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COMENTARIO AL EVANGELIO - XXV domingo durante el año - 24 de septiembre de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO - XXV domingo durante el año - 24 de septiembre de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30--20, 16 

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?" Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Palabra del Señor. 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Decíamos, el domingo pasado, que la Palabra de Dios provoca una dulce violencia en nosotros. La violencia que implica cambiar nuestra manera de pensar y de ver. Dios tiene una lógica, muchas veces, diferente a la nuestra. Los pensamientos de ustedes no son los míos, dice el Señor en la primera lectura de la misa de este domingo (Is 55, 6-9). Esta violencia nos trae la dulzura de una vida nueva, renovada en el amor verdadero. Fuimos creados para amar como Dios ama y, por eso, cuando Dios convierte nuestro mirar y sentir, haciéndolo más semejante al suyo, nos regala el gozo de poder realizar el sentido más profundo de nuestra vida. Esta parábola nos motiva, por un lado, a contemplar el amor de Dios, manifestado en Jesús. Por otro lado, a conformar nuestra vida a su forma de amar.

El actuar de Dios no se reduce a la práctica de la justicia distributiva. Él obra movido por el amor gratuito y misericordioso. No nos da conforme a nuestros méritos sino a su gran bondad. El amor de Dios no está sujeto a nuestros merecimientos; es libre. Él nos da mucho más de lo que nos merecemos. La “recompensa”, como acción salvífica de Dios, es un acto libre de su amor. Ninguno de nosotros compra el amor de Dios, su bondad es gratuita y total. Por eso llamamos “gracia” (gratis) a su actuar en nuestras vidas. El propietario, en la parábola, no falta a la justicia: paga conforme a lo convenido. A la vez, extiende sus beneficios a favor de todos, independientemente del tiempo trabajado. Al destacar la gratuidad del llamado y la igualdad de la recompensa, Jesús muestra que el amor

misericordioso de Dios trasciende el concepto humano de justicia. Muchas veces, nuestro orgullo puede cerrarnos a todo aquello que Dios nos quiere dar y de lo cual no tenemos méritos. Dejarnos amar por Él nos ayuda a madurar en un amor fraterno de perdón y misericordia.

Es interesante observar que el mismo propietario sale a buscar a los trabajadores. Lo común era que lo hicieran los administradores o capataces. Dios mismo sale a nuestro encuentro en diferentes momentos y de forma insistente para invitarnos a trabajar en su viña. Dios quiere establecer con nosotros una relación personal.

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. Esta frase, da inicio al texto (último versículo del capítulo 19) y lo concluye (versículo 16 del capítulo 20). Para los fariseos, el cumplimiento de la ley era la medida de la perfección y quienes cumplían la ley ocupaban los primeros lugares. Los extranjeros, publicanos y pecadores se ubicaban en el último lugar. Incluso, existía una parábola, comentada en aquel tiempo, en donde los primeros eran especialmente retribuidos. Con esta parábola, el evangelista les recuerda a los discípulos de Jesús, provenientes del mundo judío, que el pueblo de Israel, a pesar de haber sido llamado en primer término, no debe sentirse celoso de la generosidad de Dios hacia los paganos. El amor de Dios es universal y, por eso, no tiene preferencias por motivo de nacionalidades, culturas, o perfecciones humanas. Dios no ama sólo a los buenos, ama a todos. La única preferencia de Dios, manifestada en la vida de Jesús, es por aquellos que más sufren. Es la preferencia propia de una madre o de un padre, ante el dolor de su hijo. La misericordia de Dios no excluye a nadie.

La lógica de Dios es la del amor gratuito y universal. Nuestra lógica está marcada, muchas veces, por una mentalidad mercantilista. La escala de valores del Reino de Dios es diferente a la del mundo. La justicia es un valor que debemos buscar y promover. Ella alcanza su cumplimiento cuando está animada por el amor. Y el amor, según Dios, es siempre donación gratuita y universal. El amor da sin exigir nada a cambio, el amor es entrega a todos, sin dejar a nadie afuera. Estamos llamados a amar sin dejarnos condicionar por el mérito o la respuesta de los otros. Condicionar nuestro amor a la acción de los demás es perder la libertad. Es libre el que ama sin esperar recompensa por aquello que entregó.

