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Orden de Jesús a Pedro. Peter Paul Rubens Orden de Jesús a Pedro. Peter Paul Rubens

Comentario al Evangelio - XXII Domingo durante el año - 3 de septiembre de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo         16, 21-27

    Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

    Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

    Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

    Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

    ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

    Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Palabra del Señor.

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Jesús comienza el anuncio explícito de su camino mesiánico. Su compromiso de vida, fundado en el amor al Padre y a la humanidad, lo lleva a asumir la cruz, entregar la vida por amor y resucitar.

Jesús no ama la cruz ni la muerte, ama a su Padre, ama a la humanidad, nos ama a cada uno de nosotros. Su amor es eterno y absoluto, gratuito y misericordioso. Desde ese amor se compromete con el bien y denuncia el mal, abre las puertas a los marginados y excluidos y denuncia la injusticia y la violencia del poder. Por eso lo matan. Él acepta libremente la pasión y la cruz como el gran signo de su compromiso con el bien de la humanidad.

Pedro no podía entender este mesianismo. Quizá esperaba, como tantos otros judíos, un mesías “triunfador” que resistiera con poder a los enemigos del pueblo e instaurase el reino perdido; alguien que asumiera el dominio político y restaurará la independencia perdida. El fracaso no tenía lugar en su visión mesiánica.

Si leemos este texto, a continuación del que proclamamos el domingo pasado, vamos a ver como en un momento Jesús le dice a Pedro, cuando este lo confiesa como Mesías e Hijo de Dios: esto no te lo inspiró la carne ni la sangre, sino mi Padre; esto es inspiración divina. En el Evangelio de hoy, Jesús lo llama Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios. Hay inspiraciones que vienen del espíritu del bien y hay inspiraciones que vienen del espíritu del mal, aunque aparentemente busquen el bien. Pedro quería el bien de Jesús, no quería ni oír hablar de que iba a tener que sufrir y pasar por la muerte. Discernir es ver qué inspiraciones vienen de Dios y cuáles del espíritu del mal. Discernir es ver entre dos  bienes, imposibles de ser vividos juntos en el mismo momento, cuál de ellos Dios quiere para nosotros.

En la segunda lectura de la misa de hoy leemos: No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Rm 12,2

Ser discípulos de Jesús, implica ir detrás de él, asumir su mismo camino de amor: dar la vida cotidianamente. No se trata de buscar el dolor o la muerte sino de asumir las consecuencias de un amor que es compromiso con el bien del otro. Este camino es de salvación porque nos lleva a vivir el sentido más profundo de toda vida humana, creada a imagen  y semejanza de aquel que es la plenitud del amor. El camino de un amor creciente nos lleva al encuentro de aquel que nos dará mucho más de lo que hemos dado.

No tomen como modelo a este mundo. Un mundo que muchas veces nos habla de pensar sólo en nosotros, de usar a los demás en un supuesto beneficio propio; un mundo marcado por la indiferencia ante el dolor del otro. Una cultura muy signada por la autorreferencialidad, por la búsqueda del placer en la satisfacción genital sin referencia a una sexualidad encuadrada en la vocación al amor, por la adición al consumo, por el triunfalismo egocéntrico. Un mundo en donde la economía está divorciada del bien común, la política de los ideales y lo laboral de la participación en la creación. Un mundo en donde crece la marginación y la exclusión y en donde vamos levantando muros cada vez más difíciles de atravesar. Un mundo que nos habla de buscar nuestro bienestar sin abrirnos a la dimensión comunitaria de nuestra existencia. Ciertamente en nuestra cultura actual también hay valores que nos hablan de generosidad, compromiso social, lucha por la verdad y la justicia. Discernir es no dejarse manejar por la cultura dominante que se nos imponen desde mensajes cargados de mentiras y error. Discernir es no dejar que la información interesada y parcial maneje nuestra vida. Discernir es saber optar por lo verdadero, lo bueno y lo bello; es no dejar que el discurso dominante maneje nuestra manera de pensar y hasta nuestros sentimientos más profundos. Es no dejarse llevar por lo que la moda nos impone o los discursos vacíos de contenidos consiguen de nosotros al manipular nuestras emociones. Discernir es ver la realidad con ojos de fe y no la realidad que los medios muchas veces nos presentan.

