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Entrega de las llaves a San Pedro, de Pietro Perugino Entrega de las llaves a San Pedro, de Pietro Perugino

Comentario al Evangelio - XXI Domingo durante el año - 27 de agosto de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 16, 13-20

    Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

    Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

    «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

    Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

    Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

    Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Qué razón tiene el tango cuando dice: la gente siempre habla. Lo que ocurre hoy, ocurría también en la época de Jesús; la gente hablaba de Él. Este diálogo nos presenta tres visiones de Jesús: la de la gente en general, la de los discípulos, que se expresan en Pedro, y la del mismo Jesús.

La opinión de la gente sobre quien era Jesús, cuando dicen: “Juan Bautista…Elías…Jeremías o alguno de los profetas”, no estaba fuera de lugar. Muchos en Israel estaban esperando el retorno de algunos de los profetas que prepararía la venida inmediata del Mesías.  La vuelta de los profetas indicaba la proximidad de la era mesiánica.

Pedro da una respuesta diferente. «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Jesús le dice que esto no se lo reveló ni la carne ni la sangre. “La carne” y “la sangre” designaban al hombre completo en la debilidad de su condición terrena. Esto, Simón, hijo de Jonás, un ser humano como todo ser humano, no lo sacaste de tu débil condición de hombre. Esto te lo reveló mi Padre.

Jesús confirma esta respuesta de Pedro y agrega su señorío sobre la humanidad. Luego que Simón, inspirado por Dios, revela la auténtica identidad de Jesús, Jesús le revela su misión. Simón recibe el nombre de “Pedro” (“Cefas”), que significa “roca”. No era un nombre común en aquel tiempo; quizá hasta provocó risas en los demás discípulos. Este cambio de nombre, simboliza la misión que Jesús le confía. Dios elige a Pedro, hombre con virtudes y también con debilidades, muchas veces arrebatado y descontrolado, tres veces negó a Jesús; sin embargo, lo elige para que sea la piedra fundante de la Iglesia.

El encuentro personal con el Señor, en donde lo reconocemos como el verdadero hijo de Dios, el Mesías y el Señor de nuestras vidas, siempre nos lleva a madurar tres dimensiones de nuestras vidas:

 

  • Nuestra propia identidad.

Dios es el autor de nuestra vida. Existimos por su voluntad amorosa. En la gratuidad y plenitud de su amor, nos dio vida, a través de nuestros padres. Él es el origen de nuestra existencia. Nuestro ser es un ser “vocacionado”. Somos llamados por Dios a la vida y a ser en ella una presencia única e irrepetible; todos nosotros somos seres únicos e irrepetibles. Dios regala a la humanidad, a través nuestro, un don original. Somos llamados a poner nuestros carismas al servicio de los demás y a hacer de nuestras vidas, vidas ministeriales, al servicio de la comunidad y del Reino. El Señor nos llama a una vocación específica: el matrimonio, el celibato en la vida consagrada, el ministerio sacerdotal o diaconal, el laicado, la soltería y la viudez asumida y hecha don para la humanidad. Somos llamados a servicios específicos y a asumir ministerios diversos en la vida de la Iglesia. Y aquí se nos revela la segunda dimensión.

  • Nuestro ser Iglesia

“Iglesia” proviene de una palabra griega que significa “asamblea”. La palabra hebrea equivalente designaba, en el Antiguo Testamento, la comunidad del pueblo judío. Jesús va a usar muchas imágenes para significar la Iglesia: su viña, su rebaño, su esposa… La Iglesia es como un edificio en donde todas sus partes están bien ensambladas y Pedro es la roca que la sostiene. El edificio es un signo visible de lo que en realidad es la Iglesia: el nuevo pueblo de Dios, fundado en Cristo, nueva y eterna alianza. La Iglesia no es una mera realidad sociológica. Está fundada en Cristo. Él es la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia. Esta Iglesia encuentra su comunión, su unidad, en el sucesor de Pedro, vicario de Cristo. Pedro puede ejercer su misión porque la piedra verdadera es Cristo; del Señor, Pedro recibe la gracia necesaria para cumplir su misión en la Iglesia. “Atar” y “desatar”, en el lenguaje de los rabinos, significaba declarar con autoridad lo que estaba prohibido o permitido. Esto implicaba el poder de excluir y reincorporar en la comunidad religiosa. Jesús le confía a Pedro la misión de definir aquello que constituye el contenido de nuestra fe y la misión de pastorear la Iglesia en su universalidad. Él nos indica a los cristianos que es lo conveniente o lo perjudicial, lo correcto o incorrecto. Su autoridad se funda en Jesús.