Desde una perspectiva mercantilista, muchas veces, no toleramos que Dios sea bueno con todos ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Algunas veces nos cuesta aceptar que Él se muestre bondadoso con aquel que no lo merece. El Señor nos invita a alegrarnos del bien que nuestros hermanos reciben aunque no lo merezcan. Es propio del amor alegrarse por el bien del otro.

Es la gracia de Dios la que nos permite superar las relaciones basadas sólo en una justicia distributiva y poder dar más de lo que la justicia nos exige. Jesús nos invita a superar nuestra relación mercantilista. La Palabra de Dios nos comunica, cada día, el sentir y el mirar de Dios. Y esto… ¡nos hace mucho bien!

Nos preguntamos: ¿Fundo mi fe en el amor gratuito de Dios o vivo con Él una relación mercantilista? ¿Dejo que mi justicia esté animada por un amor universal y gratuito? ¿Me alegro del bien de los demás?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

SALMO RESPONSORIAL Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)

R. El Señor está cerca de aquellos que lo invocan. Día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar. ¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza: su grandeza es insondable! R. El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad. R.

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  • Comentario al Evangelio - domingo 7 de enero de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 7-11

     Juan predicaba, diciendo:

    «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

    En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

     Palabra del Señor 

    Con la fiesta del Bautismo del Señor, llega a su fin el tiempo de Navidad. La liturgia toma tres acontecimientos como la manifestación (la epifanía) del Dios hecho hombre al mundo: la visita de los magos de oriente (Dios se manifiesta a todos los pueblos), el bautismo del Señor (el Padre lo presenta como su hijo amado y el Espíritu Santo desciende sobre Él) y las bodas de Caná (primer signo).

     Es interesante ubicar este acontecimiento dentro del contexto en el que se da. El pueblo de Israel experimentaba, en ese momento, el silencio de Dios. Tenía conciencia de su pecado; por eso, el signo del bautismo de agua como ritual penitencial y de purificación. No surgían profetas. Resonaba fuertemente en ellos la súplica de Isaías: ojalá se abriese el cielo y bajases (Is 63,19). Por todo esto es significativa la imagen de un cielo que se abre, de un Dios que desciende en la persona del Espíritu Santo y de un Padre que habla. Se rompió el silencio. Sólo que no le habla al pueblo sino a su propio Hijo. Jesús asume nuestra carne de pecado y la lleva a las aguas del Jordán implorando el perdón y la redención para nosotros.

     Tratemos de imaginarnos qué experiencia fuerte habrá sido para Jesús. El Padre se dirige a él llamándolo su hijo y diciendo que tiene puesta en Él, toda su predilección; a ninguna otra persona, Dios llamó de esta manera. El Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Es el Espíritu que dio vida a la creación, aleteando sobre las aguas (Gn 1,2). Ahora, con Cristo, se inicia una nueva creación. Es el aliento de Dios que da vida y hace de Jesús un servidor de la vida. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). De hecho, a partir del bautismo, Jesús inicia su misión profética de anuncio y comienza el camino hacia el momento culminante de la salvación. Tuvo que haber sido para Jesús una vivencia muy fuerte de su filialidad y de la acción del Espíritu Santo en Él.

     Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo, dijo Juan Bautista. De hecho, al abrirse el cielo, descender el Espíritu Santo y la proclamación del Padre, llamándolo su hijo, se inaugura el nuevo bautismo, anunciado por Juan. El bautismo que nosotros hemos recibido.

    Esta fiesta del bautismo del Señor es una oportunidad para contemplar y celebrar nuestro propio bautismo.

