los pueblos
    se postrarán en su presencia. R.

    Todos los que duermen en el sepulcro 
    se postrarán en su presencia; 
    todos los que bajaron a la tierra 
    doblarán la rodilla ante él. R.

    Mi alma vivirá para el Señor,
    y mis descendientes lo servirán.
    Hablarán del Señor a la generación futura, 
    anunciarán su justicia a los que nacerán después, 
    porque esta es la obra del Señor. R.

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - IV domingo de Pascua Ciclo B 22 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 11-18

     En aquel tiempo, Jesús dijo:

        «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

        Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

        El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.»

      Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     A los que hoy vivimos en pequeñas o grandes ciudades no nos resulta tan cercana la figura de un pastor de ovejas; en cambio, era una imagen muy familiar para el pueblo de Israel.

     La vida de los pastores, en oriente, era difícil. Les implicaba estar lejos de sus casas por prolongados tiempos, recorrer largas distancias siguiendo alguna nube que le garantizase la lluvia, buscar un lugar donde alimentar el ganado en una región que era sumamente seca, enfrentar tensas vigilancias nocturnas ante los peligros de los ladrones o las fieras. El rebaño era muy valioso para el pastor, no sólo porque le implicaba grandes esfuerzos sino también porque era lo que le garantizaba ganar el sustento necesario para vivir.  Es por eso que, al pueblo de Israel, le gustaba compararse a un rebaño; se sentían como la riqueza de Dios, amados y cuidados por Él.

     Los reyes, para el pueblo elegido, debían ser los pastores que Dios había colocado para que cuidaran en su nombre al rebaño amado. Muchas veces no ocurría así. Muchos gobernantes ejercían su cargo en función de sus propios intereses, aprovechándose del rebaño. Los profetas son muy duros con los malos pastores que no cuidan al pueblo. El evangelista, incluso, ubica este discurso en la fiesta de la Dedicación del Templo, cuando el pueblo de Israel recordaba a los malos pastores que habían sido responsables de la profanación del templo. Dios les dice que esos gobernantes nos serán más los pastores de su pueblo; Él mismo será el pastor de Israel. Rezamos en el salmo 22: El Señor es mi pastor.  Habrá un único pastor que buscará el bien de su pueblo. Cuando Jesús se presenta como el buen pastor, está diciendo que Dios ha dado cumplimiento, en Él, a su promesa. Él es el pastor auténtico.

     Todo pastor que ejerza su servicio en nombre de Jesús, lo tiene que hacer teniéndolo a Él como el único pastor, Él es el modelo.

     En este Evangelio, Jesús nos revela cuatro actitudes del buen pastor:

     Nos conoce. Conocer en el lenguaje bíblico es mucho más que saber los datos de identidad de la otra persona. Se trata de un conocimiento interno, vital; es entrar en la intimidad del otro y dejar que el otro entre en mi intimidad. Es un conocimiento que genera un vínculo de amistad.

    • Nos cuida del lobo, de todo aquello que destruye nuestra vida, de lo que no nos permite vivir en plenitud, con gozo y con paz.
    • Da la vida por nosotros. Qué bien nos hace contemplar a Jesús dando la vida por amor a cada uno de nosotros. En Cristo se nos manifiesta el amor del Padre. Leemos en la segunda lectura de este domingo: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente (1Jn 3,1)
    • Nos viene a buscar, siempre toma la iniciativa. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir.

     En un mundo en donde la vida es tan atropellada, donde hay tanta muerte y en donde hay tanta soledad, que podamos contemplar y anunciar con gozo a Jesús como el buen pastor; Él es aquel que cuida nuestra vida y le da a cada vida un sentido trascendente. Él viene a nuestro encuentro para transformar cada signo de muerte en fuente de vida.  Que con nuestros gestos y actitudes hagamos presente en el mundo el amor de Dios que nos amó hasta el extremo. No está en nuestras posibilidades acabar con las guerras y tantas formas de homicidio. Sí está en nosotros cuidar la vida que Dios nos regaló y cuidar la vida de cada persona que Dios pone en nuestro camino. El Reino de Dios se hace presente en cada pequeño gesto cotidiano que va siendo como la levadura en la masa. Nuestras actitudes, transforman siempre la realidad, pero sobre todo, transforman nuestra propia existencia.

     Recemos, también, para que en la Iglesia no falten hombres que con, Cristo Pastor, configurados al corazón misericordioso de Jesús, asuman la vocación de pastores en la Iglesia. Dios sigue llamando a muchos a la vida sacerdotal. Que muchos puedan responder con generosidad, sirviendo al pueblo sufriente y dando sentido trascendente a sus vidas. Amar a un joven significa, necesariamente, ayudarlo a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios.