  • En la Esperanza.

“…el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”. Literalmente, “las puertas del Infierno” o “del Abismo”. El “Abismo” era la morada de los muertos, y aquí se refiere a las fuerzas del mal que se oponen a la acción de Dios en el mundo y llevan a los hombres a la muerte eterna. El poder de Jesucristo, manifestado en su Iglesia es superior a cualquier otro poder. La Iglesia llegará a su plenitud de vida y comunión con la venida definitiva de Cristo. Nuestra esperanza se funda en la promesa del Señor. El mal será definitivamente vencido y viviremos eternamente en la plenitud del bien.

Si hoy el Señor nos preguntara quién soy yo para vos, ¿qué le responderíamos? No una respuesta dada desde nuestro conocimiento intelectual sino desde lo concreto de nuestra vida. ¿Qué lugar ocupa Jesús en lo cotidianos de nuestra existencia? Si cada día le decimos al Señor: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», Él cada día nos revelará  nuestra identidad, nos confirmará en nuestro ser Iglesia y nos animará en la Esperanza

Nos preguntamos: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Quién soy yo para Él?

Un bendecido domingo para todos,      

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

SALMO RESPONSORIAL

Sal 137, 1-3. 6. 8bc (R.: 8bc)
 
R. Tu amor es eterno, Señor,
 
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo
y daré gracias a tu Nombre. R.
 
Daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad,
porque tu promesa ha superado tu renombre.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma. R.
 
El Señor está en las alturas,
pero se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos! R.

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  • Comentario al Evangelio - 22 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 22, 15-21

         Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

        Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

        Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

        Le respondieron: «Del César».

        Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Es interesante observar que la pregunta es: ¿Está permitido pagar el impuesto…? ¿A qué se debe esa interrogación? En la época de Jesús, el reino de Judá estaba sometido al imperio romano. Un gobernador ejercía la autoridad en nombre del emperador que, en esa época, era Tiberio César. El emperador usaba títulos divinos y exigía actos de culto a su persona. Las monedas llevaban la figura del emperador en ese momento, Tiberio César Augusto, y una inscripción que decía hijo del divino Augusto; en el reverso llevaba la figura de una mujer portando los atributos de la diosa de la paz. Esto, a los judíos religiosos, les traía grandes conflictos; cómo le iban a rendir culto a un hombre que se ponía en lugar de Dios. Por otro lado, el imperio les exigía el pago de grandes sumas de dinero en calidad de impuesto, llevando al pueblo de Judá a una condición de gran pobreza. Esta situación los condujo, después de la muerte y resurrección del Señor, a una triste y violenta guerra. Todo esto nos aclara respecto el sentido de la pregunta.

    Justamente van los fariseos junto a los herodianos para ponerlo a prueba; dos grupos que podemos considerar antagónicos en varios aspectos. Los fariseos eran hombres religiosos que intentaba cumplir y hacer cumplir la ley en toda su extensión, defensores de la independencia del pueblo de Israel, promovían la pureza del culto que sólo se puede rendir a Dios. Los herodianos, en cambio, era un grupo político que luchaban para que toda palestina estuviera bajo el gobierno de Herodes, un judío representante del Imperio y, por lo tanto, vasallo del mismo; no les interesaba mucho el tema religioso y eran considerados “entreguistas” al imperio dominante.

    Ambos grupos, enfrentados entre sí, se juntan para tenderle una trampa a Jesús ¿En qué consiste la trampa? Si él responde que no paguen los impuestos, podía ser acusado, por los herodianos, de sublevarse a la autoridad del emperador, como sucedió cuando los sumos sacerdotes lo llevaron preso ante Pilatos. Si decía que pagaran los impuestos, podía ser acusado, por los fariseos, de traidor al pueblo y adorador del César.

    Jesús, conociendo su malicia, los desenmascara. No les responde inmediatamente sino que les pide una moneda y les hace una pregunta a la que todos conocían su respuesta. ¿De quién es esa figura y esa inscripción? “Del César”, le respondieron. Entonces den al César lo que le corresponde al César y a Dios lo que le corresponde a Dios.

    ¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

    Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también, respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

    Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

    Cuando una autoridad civil se hace dueña de las vidas de las personas, cercena sus derechos fundamentales o quiere imponer su pensamiento como el pensamiento único, no aceptando críticas o cuestionamientos, se coloca en lugar de Dios.

    Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios. Cuando Dios no ocupa el lugar que tiene que ocupar en nuestras vidas comenzamos a idolatrar personas, objetos materiales, ideas, costumbres. Y esto nos lleva a un profundo vacío interior. Cuando Dios es el sentido último de nuestras vidas, todo lo que hacemos y tenemos lo ponemos a su servicio y al servicio de su Reino.

    Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

    Hay otro aspecto, en este Evangelio, que nos ayuda a mirar nuestras actitudes. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús para sorprenderlo en alguna contradicción. ¿Con qué actitud nos acercamos nosotros a los demás? Muchas veces podemos vernos tentados a buscar en primer lugar el defecto en el otro, lo que está mal, sus errores o contradicciones. Jesús nos invita a aproximarnos al otro con una actitud de ayuda y animación, como Él los hizo, buscando ayudar a nuestros hermanos a crecer en todo lo bueno que Dios puso en ellos, animándolos en el camino de la fe.

    Que en la meditación de este Evangelio, el Señor convierta nuestro corazón, haciéndonos crecer en el amor verdadero que siempre es compromiso con el bien del otro. Cuando ayudamos a otro a crecer en el bien, crecemos nosotros.

    Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina 

    SALMO RESPONSORIAL

    (Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac (R.: 7b)
     
    R. Aclamen la gloria y el poder del Señor.

    Canten al Señor un canto nuevo,
    cante al Señor toda la tierra;
    anuncien su gloria entre las naciones,
    y sus maravillas entre los pueblos. R.
     
    Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
    más temible que todos los dioses.
    Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
    pero el Señor hizo el cielo. R.
     
    Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
    aclamen la gloria y el poder del Señor;
    aclamen la gloria del nombre del Señor.
    Entren en sus atrios trayendo una ofrenda. R.
     
    Adoren al Señor al manifestarse su santidad:
    ¡que toda la tierra tiemble ante Él!
    Digan entre las naciones: «¡el Señor reina!
    El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - Domingo 8 de octubre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        21, 33-46

        Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

        «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

        Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

        Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

        Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

        Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

        Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras:

            "La piedra que los constructores rechazaron

            ha llegado a ser la piedra angular:

            esta es la obra del Señor,

            admirable a nuestros ojos?"

        Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

        Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Continuamos meditando parábolas de Jesús que hacen referencia a la viña. Hace dos domingos proclamamos la referida al salario de los trabajadores; el domingo pasado, a la actitud asumida por dos hijos ante el pedido de su padre para que fueran a trabajar a su viña. Hoy, se nos invita a meditar respecto a la propiedad de los frutos.

    En las tierras habitadas por el pueblo de Israel, cuidar una viña implicaba mucho esfuerzo. Se trataba de un terreno muy pedregoso; esto implicaba sacar las piedras, plantar con dificultad, cavar para conseguir agua, cercarla y vigilarla ante el peligro de los animales salvajes.

    En el Antiguo Testamento, la imagen de la viña representa al pueblo elegido por Dios. El pueblo de Israel es la viña amada de Dios, quien le dedica todo su cuidado. En la primera lectura de la misa de este domingo (Is 5, 1-7) se proclama el amor del viñador por su viña, su preocupación por cuidarla y como, a pesar de tantos cuidados, la viña termina dando frutos agrios.

    Jesús retoma esta imagen pero no se refiere a la calidad de los frutos sino a la actitud de los arrendadores que roban esos frutos e intentan hacerse dueños de la viña. El tema de los frutos es muy fuerte en el Evangelio según san Mateo. Es clara la imagen del hijo, como el heredero, aludiendo a Él mismo. Este hijo es arrojado fuera de la viña; Jesús muere fuera de la ciudad de Jerusalén. Según el derecho existente, se podría interpretar que, al no haber herederos y morir el dueño, la viña pasa  a ser propiedad de los arrendatarios. Los sumos sacerdotes y fariseos, comprenden que esta parábola se refiere a ellos y buscan la manera de detenerlo.

    Encontramos, en esta parábola, algunos aspectos que no sólo los podemos leer respecto al pueblo de Israel sino, también, en relación a la Iglesia y a cada uno de nosotros.

