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COMENTARIO AL EVANGELIO - XXV domingo durante el año - 24 de septiembre de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO - XXV domingo durante el año - 24 de septiembre de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30--20, 16 

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?" Ellos les respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Palabra del Señor. 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Decíamos, el domingo pasado, que la Palabra de Dios provoca una dulce violencia en nosotros. La violencia que implica cambiar nuestra manera de pensar y de ver. Dios tiene una lógica, muchas veces, diferente a la nuestra. Los pensamientos de ustedes no son los míos, dice el Señor en la primera lectura de la misa de este domingo (Is 55, 6-9). Esta violencia nos trae la dulzura de una vida nueva, renovada en el amor verdadero. Fuimos creados para amar como Dios ama y, por eso, cuando Dios convierte nuestro mirar y sentir, haciéndolo más semejante al suyo, nos regala el gozo de poder realizar el sentido más profundo de nuestra vida. Esta parábola nos motiva, por un lado, a contemplar el amor de Dios, manifestado en Jesús. Por otro lado, a conformar nuestra vida a su forma de amar.

El actuar de Dios no se reduce a la práctica de la justicia distributiva. Él obra movido por el amor gratuito y misericordioso. No nos da conforme a nuestros méritos sino a su gran bondad. El amor de Dios no está sujeto a nuestros merecimientos; es libre. Él nos da mucho más de lo que nos merecemos. La “recompensa”, como acción salvífica de Dios, es un acto libre de su amor. Ninguno de nosotros compra el amor de Dios, su bondad es gratuita y total. Por eso llamamos “gracia” (gratis) a su actuar en nuestras vidas. El propietario, en la parábola, no falta a la justicia: paga conforme a lo convenido. A la vez, extiende sus beneficios a favor de todos, independientemente del tiempo trabajado. Al destacar la gratuidad del llamado y la igualdad de la recompensa, Jesús muestra que el amor

misericordioso de Dios trasciende el concepto humano de justicia. Muchas veces, nuestro orgullo puede cerrarnos a todo aquello que Dios nos quiere dar y de lo cual no tenemos méritos. Dejarnos amar por Él nos ayuda a madurar en un amor fraterno de perdón y misericordia.

Es interesante observar que el mismo propietario sale a buscar a los trabajadores. Lo común era que lo hicieran los administradores o capataces. Dios mismo sale a nuestro encuentro en diferentes momentos y de forma insistente para invitarnos a trabajar en su viña. Dios quiere establecer con nosotros una relación personal.

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. Esta frase, da inicio al texto (último versículo del capítulo 19) y lo concluye (versículo 16 del capítulo 20). Para los fariseos, el cumplimiento de la ley era la medida de la perfección y quienes cumplían la ley ocupaban los primeros lugares. Los extranjeros, publicanos y pecadores se ubicaban en el último lugar. Incluso, existía una parábola, comentada en aquel tiempo, en donde los primeros eran especialmente retribuidos. Con esta parábola, el evangelista les recuerda a los discípulos de Jesús, provenientes del mundo judío, que el pueblo de Israel, a pesar de haber sido llamado en primer término, no debe sentirse celoso de la generosidad de Dios hacia los paganos. El amor de Dios es universal y, por eso, no tiene preferencias por motivo de nacionalidades, culturas, o perfecciones humanas. Dios no ama sólo a los buenos, ama a todos. La única preferencia de Dios, manifestada en la vida de Jesús, es por aquellos que más sufren. Es la preferencia propia de una madre o de un padre, ante el dolor de su hijo. La misericordia de Dios no excluye a nadie.

La lógica de Dios es la del amor gratuito y universal. Nuestra lógica está marcada, muchas veces, por una mentalidad mercantilista. La escala de valores del Reino de Dios es diferente a la del mundo. La justicia es un valor que debemos buscar y promover. Ella alcanza su cumplimiento cuando está animada por el amor. Y el amor, según Dios, es siempre donación gratuita y universal. El amor da sin exigir nada a cambio, el amor es entrega a todos, sin dejar a nadie afuera. Estamos llamados a amar sin dejarnos condicionar por el mérito o la respuesta de los otros. Condicionar nuestro amor a la acción de los demás es perder la libertad. Es libre el que ama sin esperar recompensa por aquello que entregó.

Desde una perspectiva mercantilista, muchas veces, no toleramos que Dios sea bueno con todos ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Algunas veces nos cuesta aceptar que Él se muestre bondadoso con aquel que no lo merece. El Señor nos invita a alegrarnos del bien que nuestros hermanos reciben aunque no lo merezcan. Es propio del amor alegrarse por el bien del otro.

Es la gracia de Dios la que nos permite superar las relaciones basadas sólo en una justicia distributiva y poder dar más de lo que la justicia nos exige. Jesús nos invita a superar nuestra relación mercantilista. La Palabra de Dios nos comunica, cada día, el sentir y el mirar de Dios. Y esto… ¡nos hace mucho bien!

