Lunes, 22 Enero 2018 | Login
La Transfiguración de G. Bellini La Transfiguración de G. Bellini

Comentario al Evangelio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo  17, 1-9

 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.»

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo.»

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Esta escena, conocida como la Transfiguración, tiene una gran importancia para los evangelistas, ya que aparece en los tres sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La tiene también para nosotros, porque nos señala el rumbo de nuestra vida cristiana.

Jesús toma la iniciativa y los lleva a un monte elevado, lugar del encuentro con Dios. El único que se transfigura, llenándose de luz, es Él: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz… una nube luminosa los cubrió. En el Antiguo Testamento, la gloria de Dios la vemos manifestarse, generalmente, de forma luminosa. También, en el Antiguo Testamento, la nube está presente, como aquí, en las diversas teofanías (manifestaciones de Dios).

 

Aparecen Moisés y Elías, figuras que representan la Ley y los Profetas; los dos caminos por los cuales Dios se fue comunicando con su pueblo. Los dos habían subido a la montaña del Horeb-Sinaí para hablar con el Señor.

 

La expresión de Pedro, ¡qué bien estamos aquí!, manifiesta el gozo de la experiencia vivida. Una alegría tan grande que hace con que Pedro quiera quedarse ahí: levantaré aquí mismo tres carpas.

 

¡Qué experiencia fuerte para Santiago, Juan y Pedro!

 

Todos hemos tenido en nuestras vidas momentos de luz, de serenidad, de paz. Momentos en los cuales quisimos quedarnos para siempre, armar la carpa para permanecer. Momentos en los que sentimos gozo profundo, alegría verdadera. Esta visión que tienen los tres discípulos revela una experiencia divina, difícil de traducir en palabra. Todo habla de un anticipo de la resurrección y de la manifestación gloriosa del Señor. La Transfiguración del Señor sucede  días después del anuncio de la pasión a sus discípulos. Los tres apóstoles, que lo acompañan en esta experiencia, lo acompañarán, también, la última noche, en la angustiosa oración del Monte de los Olivos. Es importante la coincidencia entre estas escenas; la Transfiguración nos recuerda que la muerte no es la última palabra sino que es camino a la Gloria. Es interesante observar que Pedro lo llama a Jesús con el nombre de “Señor”, el mismo que usan los primeros cristianos para hablar de Cristo resucitado.

 

Pedro los equipara a los tres, a Jesús, Moisés y Elías; quiere hacer tres carpas. El Padre, en cambio, concentra la atención en Jesús. Se escucha su voz que dice: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.” En ese momento desaparecen Moisés y Elías. Ahora el Padre nos habla a través de Cristo. La Ley y la Profecía llegan a su plenitud en Él. En Cristo está todo lo que el Padre tiene para decirnos. La alianza del Sinaí llega a su plenitud en Cristo, nueva y eterna alianza.

 

La fiesta de la Transfiguración nos invita a contemplar cotidianamente la Palabra de Dios; Jesucristo es la Palabra hecha carne, es la visibilidad del amor absoluto del Padre por cada uno de nosotros.

 

Cuando le abrimos el corazón a la Palabra y contemplamos a Cristo en sus gestos y mensajes, en su presencia real en medio de nosotros, nuestra vida se ilumina y hacemos la experiencia anticipada de la resurrección.

 

Así como la vida tiene momentos de luz y gozo, también lo tiene de tiniebla y dolor. La Palabra ilumina las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, dando sentido a lo que cotidianamente vivimos. Es la Palabra que nos toca con ternura y nos dice: ánimo, levántate, camina. La experiencia auténtica de la contemplación nos pone en movimiento y nos permite caminar en medio del dolor y de las dificultades, animados por la esperanza. El Señor es fiel a su promesa. Un día, todos participaremos de su resurrección gloriosa, un día todo será plenitud de alegría y paz.

 

Necesitamos momentos para estar a solas con el Señor, para escuchar la voz del Padre que se manifiesta en Él. Esto, como en Jesús, nos permite seguir encontrar a Dios en cada hermano. La contemplación de la Palabra nos lleva al encuentro de nuestros hermanos con un renovado espíritu de amor y de entrega; nos permite ver a Dios en todo y en todos; especialmente, en los que más sufren. La experiencia de Dios nos permite poder tocarlos con la ternura de Jesús y decirles también a ellos: “Levántense, no tengan miedo.”

