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COMENTARIO AL EVANGELIO - XXIII Domingo durante el año - 10 de septiembre

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 18, 15-20

     Jesús dijo a sus discípulos:

    Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

    Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

    También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

     Palabra del Señor.

 Queridas hermanas y queridos hermanos:

 ¿Cuando alguien nos ha negado su ayuda o nos ha hecho algún mal, cuál es nuestra actitud con esa persona? ¿Cómo reaccionamos ante la ofensa que recibimos? ¿Qué postura tomamos ante el pecado del otro?

Jesús nos invita, en primer lugar, a no ser indiferentes. En consonancia con la primera lectura de la misa de este domingo (Ez 33, 7-9), el Señor nos llama a comprometernos con el camino de salvación de nuestros hermanos. Este compromiso nos lleva a la práctica de la corrección fraterna. Hoy Jesús nos enseña cómo ha de ser esta corrección.

En primer lugar, le da un poder muy grande a la comunidad. Lo que en algún momento le dijo a Pedro, ahora se lo dice a todos los discípulos:… todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. Una comunidad cristiana es tal cuando reconoce la presencia de Cristo en medio de ella. …donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. Sólo en la medida en que nuestro corazón y nuestro pensamiento, se unen al sentir y a la mirada de Jesús, podemos actuar en su nombre, ser comunidad en Cristo. La primera condición para que una corrección sea realmente fraterna es que le pidamos al Señor tener, con nuestros hermanos, las mismas actitudes y los mismos sentimientos que Él tiene.

Esto implica estar movidos por el amor. En la segunda lectura de hoy leemos: Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley…    El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley. (Rm 13, 8-10). Antes de la corrección debemos preguntarnos si lo que buscamos es el bien del otro o simplemente descargar nuestra ira o nuestro orgullo herido. No se trata sólo de decir las cosas con caridad sino de estar animado por la caridad que siempre busca el bien de la persona. Recordemos que el Evangelio según san Mateo está destinado a los cristianos que provienen del judaísmo. En el pueblo de Israel el pecador era duramente tratado. Jesús, en su esfuerzo por explicar en qué consiste el Reino de Dios, nos habla de la misericordia y el perdón. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano, dice Jesús. Se trata precisamente de ganar el hermano y no de destruirlo. La corrección fraterna implica purificar nuestros sentimientos de toda sed de venganza, ira, envidia, celos, dominio sobre el otro, autorreferencialidad.

Dentro de esta perspectiva es que el Señor nos invita en primer lugar a corregir en privado; luego, en privado pero con uno o dos testigos; recién, por último, hacerlo en comunidad.

Sólo podemos corregir auténticamente cuando nos reconocemos nosotros también pecadores y necesitados de perdón. La bondad y la maldad están en todos nosotros. Jesús pronuncia estas palabras después de decirles a sus discípulos que se tienen que hacer como niños, de indicarles el camino de la humildad. Recordemos lo que dice San Agustín: No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder…reconocer nuestras propias debilidades, abrazarnos al pecador, y llorar juntos la miseria de los dos.

En un momento en donde experimentamos tanta violencia en el ambiente social; en donde, muchas veces, nos polarizamos en posturas cerradas y agresivas, qué importante es que los cristianos podamos ser fermento en la sociedad de otra manera de relacionarnos. La luz y la paz llegan a nuestras vidas cuando nos comprometemos con el bien de los demás, superando la indiferencia y el individualismo. La verdad más profunda es la del amor. Buscar juntos la verdad, ayudarnos a asumir el camino del bien, apasionarnos por lo justo y lo honesto, ilumina nuestra existencia porque le da sentido a nuestras vidas. El bien de las personas es siempre más importante que el triunfo de una idea. El compromiso con ese bien, nos ubica en el camino de la salvación. Seguir a Jesús es abrirnos a ser comunidad, fundada en la Palabra. Sólo podemos ser comunidad cuando Jesucristo es el centro de nuestra vida, cuando dejamos que el Padre, por la acción del Espíritu Santo nos convierta cotidianamente a la caridad.

 Nos preguntamos: ¿Me comprometo con el camino de salvación de mis hermanos? ¿Busco el bien de los demás como mi propio bien?

 Un bendecido domingo para todos,      

Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

 

SALMO RESPONSORIAL Sal 94, 1-2. 6-9 (R.: 7d-8a)

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor.

 ¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta Él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.
 
¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque Él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. R.
 
Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras». R.

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