     Nos preguntamos: ¿Contemplo cotidianamente el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Doy testimonio de este amor? ¿Ayudo a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios?

      Un bendecido tiempo de Pascua,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

    R. Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor.


    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor!
    Es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los hombres;
    es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los poderosos. R.

    Yo te doy gracias porque me escuchaste
    y fuiste mi salvación.
    La piedra que desecharon los constructores
    es ahora la piedra angular.
    Esto ha sido hecho por el Señor
    y es admirable a nuestros ojos. R.

    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
    Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
    Dios mío, yo te glorifico.
    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - III domingo de Pascua Ciclo B 15 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48

    Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

    Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

    Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

    Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

    Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    ¡Qué mezcla de sentimientos habrán experimentado los discípulos, luego de la muerte de Jesús! Dolor, frustración, desánimo, miedo. Los acontecimientos habían sido muy traumáticos: Jesús no sólo era alguien muy querido sino aquel que se presentaba como el Mesías tan esperado, sus jefes lo entregaron, muchos de ellos habían tenido una actitud de cobardía y lejanía. De repente aparecen las mujeres diciendo que no encontraron su cuerpo en el sepulcro. Pedro dice haber visto al Señor, los dos discípulos de Emaús cuentan que a ellos también se les apareció. El texto propuesto para este domingo comienza diciendo: Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. ¿Se trataba de una aparición real o de una imaginación, fruto del deseo de verlo? Estaban con temor. Los discípulos estaban realmente confundidos. Aún no lo podían creer. La experiencia de la resurrección superaba toda posibilidad de entendimiento humano, de comprensión. Quedaron atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu… La fe en la resurrección implicó para ellos un proceso. Es en el encuentro con la comunidad en donde van vivenciando la presencia de Jesús resucitado y la van madurando en la Fe. Tuvieron que pasar por las dudas, el miedo, el dolor para llegar a la experiencia gozosa de la resurrección del Señor.

    En esta aparición podemos señalar tres manifestaciones del Señor:

    Jesús les muestra su cuerpo real y come con ellos. No puede ser un fantasma. No es un espíritu. La resurrección no es sólo inmortalidad del alma, es también glorificación del cuerpo. Manifestamos en el Credo: creo en la resurrección de la carne. La resurrección no es la prolongación de esta vida. Resucitar es volver a vivir para siempre en la gloria de Dios. La resurrección final será la plenitud de la vida nueva en el amor, recibida en el bautismo. Todo nuestro ser resucitará. La creación entera participará de la gloria de Dios.

    Jesús, como con los discípulos de Emaús, recurre a la Escritura para ubicar el hecho dentro de toda la historia de la salvación y de la promesa hecha desde antiguo. Les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras. Siempre necesitamos que el Señor nos dé el don de la comprensión vital de la Palabra para que no nos quedemos en los aparentes fracasos y veamos cómo, de toda experiencia de muerte, Él saca la vida. La Palabra nos abre a la Esperanza porque ubica toda experiencia de crisis, de dolor y de muerte, dentro de una perspectiva mayor, dentro del plan de la salvación que finalizará en el encuentro definitivo con el Señor y será la plenitud de nuestra paz y nuestra alegría. La Palabra carga de significado todo lo que nos sucede en la vida, dando un sentido hondo y trascendente a nuestra existencia.

    Es por eso, que este encuentro con el Señor los llena de alegría y de admiración. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. El encuentro con el Resucitado significó para ellos volver a creer en la promesa del Señor. Decía Blaise Pascal: Nadie es tan feliz como un cristiano auténtico. Romano Guardini, señalando que el encuentro con el Señor es la causa más profunda de nuestra alegría, nos dice: La melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

     

    Dejemos que la alegría pascual desborde nuestra vida. La Pascua torna la muerte en vida. Los fracasos, lo que dejamos o perdemos, las crisis, los momentos de dolor, son el lugar donde Dios actúa para sacar de la muerte, vida nueva. La fe implica un proceso de crecimiento que siempre nos conduce a la alegría y a la paz prometida por el Señor.

    El Señor nos llama a ser testigos en el mundo de esta honda alegría

    Nos preguntamos: ¿Dejamos que la Palabra ilumine nuestra inteligencia? ¿Le abrimos el corazón al don del Espíritu Santo? ¿En medio de las dificultades, encontramos en el Señor la paz y la alegría interior?

     Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 4, 2. 4. 7. 9

    R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

    Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
    tú, que en la angustia me diste un desahogo:
    ten piedad de mí
    y escucha mi oración. R.

    Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
    Él me escucha siempre que lo invoco.
    Hay muchos que preguntan: «¿Quién nos mostrará la felicidad,
    si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?» R.

    Me acuesto en paz
    y en seguida me duermo,
    porque sólo tú, Señor,
    aseguras mi descanso. R