     Así como descendió el Espíritu Santo sobre Jesús, ese mismo Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros en nuestro bautismo por el signo del agua. A partir del bautismo, somos verdaderamente habitados por el Espíritu Santo y, por su acción, nos hemos unido a Jesús para siempre. El bautismo nos hizo uno en Cristo. De esta manera, al unirnos al Hijo, al hacernos uno en Él, nos convertimos en hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo. Así como el Padre dijo de Jesús en el Jordán: este es mi Hijo muy querido, lo dice de cada uno de nosotros.

     La palabra bautismo significa inmersión. Al ser sumergidos en el agua y salir de ella, actualizamos en nosotros la muerte y resurrección del Señor. Es la primera pascua de los creyentes porque con Cristo morimos al pecado y renacemos a una vida nueva, vida en el amor, vida eterna.

     Nuestro vivir en Cristo y animados por el Espíritu, nuestro ser hijos del Padre en Cristo, nos hace participar de la misma vida trinitaria. Podemos decir, sin lugar a duda, que por el bautismo estamos en Dios, en la intimidad de la comunión divina y que la divinidad está presente en nosotros para siempre. Nuestra humanidad es divinizada en el bautismo y comienza a participar de la vida divina. Por eso somos bautizados en el nombre de la trinidad. Nosotros también, viviendo en Cristo y participando de la vida trinitaria, podemos llamar a Dios de Abba, término cariñoso que expresa nuestra real filialidad.

     El bautismo nos revela un padre que nos ama con amor eterno y nos sostiene en todos los momentos de nuestra vida. Un padre que no excluye a nadie de su amor; no es el padre de un pueblo o de determinado número de personas, es padre de todos. Un padre que nos hace hermanos entre nosotros. Al unirnos a Cristo, el bautismo nos hace miembros de la Iglesia, el Pueblo de Dios, familia de Jesús, a la cual todos estamos llamados a pertenecer.

     En un tiempo se llamaba al bautismo, iluminación. Una luz nueva aparece en nuestras vidas, la luz de la fe. Nuestra inteligencia, voluntad y afectos son iluminados con la presencia del Espíritu Santo. Decía Romano Guardini: Fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades. 

     Somos llamados a hacer presente esa luz en el mundo. El bautismo nos hace discípulos misioneros, partícipes de la misma misión de Jesucristo. Cuando somos ungidos con el crisma se nos dice que quedamos configurados a Cristo: sacerdote, profeta y rey. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hacemos presente a Dios en el mundo y llevamos a los hombres a Dios. Por el bautismo somos un pueblo profético, un pueblo que ilumina los acontecimientos históricos con la luz de la Palabra. Por el bautismo somos llamados a pertenecer y a anunciar el Reino de Dios. Jesús, luego de ser bautizado no volvió a su casa de Nazaret ni se quedó con los discípulos de Juan, fue a anunciar el amor del Padre y hacer presente con signos concretos la misericordia de Dios en el mundo.

     En cada eucaristía renovamos la alianza bautismal con el Señor y se intensifica nuestra comunión con Él. El agua y la sangre, que brotaron de Cristo, simbolizan estos dos sacramentos, en íntima relación el uno con el otro.

     Una bendecida fiesta del Bautismo del Señor,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6

    R. Sacarán agua con alegría
    de las fuentes de la salvación.


    Este es el Dios de mi salvación:
    yo tengo confianza y no temo,
    porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
    él fue mi salvación. R.

    Den gracias al Señor,
    invoquen su Nombre,
    anuncien entre los pueblos sus proezas,
    proclamen qué sublime es su Nombre. R.

    Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
    ¡que sea conocido en toda la tierra!
    ¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
    porque es grande en medio de ti el Santo de Israel! R

  • Comentario al Evangelio - primer domingo de adviento - 3 de diciembre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 13, 33 – 37

    Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”.

    Palabra del Señor.

    Hoy iniciamos un nuevo ciclo litúrgico, la Iglesia llama Adviento a este tiempo previo a la Navidad. Durante este tiempo nos preparamos para celebrar en la fe la primera venida del Señor, pero es especial preparación para la vuelta definitiva.

    Este pasaje del Evangelio es el final del discurso escatológico (del fin de los tiempos), que cierra con esta parábola. Jesús insiste con estar prevenidos y preparados, parece continuar con la tónica de los últimos domingos del ciclo anterior.