Nos preguntamos: ¿Fundo mi fe en el amor gratuito de Dios o vivo con Él una relación mercantilista? ¿Dejo que mi justicia esté animada por un amor universal y gratuito? ¿Me alegro del bien de los demás?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

SALMO RESPONSORIAL Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)

R. El Señor está cerca de aquellos que lo invocan. Día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar. ¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza: su grandeza es insondable! R. El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad. R.

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - IV domingo de Pascua Ciclo B 22 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 11-18

     En aquel tiempo, Jesús dijo:

        «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

        Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

        El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.»

      Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     A los que hoy vivimos en pequeñas o grandes ciudades no nos resulta tan cercana la figura de un pastor de ovejas; en cambio, era una imagen muy familiar para el pueblo de Israel.

     La vida de los pastores, en oriente, era difícil. Les implicaba estar lejos de sus casas por prolongados tiempos, recorrer largas distancias siguiendo alguna nube que le garantizase la lluvia, buscar un lugar donde alimentar el ganado en una región que era sumamente seca, enfrentar tensas vigilancias nocturnas ante los peligros de los ladrones o las fieras. El rebaño era muy valioso para el pastor, no sólo porque le implicaba grandes esfuerzos sino también porque era lo que le garantizaba ganar el sustento necesario para vivir.  Es por eso que, al pueblo de Israel, le gustaba compararse a un rebaño; se sentían como la riqueza de Dios, amados y cuidados por Él.

     Los reyes, para el pueblo elegido, debían ser los pastores que Dios había colocado para que cuidaran en su nombre al rebaño amado. Muchas veces no ocurría así. Muchos gobernantes ejercían su cargo en función de sus propios intereses, aprovechándose del rebaño. Los profetas son muy duros con los malos pastores que no cuidan al pueblo. El evangelista, incluso, ubica este discurso en la fiesta de la Dedicación del Templo, cuando el pueblo de Israel recordaba a los malos pastores que habían sido responsables de la profanación del templo. Dios les dice que esos gobernantes nos serán más los pastores de su pueblo; Él mismo será el pastor de Israel. Rezamos en el salmo 22: El Señor es mi pastor.  Habrá un único pastor que buscará el bien de su pueblo. Cuando Jesús se presenta como el buen pastor, está diciendo que Dios ha dado cumplimiento, en Él, a su promesa. Él es el pastor auténtico.

     Todo pastor que ejerza su servicio en nombre de Jesús, lo tiene que hacer teniéndolo a Él como el único pastor, Él es el modelo.

     En este Evangelio, Jesús nos revela cuatro actitudes del buen pastor:

     Nos conoce. Conocer en el lenguaje bíblico es mucho más que saber los datos de identidad de la otra persona. Se trata de un conocimiento interno, vital; es entrar en la intimidad del otro y dejar que el otro entre en mi intimidad. Es un conocimiento que genera un vínculo de amistad.

    • Nos cuida del lobo, de todo aquello que destruye nuestra vida, de lo que no nos permite vivir en plenitud, con gozo y con paz.
    • Da la vida por nosotros. Qué bien nos hace contemplar a Jesús dando la vida por amor a cada uno de nosotros. En Cristo se nos manifiesta el amor del Padre. Leemos en la segunda lectura de este domingo: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente (1Jn 3,1)
    • Nos viene a buscar, siempre toma la iniciativa. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir.

     En un mundo en donde la vida es tan atropellada, donde hay tanta muerte y en donde hay tanta soledad, que podamos contemplar y anunciar con gozo a Jesús como el buen pastor; Él es aquel que cuida nuestra vida y le da a cada vida un sentido trascendente. Él viene a nuestro encuentro para transformar cada signo de muerte en fuente de vida.  Que con nuestros gestos y actitudes hagamos presente en el mundo el amor de Dios que nos amó hasta el extremo. No está en nuestras posibilidades acabar con las guerras y tantas formas de homicidio. Sí está en nosotros cuidar la vida que Dios nos regaló y cuidar la vida de cada persona que Dios pone en nuestro camino. El Reino de Dios se hace presente en cada pequeño gesto cotidiano que va siendo como la levadura en la masa. Nuestras actitudes, transforman siempre la realidad, pero sobre todo, transforman nuestra propia existencia.

     Recemos, también, para que en la Iglesia no falten hombres que con, Cristo Pastor, configurados al corazón misericordioso de Jesús, asuman la vocación de pastores en la Iglesia. Dios sigue llamando a muchos a la vida sacerdotal. Que muchos puedan responder con generosidad, sirviendo al pueblo sufriente y dando sentido trascendente a sus vidas. Amar a un joven significa, necesariamente, ayudarlo a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios.