    En primer lugar, el tema de la propiedad. Como Iglesia, como pueblo de Dios, somos su propiedad. Esto implica, por un lado, una actitud de verdadero servicio de parte nuestra. No somos dueños de la historia, de las personas, de la vida, de la Iglesia, de las comunidades a las cuales pertenecemos. Somos simples servidores. El servidor es fiel a su Señor y todo lo hace conforme a su voluntad. Esta actitud de servicio, además de hacernos atentos a la voluntad de Dios, nos da una profunda libertad y paz, fruto de la confianza en Aquel que dirige los tiempos y la historia. Cuando nos hacemos dueños no sólo caemos en actitudes de dominio sino, también, al ocupar un lugar que no nos corresponde, nos vemos superados por la realidad. Cuando nos ponemos en lugar de Dios queremos controlarlo todo, dominar todo, y de esa manera perdemos el gozo interior y la paz. Saber que el Señor nos ama con amor infinito, que nos cuida con ternura y que obra en cada uno de nosotros, nos invita a poner todo en sus manos y, sin eludir nuestra responsabilidad, confiar en su actuar en la historia. Sabernos servidores nos lleva confiar en su luz y fortaleza; esto siempre nos descansa y nos vuelve a la paz. Poder decirle al Señor: esta persona, que está atravesando una dificultad, te pertenece, es tuya, ponerla en sus manos. Dejar en manos de Dios aquellas situaciones difíciles de resolver,  poniendo, a la vez, lo mejor de nuestra parte para resolverla. La actitud del servidor es la de aquel que se deja conducir y que no se hace dueño.

    Encontramos también, en esta parábola, una invitación a dar frutos y a saber que estos les pertenecen a Dios. Con facilidad confundimos el dar fruto con el tener éxito. Y no es lo mismo. Dar fruto es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por lo aparente y reconocido. El fruto, muchas veces pasa por el fracaso. El grano de trigo tiene que morir para dar frutos. Dar frutos es ser fecundos en dar vida. Los frutos evangélicos son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad. Somos invitados a entregarle en cada eucaristía estos frutos al Señor porque Él hace posible nuestra fecundidad, a Él le pertenece todo porque todo lo  hemos recibido de Él. Él es la piedra angular desde la cual se construye todo. Sólo da frutos verdaderos aquel que reconoce en lo vital de cada día que sin el actuar amoroso de Dios en nuestra vidas, nuestros frutos serían muy pobres y escasos.

    Que podamos cuidar la viña que Él nos confió, cuidar  la vida de cada uno de nuestros hermanos, como Él cuida la nuestra, poniendo nuestra confianza en Él y entregándole todo lo que de Él hemos recibido.

    Nos preguntamos: ¿Nos experimentamos servidores o algunas veces nos asalta el espíritu de dominio? ¿Es Cristo la piedra angular de nuestra vida, a partir de la cual construimos el bien?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 9. 12-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

    1. La viña del Señor es su pueblo.

    Tú sacaste de Egipto una vid,
    expulsaste a los paganos y la plantaste;
    extendió sus sarmientos hasta el mar
    y sus retoños hasta el Río. R.
     
    ¿Por qué has derribado sus cercos
    para que puedan saquearla todos los que pasan?
    Los jabalíes del bosque la devastan
    y se la comen los animales del campo. R.
     
    Vuélvete, Señor de los ejércitos,
    observa desde el cielo y mira:
    ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
    el retoño que Tú hiciste vigoroso. R.
     
    Nunca nos apartaremos de ti:
    devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
    ¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
    que brille tu rostro y seremos salvados! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - XXVI domingo durante el año - 1 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 21, 28-32

         Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

        «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña". El respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.

        ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

        «El primero», le respondieron.

        Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

     Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     Jesús utiliza, con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, un método conocido en la época entre los estudiosos de la ley: presentar una o más situaciones y ver cómo habría que resolverlas. En ese diálogo con ellos, Jesús pronuncia una de sus frases más fuertes. Para los ancianos y los sumos sacerdotes escuchar que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ellos al Reino de Dios, era durísimo; se trataba de los más impuros, despreciados y pecadores del pueblo. A nosotros también nos puede desconcertar. Pero, observemos bien el texto. Jesús no los alaba por su pecado sino por su apertura a la conversión.