Este discernimiento que nos lleva siempre a una renovada opción por el amor, implica cargar la cruz. No se trata de buscar el dolor, sino de:

  • Asumir la muerte del egoísmo como camino de maduración en el amor. Encauzar nuestro poder en dimensión de entrega generosa y no de dominio. Poner nuestra existencia en clave de servicio gratuito y libre de la aspiración de todo reconocimiento. Amar desde el silencio, dejando que sólo Jesús conozca nuestra entrega.
  • Asumir la cruz que la vida nos presenta no desde la mera aceptación pasiva sino desde el sentido redentor que el dolor adquiere cuando nos lleva a buscar los verdaderos bienes y a ser solidarios con el dolor de la humanidad. La cruz se carga de sentido cuando nos une a la cruz de Cristo y se hace camino de redención para toda la humanidad.
  • Aceptar el fracaso como lugar de aprendizaje y maduración en la libertad. Los fracasos parciales muchas veces nos llevan purificar nuestro corazón de toda vanidad y soberbia; nos mueven a reencontrarnos con aquellos deseos y sueños más profundos que Dios colocó en nuestro interior, a no dejarnos deslumbrar por triunfos parciales que nos impiden caminar con prisa hacia el triunfo final de la resurrección y la vida para siempre.

Ser discípulos, ir detrás del Señor, implica seguir su camino de amor, discerniendo cada día cuál es su voluntad para nosotros.

Nos preguntamos: ¿Es el amor aquello que da sentido a mi vida? ¿Soy persona de discernimiento, creciendo en libertad ante lo que la cultura dominante me impone? ¿Asumo el dolor en clave redentora?

Un bendecido domingo para todos,      

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL Sal 62, 2-6. 8-9 (R.: 2b)


  1. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

    Señor, tú eres mi Dios,
    yo te busco ardientemente;
    mi alma tiene sed de ti,
    por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.
     
    Sí, yo te contemplé en el Santuario
    para ver tu poder y tu gloria.
    Porque tu amor vale más que la vida,
    mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.
 
Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Mi alma está unida a ti,
tu mano me sostiene. R

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  • Comentario al Evangelio - 22 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 22, 15-21

         Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

        Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

        Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

        Le respondieron: «Del César».

        Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Es interesante observar que la pregunta es: ¿Está permitido pagar el impuesto…? ¿A qué se debe esa interrogación? En la época de Jesús, el reino de Judá estaba sometido al imperio romano. Un gobernador ejercía la autoridad en nombre del emperador que, en esa época, era Tiberio César. El emperador usaba títulos divinos y exigía actos de culto a su persona. Las monedas llevaban la figura del emperador en ese momento, Tiberio César Augusto, y una inscripción que decía hijo del divino Augusto; en el reverso llevaba la figura de una mujer portando los atributos de la diosa de la paz. Esto, a los judíos religiosos, les traía grandes conflictos; cómo le iban a rendir culto a un hombre que se ponía en lugar de Dios. Por otro lado, el imperio les exigía el pago de grandes sumas de dinero en calidad de impuesto, llevando al pueblo de Judá a una condición de gran pobreza. Esta situación los condujo, después de la muerte y resurrección del Señor, a una triste y violenta guerra. Todo esto nos aclara respecto el sentido de la pregunta.

    Justamente van los fariseos junto a los herodianos para ponerlo a prueba; dos grupos que podemos considerar antagónicos en varios aspectos. Los fariseos eran hombres religiosos que intentaba cumplir y hacer cumplir la ley en toda su extensión, defensores de la independencia del pueblo de Israel, promovían la pureza del culto que sólo se puede rendir a Dios. Los herodianos, en cambio, era un grupo político que luchaban para que toda palestina estuviera bajo el gobierno de Herodes, un judío representante del Imperio y, por lo tanto, vasallo del mismo; no les interesaba mucho el tema religioso y eran considerados “entreguistas” al imperio dominante.

    Ambos grupos, enfrentados entre sí, se juntan para tenderle una trampa a Jesús ¿En qué consiste la trampa? Si él responde que no paguen los impuestos, podía ser acusado, por los herodianos, de sublevarse a la autoridad del emperador, como sucedió cuando los sumos sacerdotes lo llevaron preso ante Pilatos. Si decía que pagaran los impuestos, podía ser acusado, por los fariseos, de traidor al pueblo y adorador del César.

    Jesús, conociendo su malicia, los desenmascara. No les responde inmediatamente sino que les pide una moneda y les hace una pregunta a la que todos conocían su respuesta. ¿De quién es esa figura y esa inscripción? “Del César”, le respondieron. Entonces den al César lo que le corresponde al César y a Dios lo que le corresponde a Dios.

    ¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

    Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también, respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

    Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

    Cuando una autoridad civil se hace dueña de las vidas de las personas, cercena sus derechos fundamentales o quiere imponer su pensamiento como el pensamiento único, no aceptando críticas o cuestionamientos, se coloca en lugar de Dios.

    Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios. Cuando Dios no ocupa el lugar que tiene que ocupar en nuestras vidas comenzamos a idolatrar personas, objetos materiales, ideas, costumbres. Y esto nos lleva a un profundo vacío interior. Cuando Dios es el sentido último de nuestras vidas, todo lo que hacemos y tenemos lo ponemos a su servicio y al servicio de su Reino.

    Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

    Hay otro aspecto, en este Evangelio, que nos ayuda a mirar nuestras actitudes. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús para sorprenderlo en alguna contradicción. ¿Con qué actitud nos acercamos nosotros a los demás? Muchas veces podemos vernos tentados a buscar en primer lugar el defecto en el otro, lo que está mal, sus errores o contradicciones. Jesús nos invita a aproximarnos al otro con una actitud de ayuda y animación, como Él los hizo, buscando ayudar a nuestros hermanos a crecer en todo lo bueno que Dios puso en ellos, animándolos en el camino de la fe.

    Que en la meditación de este Evangelio, el Señor convierta nuestro corazón, haciéndonos crecer en el amor verdadero que siempre es compromiso con el bien del otro. Cuando ayudamos a otro a crecer en el bien, crecemos nosotros.

    Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina 

    SALMO RESPONSORIAL

    (Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac (R.: 7b)
     
    R. Aclamen la gloria y el poder del Señor.

    Canten al Señor un canto nuevo,
    cante al Señor toda la tierra;
    anuncien su gloria entre las naciones,
    y sus maravillas entre los pueblos. R.
     
    Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
    más temible que todos los dioses.
    Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
    pero el Señor hizo el cielo. R.
     
    Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
    aclamen la gloria y el poder del Señor;
    aclamen la gloria del nombre del Señor.
    Entren en sus atrios trayendo una ofrenda. R.
     
    Adoren al Señor al manifestarse su santidad:
    ¡que toda la tierra tiemble ante Él!
    Digan entre las naciones: «¡el Señor reina!
    El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - Domingo 8 de octubre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo        21, 33-46

        Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

        «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

        Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

        Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

        Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

        Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

        Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras:

            "La piedra que los constructores rechazaron

            ha llegado a ser la piedra angular:

            esta es la obra del Señor,

            admirable a nuestros ojos?"

        Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

        Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Continuamos meditando parábolas de Jesús que hacen referencia a la viña. Hace dos domingos proclamamos la referida al salario de los trabajadores; el domingo pasado, a la actitud asumida por dos hijos ante el pedido de su padre para que fueran a trabajar a su viña. Hoy, se nos invita a meditar respecto a la propiedad de los frutos.

    En las tierras habitadas por el pueblo de Israel, cuidar una viña implicaba mucho esfuerzo. Se trataba de un terreno muy pedregoso; esto implicaba sacar las piedras, plantar con dificultad, cavar para conseguir agua, cercarla y vigilarla ante el peligro de los animales salvajes.

    En el Antiguo Testamento, la imagen de la viña representa al pueblo elegido por Dios. El pueblo de Israel es la viña amada de Dios, quien le dedica todo su cuidado. En la primera lectura de la misa de este domingo (Is 5, 1-7) se proclama el amor del viñador por su viña, su preocupación por cuidarla y como, a pesar de tantos cuidados, la viña termina dando frutos agrios.

    Jesús retoma esta imagen pero no se refiere a la calidad de los frutos sino a la actitud de los arrendadores que roban esos frutos e intentan hacerse dueños de la viña. El tema de los frutos es muy fuerte en el Evangelio según san Mateo. Es clara la imagen del hijo, como el heredero, aludiendo a Él mismo. Este hijo es arrojado fuera de la viña; Jesús muere fuera de la ciudad de Jerusalén. Según el derecho existente, se podría interpretar que, al no haber herederos y morir el dueño, la viña pasa  a ser propiedad de los arrendatarios. Los sumos sacerdotes y fariseos, comprenden que esta parábola se refiere a ellos y buscan la manera de detenerlo.