 

Nos preguntamos: ¿Nos dejamos tiempo para subir al monte y encontrarnos con Jesús? ¿Contemplamos la gloria de Dios, viendo en ella lo que un día será la plenitud de nuestra vida? ¿El encuentro con Dios nos lleva a salir al encuentro de los que sufren?

Un bendecido domingo para todos,       

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

  Centro de Espiritualidad Palotina



SALMO RESPONSORIAL                       Sal 96, 1-2. 5-6. 9 (R.: Cf. 1a y 9a)



R. El Señor reina, altísimo por encima de toda la tierra.

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,
regocíjense las islas incontables.
Nubes y Tinieblas lo rodean,
la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.

Las montañas se derriten como cera
delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú, Señor, eres el Altísimo:
estás por encima de toda la tierra,
mucho más alto que todos los dioses. R.

000

About Author

Artículos relacionados (por etiqueta)

  • Comentario al Evangelio - domingo 7 de enero de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 7-11

     Juan predicaba, diciendo:

    «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

    En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

     Palabra del Señor 

    Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. La liturgia toma tres acontecimientos como la manifestación (la epifanía) del Dios hecho hombre al mundo: la visita de los magos de oriente (Dios se manifiesta a todos los pueblos), el bautismo del Señor (el Padre lo presenta como su hijo amado y el Espíritu Santo desciende sobre Él) y las bodas de Caná (primer signo).

     Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado; por eso, el signo del bautismo de agua como ritual penitencial y de purificación. No surgían profetas. Resonaba fuertemente en ellos la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por todo esto es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.

     Tratemos de imaginarnos qué experiencia fuerte habrá sido para Jesús. El Padre se dirige a él llamándolo su hijo y diciendo que tiene puesta en Él, toda su predilección; a ninguna otra persona, Dios llamó de esta manera. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación. Es el aliento de Dios que da vida y hace de Jesús un servidor de la vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). De hecho, a partir del bautismo, Jesús inicia su misión profética de anuncio y comienza el camino hacia el momento culminante de la salvación. Tuvo que haber sido para Jesús una vivencia muy fuerte de su filialidad y de la acción del Espíritu Santo en Él.

     Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.

    Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

     Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

     La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

     Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Podemos decir, sin lugar a duda, que por el bautismo estamos en Dios, en la intimidad de la comunión divina y que la divinidad está presente en nosotros para siempre. Nuestra humanidad es divinizada en el bautismo y comienza a participar de la vida divina. Por eso somos bautizados en el nombre de la trinidad. Nosotros también, viviendo en Cristo y participando de la vida trinitaria, podemos llamar a Dios de Abba, término cariñoso que expresa nuestra real filialidad.

     El bautismo nos revela un padre que nos ama con amor eterno y nos sostiene en todos los momentos de nuestra vida. Un padre que no excluye a nadie de su amor; no es el padre de un pueblo o de determinado número de personas, es padre de todos. Un padre que nos hace hermanos entre nosotros. Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

     En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades. 

     Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Por el bautismo somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Por el bautismo somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. Jesús, luego de ser bautizado no volvió a su casa de Nazaret ni se quedó con los discípulos de Juan, fue a anunciar el amor del Padre y hacer presente con signos concretos la misericordia de Dios en el mundo.

     En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.

     Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6

    R. Sacarán agua con alegría
    de las fuentes de la salvación.


    Este es el Dios de mi salvación:
    yo tengo confianza y no temo,
    porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
    él fue mi salvación. R.

    Den gracias al Señor,
    invoquen su Nombre,
    anuncien entre los pueblos sus proezas,
    proclamen qué sublime es su Nombre. R.

    Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
    ¡que sea conocido en toda la tierra!
    ¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
    porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R

  • Comentario al Evangelio - primer domingo de adviento - 3 de diciembre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 13, 33 – 37

    Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”.

    Palabra del Señor.