    Al encontrarnos con un texto del Evangelio que tenga esta temática al inicio mismo del año litúrgico parece un poco extraño, pero es que la Iglesia al comienzo del nuevo ciclo nos invita a poner la mirada en la meta, nos recuerda hacia dónde vamos, cuál es nuestro fin último, el encuentro pleno con el Señor, para el cual debemos estar preparados.

    El texto es una invitación a estar atentos, ya que de nada sirve estar alarmados ante una venida futura, de la que no sabemos cuándo será, sino más bien lo que corresponde es ocuparnos atentamente en las tareas que se nos han encomendado, ya que desde la resurrección el Señor viene constantemente en los acontecimientos más simples de nuestra vida, y es en esos encuentros dónde debemos saber reconocerlo, para ello no debemos estar distraídos, recordemos las palabras del texto evangélico del domingo pasado.

    Estas advertencias del Señor no debemos tomarlas con un espíritu alarmista y obsesivo por su llegada, su venida no debe provocar espanto, al contrario, si como Iglesia le pedimos cada vez que celebramos la Eucaristía: “Ven Señor”, ¿cómo puede ser que el saber que vendrá nos provoque angustia o miedo? El que vendrá nuevamente es precisamente aquél que se hizo uno de nosotros para que nosotros volviéramos a Dios, es el que nos ama con amor infinito, tanto que entregó su vida para que tengamos vida.

    También está el peligro de caer en otro extremo, pensar que tarda tanto en volver que dejamos que nuestra fe se duerma y olvidamos este aspecto revelado por Cristo. En esta parábola no dice nada que pasa si nos encuentra dormidos, porque, evidentemente el objetivo es advertirnos sobre la necesidad de estar alertas, pero teniendo en cuenta las otras parábolas escatológicas, lo que puede suceder es que nos privemos de la fiesta del Reino definitivo.

    Justamente porque no quiere que ni uno solo se pierda nos insiste con la necesidad de estar “prevenidos”, y la manera de estar preparados es ocuparnos en vivir lo que el Señor nos ha enseñado, no es otra cosa que vivir los valores que nos propone en el Evangelio.

    Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 79, 2ac-3b. 15-16. 18-19

    Restáuranos, Señor del universo.

    Escucha, Pastor de Israel,

    tú que tienes el trono sobre los querubines,

    reafirma tu poder y ven a salvarnos. R.

    Vuélvete, Señor de los ejércitos,

    observa desde el cielo y mira:

    ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,

    el retoño que tú hiciste vigoroso. R.

    Que tu mano sostenga

    al que está a tu derecha,

    al hombre que tú fortaleciste,

    y nunca nos apartaremos de ti:

    devuélvenos la vida e invocaremos tu nombre. R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - 26 de noviembre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 31-46

    "Jesús dijo a sus discípulos:

    "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?". Y el Rey les responderá: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". Luego dirá a los de la izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron". Estos, a su vez, le preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?". Y él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna»."

    Palabra del Señor.

     Hemos llegado al fin del ciclo litúrgico, celebrando a Jesucristo Rey del universo la Iglesia contempla a Cristo que un día volverá con todo su esplendor a instaurar su Reino definitivo.

    En los dos domingos anteriores, Jesús nos dijo que debemos estar preparados para su venida y que cuando vuelva nos pedirá cuenta de los dones que se nos fueron confiados. Hoy al concluir el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, se nos presenta la imagen del juicio final a través de esta parábola, exclusiva del Evangelista San Mateo. Esta página del Evangelio es la que inspiró a Miguel Ángel su extraordinaria obra en la capilla Sixtina.

    Jesús anuncia que un día, vendrá en su gloria como rey y juez, ante su presencia estará el mundo entero, donde dará en herencia la vida eterna a los que obraron el bien, y el castigo eterno a los que obraron el mal.