    Encontramos, en esta parábola, algunos aspectos que no sólo los podemos leer respecto al pueblo de Israel sino, también, en relación a la Iglesia y a cada uno de nosotros.

    En primer lugar, el tema de la propiedad. Como Iglesia, como pueblo de Dios, somos su propiedad. Esto implica, por un lado, una actitud de verdadero servicio de parte nuestra. No somos dueños de la historia, de las personas, de la vida, de la Iglesia, de las comunidades a las cuales pertenecemos. Somos simples servidores. El servidor es fiel a su Señor y todo lo hace conforme a su voluntad. Esta actitud de servicio, además de hacernos atentos a la voluntad de Dios, nos da una profunda libertad y paz, fruto de la confianza en Aquel que dirige los tiempos y la historia. Cuando nos hacemos dueños no sólo caemos en actitudes de dominio sino, también, al ocupar un lugar que no nos corresponde, nos vemos superados por la realidad. Cuando nos ponemos en lugar de Dios queremos controlarlo todo, dominar todo, y de esa manera perdemos el gozo interior y la paz. Saber que el Señor nos ama con amor infinito, que nos cuida con ternura y que obra en cada uno de nosotros, nos invita a poner todo en sus manos y, sin eludir nuestra responsabilidad, confiar en su actuar en la historia. Sabernos servidores nos lleva confiar en su luz y fortaleza; esto siempre nos descansa y nos vuelve a la paz. Poder decirle al Señor: esta persona, que está atravesando una dificultad, te pertenece, es tuya, ponerla en sus manos. Dejar en manos de Dios aquellas situaciones difíciles de resolver,  poniendo, a la vez, lo mejor de nuestra parte para resolverla. La actitud del servidor es la de aquel que se deja conducir y que no se hace dueño.

    Encontramos también, en esta parábola, una invitación a dar frutos y a saber que estos les pertenecen a Dios. Con facilidad confundimos el dar fruto con el tener éxito. Y no es lo mismo. Dar fruto es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por lo aparente y reconocido. El fruto, muchas veces pasa por el fracaso. El grano de trigo tiene que morir para dar frutos. Dar frutos es ser fecundos en dar vida. Los frutos evangélicos son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la continencia, la castidad. Somos invitados a entregarle en cada eucaristía estos frutos al Señor porque Él hace posible nuestra fecundidad, a Él le pertenece todo porque todo lo  hemos recibido de Él. Él es la piedra angular desde la cual se construye todo. Sólo da frutos verdaderos aquel que reconoce en lo vital de cada día que sin el actuar amoroso de Dios en nuestra vidas, nuestros frutos serían muy pobres y escasos.

    Que podamos cuidar la viña que Él nos confió, cuidar  la vida de cada uno de nuestros hermanos, como Él cuida la nuestra, poniendo nuestra confianza en Él y entregándole todo lo que de Él hemos recibido.

    Nos preguntamos: ¿Nos experimentamos servidores o algunas veces nos asalta el espíritu de dominio? ¿Es Cristo la piedra angular de nuestra vida, a partir de la cual construimos el bien?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 9. 12-16. 19-20 (R.: Is 5, 7a)

    1. La viña del Señor es su pueblo.

    Tú sacaste de Egipto una vid,
    expulsaste a los paganos y la plantaste;
    extendió sus sarmientos hasta el mar
    y sus retoños hasta el Río. R.
     
    ¿Por qué has derribado sus cercos
    para que puedan saquearla todos los que pasan?
    Los jabalíes del bosque la devastan
    y se la comen los animales del campo. R.
     
    Vuélvete, Señor de los ejércitos,
    observa desde el cielo y mira:
    ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
    el retoño que Tú hiciste vigoroso. R.
     
    Nunca nos apartaremos de ti:
    devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
    ¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
    que brille tu rostro y seremos salvados! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - XXVI domingo durante el año - 1 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 21, 28-32

         Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

        «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña". El respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.

        ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

        «El primero», le respondieron.

        Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

     Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     Jesús utiliza, con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, un método conocido en la época entre los estudiosos de la ley: presentar una o más situaciones y ver cómo habría que resolverlas. En ese diálogo con ellos, Jesús pronuncia una de sus frases más fuertes. Para los ancianos y los sumos sacerdotes escuchar que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ellos al Reino de Dios, era durísimo; se trataba de los más impuros, despreciados y pecadores del pueblo. A nosotros también nos puede desconcertar. Pero, observemos bien el texto. Jesús no los alaba por su pecado sino por su apertura a la conversión.