    Hoy iniciamos un nuevo ciclo litúrgico, la Iglesia llama Adviento a este tiempo previo a la Navidad. Durante este tiempo nos preparamos para celebrar en la fe la primera venida del Señor, pero es especial preparación para la vuelta definitiva.

    Este pasaje del Evangelio es el final del discurso escatológico (del fin de los tiempos), que cierra con esta parábola. Jesús insiste con estar prevenidos y preparados, parece continuar con la tónica de los últimos domingos del ciclo anterior.

    Al encontrarnos con un texto del Evangelio que tenga esta temática al inicio mismo del año litúrgico parece un poco extraño, pero es que la Iglesia al comienzo del nuevo ciclo nos invita a poner la mirada en la meta, nos recuerda hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin último, el encuentro pleno con el Señor, para el cual debemos estar preparados.

    El texto es una invitación a estar atentos, ya que de nada sirve estar alarmados ante una venida futura, de la que no sabemos cuándo será, sino más bien lo que corresponde es ocuparnos atentamente en las tareas que se nos han encomendado, ya que desde la resurrección el Señor viene constantemente en los acontecimientos más simples de nuestra vida, y es en esos encuentros dónde debemos saber reconocerlo, para ello no debemos estar distraídos, recordemos las palabras del texto evangélico del domingo pasado.

    Estas advertencias del Señor no debemos tomarlas con un espíritu alarmista y obsesivo por su llegada, su venida no debe provocar espanto, al contrario, si como Iglesia le pedimos cada vez que celebramos la Eucaristía: “Ven Señor”, ¿cómo puede ser que el saber que vendrá nos provoque angustia o miedo? El que vendrá nuevamente es precisamente aquél que se hizo uno de nosotros para que nosotros volviéramos a Dios, es el que nos ama con amor infinito, tanto que entregó su vida para que tengamos vida.

    También está el peligro de caer en otro extremo, pensar que tarda tanto en volver que dejamos que nuestra fe se duerma y olvidamos este aspecto revelado por Cristo. En esta parábola no dice nada que pasa si nos encuentra dormidos, porque, evidentemente el objetivo es advertirnos sobre la necesidad de estar alertas, pero teniendo en cuenta las otras parábolas escatológicas, lo que puede suceder es que nos privemos de la fiesta del Reino definitivo.

    Justamente porque no quiere que ni uno solo se pierda nos insiste con la necesidad de estar “prevenidos”, y la manera de estar preparados es ocuparnos en vivir lo que el Señor nos ha enseñado, no es otra cosa que vivir los valores que nos propone en el Evangelio.

    Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 2ac-3b. 15-16. 18-19

    Restáuranos, Señor del universo.

    Escucha, Pastor de Israel,

    tú que tienes el trono sobre los querubines,

    reafirma tu poder y ven a salvarnos. R.

    Vuélvete, Señor de los ejércitos,

    observa desde el cielo y mira:

    ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,

    el retoño que tú hiciste vigoroso. R.

    Que tu mano sostenga

    al que está a tu derecha,

    al hombre que tú fortaleciste,

    y nunca nos apartaremos de ti:

    devuélvenos la vida e invocaremos tu nombre. R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - 26 de noviembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 31-46

    "Jesús dijo a sus discípulos:

    "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?". Y el Rey les responderá: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". Luego dirá a los de la izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron". Estos, a su vez, le preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?". Y él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna»."

    Palabra del Señor.

     Hemos llegado al fin del ciclo litúrgico, celebrando a Jesucristo Rey del universo la Iglesia contempla a Cristo que un día volverá con todo su esplendor a instaurar su Reino definitivo.

    En los dos domingos anteriores, Jesús nos dijo que debemos estar preparados para su venida y que cuando vuelva nos pedirá cuenta de los dones que se nos fueron confiados. Hoy al concluir el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, se nos presenta la imagen del juicio final a través de esta parábola, exclusiva del Evangelista San Mateo. Esta página del Evangelio es la que inspiró a Miguel Ángel su extraordinaria obra en la capilla Sixtina.