    El Señor se compara a un pastor que separa las ovejas de los cabritos, imagen por demás conocida por los que estaban familiarizados con las Sagradas Escrituras, en la primera lectura de esta misa oímos al profeta Ezequiel, que presenta a Dios como el Pastor que juzgará a ovejas y cabritos, este profeta y sacerdote durante el exilio en Babilonia (S.VI aC) narra un juicio de Dios contra los malos pastores de Israel.

    El llamado se dirige en primer lugar a los que se hicieron merecedores del Reino, dándoles las razones por las que han recibido semejante herencia: tuve hambre, sed, era forastero, estuve desnudo, enfermo, preso, y en cada una de esas situaciones me atendieron.

    Jesús no pretende dar detalles del juicio final, sino captar la atención de sus oyentes y moverlos a tener ciertas actitudes con el prójimo, las que podemos resumir en obras de misericordia, como enlazando su último discurso con el primero, “las bienaventuranzas”, donde los misericordiosos son llamados felices porque obtendrán misericordia. De este modo entendemos que la caridad cubre los baches de nuestros pecados.

    Los herederos del Reino, parecen ignorar haber atendido al Señor en estas necesidades, y preguntan ¿Cuándo te vimos así?, y la respuesta no se hace esperar: cada vez que lo hicieron con uno de sus hermanos más pequeños. De esta manera Jesús, enseña que se solidariza con todo ser humano que está pasando por alguna necesidad, a tal punto que lo que se le haga a cada una de estas personas lo siente Él en su propia carne.

    Como un espejo, pero en sentido inverso, el relato continúa con los excluidos del Reino, que ante las mismas situaciones no fueron capaces de tener actitudes de misericordia.

    Al mencionar a los premiados y a los condenados, Jesús nos está enseñando que no da lo mismo “hacer” que “no hacer”, de modo que cómo vivimos esta vida tiene repercusiones en la vida eterna, tal como lo decimos en la oración del Señor, el Padrenuestro, cuando le pedimos que nos perdone, así como nosotros perdonamos, o como en las dos parábolas proclamadas en los dos domingos precedentes, dónde la prudencia y la capacidad de multiplicar los talentos hicieron a sus poseedores dignos de la fiesta.

    Por supuesto que no debemos recortar el Evangelio y quedarnos sólo con lo que Jesús nos enseña en estos quince versículos, si estuvimos atentos a las lecturas a lo largo de todo el ciclo litúrgico sabemos que la vida cristiana se traduce en actitudes de misericordia y mucho más. Pero si la memora no nos ayuda, hace cuatro domingos el Señor nos hizo un resumen perfecto de toda la Ley y los Profetas, y nos dijo que dos mandamientos son los más importantes: el amor a Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. Y el amor al prójimo como a nosotros mismos.

    San Juan de la Cruz comprendió estas enseñanzas al decir: “en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor”.

    Jesús no distingue si los menesterosos pertenecen a un pueblo determinado o no, si son de sus seguidores o no, tampoco dice nada sobre su condición moral, Él que siendo de condición divina se hizo el más pobre entre los pobres, reviste con su dignidad a todo ser humano que está viviendo una situación de necesidad y nos invita a cada uno de nosotros a reconocerlo encarnado en todo ser humano necesitado. Éste es el motivo por el cual los cristianos cuando socorremos a una persona necesitada no lo hacemos por simple filantropía, sino porque en ese ser humano, imagen y semejanza de Dios, atendemos al mismo Señor que viene a nuestro encuentro, a veces tan maltrecho “que ni aspecto humano tiene”.

    Que Cristo reine en nuestros corazones y purifique nuestra mirada para saberlo reconocer entre los que de una forma u otra entran en contacto con nosotros.

     Un bendecido domingo para todos,    

     Rubén J. Fuhr SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     

    SALMO RESPONSORIAL                              Sal 22, 1-3. 5-6 

    1. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

    Él me hace descansar en verdes praderas.

    Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas;

    me guía por el recto sendero, por amor de su nombre. R.

     

    Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos;

    unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. R.

     

    Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida;

    y habitaré en la casa del Señor, por muy largo tiempo. R