    Con mucha facilidad, todos nosotros, laicos, consagrados, sacerdotes, podemos caer en la práctica de un cristianismo formal. En algún momento le hemos dicho que sí al Señor en nuestras vidas o fuimos viviendo el ser cristiano como una cuestión heredada de nuestra familia, como parte de nuestra cultura, de nuestras costumbres. Un cristianismo en donde cumplimos con lo legal, lo establecido, lo ritual. Pero quizá no nos preguntamos en los diferentes momentos de nuestra vida qué es lo que el Señor quiere de nosotros.

    Esta parábola hace referencia a dos dimensiones fundamentales de nuestra vida como cristianos: la conversión y la fidelidad a la voluntad del Padre. No basta ser buenos o cumplir con los mandamientos y preceptos. El cristiano, seguidor de Jesús, es aquel que escuchando la voluntad del Padre, la realiza en lo concreto de cada día. El cristiano es aquel que se abre a la conversión que Dios nos ofrece. Son las dos actitudes señaladas por Jesús en esta parábola: una actitud de conversión y una vida fundada en la voluntad de Dios.

    En los evangelios encontramos muchos ejemplos de conversión: Zaqueo, el publicano, la mujer pecadora, el llamado buen ladrón.

    En todos los casos, el primer paso es el encuentro con Jesús. No es posible vivir nuestra fe cristiana si no partimos de ese encuentro personal con aquel que hace presente en nuestras vidas el amor y la obra salvadora del Padre. Necesitamos momentos fuertes de encuentro con Jesús, con su persona, con la Palabra. Momentos de escucha y contemplación. La fe nace de la predicación, del encuentro con la Palabra.

    Encontrarlo, también, al Señor en lo cotidiano de la vida, en todo aquello que Él nos regala día a día; reconocer su amor, manifestado en tantos dones que de Él hemos recibido. Contemplar su obra en nuestra historia. Contemplar todo lo que el Señor nos regala para que podamos hacer el bien a los demás. Verlo presente en los momentos de tentación, fortaleciendo nuestra fe En las alegrías y tristezas cotidiana, Él está a nuestro lado y en cada acontecimiento nos está hablando.

    A la luz de esa bondad infinita, somos invitados a preguntarnos hasta qué punto estamos siendo fieles a sus dones. Preguntarle al Señor qué espera de nosotros en este momento de nuestra vida. Discernir no es sólo optar por lo bueno sino preguntarnos cuál es el bien que el Señor quiere que realicemos en este momento concreto, cuál es su llamada. El discernimiento nos lleva siempre a la conversión. Seguir el camino que el Padre quiere para nosotros implica dejar algo y asumir algo, abrirnos al actuar de Dios que transforma nuestras actitudes, nos da una nueva mirada de la realidad, una mirada de Fe. El actuar de Dios sana nuestras vidas y del mal saca el bien. Convertirse es dejar que el Señor nos regale un corazón y un mirar más parecido al de Él.

    El discernimiento y la conversión necesitan una actitud sincera ante Dios y una confianza en su actuar en nuestra vida. Como dice San Agustín, Dios siempre nos concede aquello que nos pide. Es importante, también, dejarnos acompañar en los momentos de discernimiento por aquellas persona que, desde su experiencia de fe, pueden ayudarnos a encontrarnos con la voluntad del Padre.

    Quizá muchas veces hemos puesto resistencias al querer de Dios. Lo importante es que en algún momento de nuestro proceso de fe nos reencontremos con su voluntad y nos dispongamos a vivirla con alegría, sabiendo que Dios nos ama más de lo que nosotros nos amamos y que sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestra vida en el momento presente.

     

    Nos preguntamos: ¿Nos dejamos momentos de encuentro con el Señor para discernir su voluntad? ¿Nos abrimos a la alegría de la conversión?

     Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 24, 4-9 (R.: 6a)
      

    Acuérdate, Señor, de tu compasión.

    Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
    Guíame por el camino de tu fidelidad;
    enséñame, porque Tú eres mi Dios y mi salvador,
    y yo espero en ti todo el día. R.
     
    Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
    porque son eternos.
    No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:
    por tu bondad, Señor, acuérdate de mí según tu fidelidad. R.
     
    El Señor es bondadoso y recto:
    por eso muestra el camino a los extraviados;
    Él guía a los humildes para que obren rectamente 
    y enseña su camino a los pobres. R