    Jesús anuncia que un día, vendrá en su gloria como rey y juez, ante su presencia estará el mundo entero, donde dará en herencia la vida eterna a los que obraron el bien, y el castigo eterno a los que obraron el mal.

    El Señor se compara a un pastor que separa las ovejas de los cabritos, imagen por demás conocida por los que estaban familiarizados con las Sagradas Escrituras, en la primera lectura de esta misa oímos al profeta Ezequiel, que presenta a Dios como el Pastor que juzgará a ovejas y cabritos, este profeta y sacerdote durante el exilio en Babilonia (S.VI aC) narra un juicio de Dios contra los malos pastores de Israel.

    El llamado se dirige en primer lugar a los que se hicieron merecedores del Reino, dándoles las razones por las que han recibido semejante herencia: tuve hambre, sed, era forastero, estuve desnudo, enfermo, preso, y en cada una de esas situaciones me atendieron.

    Jesús no pretende dar detalles del juicio final, sino captar la atención de sus oyentes y moverlos a tener ciertas actitudes con el prójimo, las que podemos resumir en obras de misericordia, como enlazando su último discurso con el primero, “las bienaventuranzas”, donde los misericordiosos son llamados felices porque obtendrán misericordia. De este modo entendemos que la caridad cubre los baches de nuestros pecados.

    Los herederos del Reino, parecen ignorar haber atendido al Señor en estas necesidades, y preguntan ¿Cuándo te vimos así?, y la respuesta no se hace esperar: cada vez que lo hicieron con uno de sus hermanos más pequeños. De esta manera Jesús, enseña que se solidariza con todo ser humano que está pasando por alguna necesidad, a tal punto que lo que se le haga a cada una de estas personas lo siente Él en su propia carne.

    Como un espejo, pero en sentido inverso, el relato continúa con los excluidos del Reino, que ante las mismas situaciones no fueron capaces de tener actitudes de misericordia.

    Al mencionar a los premiados y a los condenados, Jesús nos está enseñando que no da lo mismo “hacer” que “no hacer”, de modo que cómo vivimos esta vida tiene repercusiones en la vida eterna, tal como lo decimos en la oración del Señor, el Padrenuestro, cuando le pedimos que nos perdone, así como nosotros perdonamos, o como en las dos parábolas proclamadas en los dos domingos precedentes, dónde la prudencia y la capacidad de multiplicar los talentos hicieron a sus poseedores dignos de la fiesta.

    Por supuesto que no debemos recortar el Evangelio y quedarnos sólo con lo que Jesús nos enseña en estos quince versículos, si estuvimos atentos a las lecturas a lo largo de todo el ciclo litúrgico sabemos que la vida cristiana se traduce en actitudes de misericordia y mucho más. Pero si la memora no nos ayuda, hace cuatro domingos el Señor nos hizo un resumen perfecto de toda la Ley y los Profetas, y nos dijo que dos mandamientos son los más importantes: el amor a Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. Y el amor al prójimo como a nosotros mismos.

    San Juan de la Cruz comprendió estas enseñanzas al decir: “en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor”.

    Jesús no distingue si los menesterosos pertenecen a un pueblo determinado o no, si son de sus seguidores o no, tampoco dice nada sobre su condición moral, Él que siendo de condición divina se hizo el más pobre entre los pobres, reviste con su dignidad a todo ser humano que está viviendo una situación de necesidad y nos invita a cada uno de nosotros a reconocerlo encarnado en todo ser humano necesitado. Éste es el motivo por el cual los cristianos cuando socorremos a una persona necesitada no lo hacemos por simple filantropía, sino porque en ese ser humano, imagen y semejanza de Dios, atendemos al mismo Señor que viene a nuestro encuentro, a veces tan maltrecho “que ni aspecto humano tiene”.

    Que Cristo reine en nuestros corazones y purifique nuestra mirada para saberlo reconocer entre los que de una forma u otra entran en contacto con nosotros.

     Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL                              Sal 22, 1-3. 5-6 

    1. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    Él me hace descansar en verdes praderas.

    Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas;

    me guía por el recto sendero, por amor de su nombre. R.

     

    Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos;

    unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. R.

     

    Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida;

    y habitaré en la casa del Señor, por muy largo tiempo. R