    Con mucha facilidad, todos nosotros, laicos, consagrados, sacerdotes, podemos caer en la práctica de un cristianismo formal. En algún momento le hemos dicho que sí al Señor en nuestras vidas o fuimos viviendo el ser cristiano como una cuestión heredada de nuestra familia, como parte de nuestra cultura, de nuestras costumbres. Un cristianismo en donde cumplimos con lo legal, lo establecido, lo ritual. Pero quizá no nos preguntamos en los diferentes momentos de nuestra vida qué es lo que el Señor quiere de nosotros.

    Esta parábola hace referencia a dos dimensiones fundamentales de nuestra vida como cristianos: la conversión y la fidelidad a la voluntad del Padre. No basta ser buenos o cumplir con los mandamientos y preceptos. El cristiano, seguidor de Jesús, es aquel que escuchando la voluntad del Padre, la realiza en lo concreto de cada día. El cristiano es aquel que se abre a la conversión que Dios nos ofrece. Son las dos actitudes señaladas por Jesús en esta parábola: una actitud de conversión y una vida fundada en la voluntad de Dios.

    En los evangelios encontramos muchos ejemplos de conversión: Zaqueo, el publicano, la mujer pecadora, el llamado buen ladrón.

    En todos los casos, el primer paso es el encuentro con Jesús. No es posible vivir nuestra fe cristiana si no partimos de ese encuentro personal con aquel que hace presente en nuestras vidas el amor y la obra salvadora del Padre. Necesitamos momentos fuertes de encuentro con Jesús, con su persona, con la Palabra. Momentos de escucha y contemplación. La fe nace de la predicación, del encuentro con la Palabra.

    Encontrarlo, también, al Señor en lo cotidiano de la vida, en todo aquello que Él nos regala día a día; reconocer su amor, manifestado en tantos dones que de Él hemos recibido. Contemplar su obra en nuestra historia. Contemplar todo lo que el Señor nos regala para que podamos hacer el bien a los demás. Verlo presente en los momentos de tentación, fortaleciendo nuestra fe En las alegrías y tristezas cotidiana, Él está a nuestro lado y en cada acontecimiento nos está hablando.

    A la luz de esa bondad infinita, somos invitados a preguntarnos hasta qué punto estamos siendo fieles a sus dones. Preguntarle al Señor qué espera de nosotros en este momento de nuestra vida. Discernir no es sólo optar por lo bueno sino preguntarnos cuál es el bien que el Señor quiere que realicemos en este momento concreto, cuál es su llamada. El discernimiento nos lleva siempre a la conversión. Seguir el camino que el Padre quiere para nosotros implica dejar algo y asumir algo, abrirnos al actuar de Dios que transforma nuestras actitudes, nos da una nueva mirada de la realidad, una mirada de Fe. El actuar de Dios sana nuestras vidas y del mal saca el bien. Convertirse es dejar que el Señor nos regale un corazón y un mirar más parecido al de Él.

    El discernimiento y la conversión necesitan una actitud sincera ante Dios y una confianza en su actuar en nuestra vida. Como dice San Agustín, Dios siempre nos concede aquello que nos pide. Es importante, también, dejarnos acompañar en los momentos de discernimiento por aquellas persona que, desde su experiencia de fe, pueden ayudarnos a encontrarnos con la voluntad del Padre.

    Quizá muchas veces hemos puesto resistencias al querer de Dios. Lo importante es que en algún momento de nuestro proceso de fe nos reencontremos con su voluntad y nos dispongamos a vivirla con alegría, sabiendo que Dios nos ama más de lo que nosotros nos amamos y que sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestra vida en el momento presente.

     

    Nos preguntamos: ¿Nos dejamos momentos de encuentro con el Señor para discernir su voluntad? ¿Nos abrimos a la alegría de la conversión?

     Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 24, 4-9 (R.: 6a)
      

    Acuérdate, Señor, de tu compasión.

    Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
    Guíame por el camino de tu fidelidad;
    enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi salvador,
    y yo espero en ti todo el día. R.
     
    Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
    porque son eternos.
    No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:
    por tu bondad, Señor, acuérdate de mí según tu fidelidad. R.
     
    El Señor es bondadoso y recto:
    por eso muestra el camino a los extraviados;
    Él guía a los humildes para que obren rectamente 
    y enseña su camino a los pobres. R