     Nos preguntamos: ¿Contemplo cotidianamente el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Doy testimonio de este amor? ¿Ayudo a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios?

      Un bendecido tiempo de Pascua,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

    R. Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor.


    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor!
    Es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los hombres;
    es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los poderosos. R.

    Yo te doy gracias porque me escuchaste
    y fuiste mi salvación.
    La piedra que desecharon los constructores
    es ahora la piedra angular.
    Esto ha sido hecho por el Señor
    y es admirable a nuestros ojos. R.

    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
    Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
    Dios mío, yo te glorifico.
    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - III domingo de Pascua Ciclo B 15 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48

    Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

    Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

    Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

    Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

    Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    ¡Qué mezcla de sentimientos habrán experimentado los discípulos, luego de la muerte de Jesús! Dolor, frustración, desánimo, miedo. Los acontecimientos habían sido muy traumáticos: Jesús no sólo era alguien muy querido sino aquel que se presentaba como el Mesías tan esperado, sus jefes lo entregaron, muchos de ellos habían tenido una actitud de cobardía y lejanía. De repente aparecen las mujeres diciendo que no encontraron su cuerpo en el sepulcro. Pedro dice haber visto al Señor, los dos discípulos de Emaús cuentan que a ellos también se les apareció. El texto propuesto para este domingo comienza diciendo: Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. ¿Se trataba de una aparición real o de una imaginación, fruto del deseo de verlo? Estaban con temor. Los discípulos estaban realmente confundidos. Aún no lo podían creer. La experiencia de la resurrección superaba toda posibilidad de entendimiento humano, de comprensión. Quedaron atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu… La fe en la resurrección implicó para ellos un proceso. Es en el encuentro con la comunidad en donde van vivenciando la presencia de Jesús resucitado y la van madurando en la Fe. Tuvieron que pasar por las dudas, el miedo, el dolor para llegar a la experiencia gozosa de la resurrección del Señor.

    En esta aparición podemos señalar tres manifestaciones del Señor:

    Jesús les muestra su cuerpo real y come con ellos. No puede ser un fantasma. No es un espíritu. La resurrección no es sólo inmortalidad del alma, es también glorificación del cuerpo. Manifestamos en el Credo: creo en la resurrección de la carne. La resurrección no es la prolongación de esta vida. Resucitar es volver a vivir para siempre en la gloria de Dios. La resurrección final será la plenitud de la vida nueva en el amor, recibida en el bautismo. Todo nuestro ser resucitará. La creación entera participará de la gloria de Dios.

    Jesús, como con los discípulos de Emaús, recurre a la Escritura para ubicar el hecho dentro de toda la historia de la salvación y de la promesa hecha desde antiguo. Les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras. Siempre necesitamos que el Señor nos dé el don de la comprensión vital de la Palabra para que no nos quedemos en los aparentes fracasos y veamos cómo, de toda experiencia de muerte, Él saca la vida. La Palabra nos abre a la Esperanza porque ubica toda experiencia de crisis, de dolor y de muerte, dentro de una perspectiva mayor, dentro del plan de la salvación que finalizará en el encuentro definitivo con el Señor y será la plenitud de nuestra paz y nuestra alegría. La Palabra carga de significado todo lo que nos sucede en la vida, dando un sentido hondo y trascendente a nuestra existencia.

    Es por eso, que este encuentro con el Señor los llena de alegría y de admiración. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. El encuentro con el Resucitado significó para ellos volver a creer en la promesa del Señor. Decía Blaise Pascal: Nadie es tan feliz como un cristiano auténtico. Romano Guardini, señalando que el encuentro con el Señor es la causa más profunda de nuestra alegría, nos dice: La melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

     

    Dejemos que la alegría pascual desborde nuestra vida. La Pascua torna la muerte en vida. Los fracasos, lo que dejamos o perdemos, las crisis, los momentos de dolor, son el lugar donde Dios actúa para sacar de la muerte, vida nueva. La fe implica un proceso de crecimiento que siempre nos conduce a la alegría y a la paz prometida por el Señor.

    El Señor nos llama a ser testigos en el mundo de esta honda alegría

    Nos preguntamos: ¿Dejamos que la Palabra ilumine nuestra inteligencia? ¿Le abrimos el corazón al don del Espíritu Santo? ¿En medio de las dificultades, encontramos en el Señor la paz y la alegría interior?

     Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 4, 2. 4. 7. 9

    R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

    Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
    tú, que en la angustia me diste un desahogo:
    ten piedad de mí
    y escucha mi oración. R.

    Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
    Él me escucha siempre que lo invoco.
    Hay muchos que preguntan: «¿Quién nos mostrará la felicidad,
    si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?» R.

    Me acuesto en paz
    y en seguida me duermo,
    porque sólo tú, Señor,
    aseguras mi descanso. R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - II domingo de Pascua Ciclo B 8 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31

     Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

    Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

    Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

    Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»

    El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»

    Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

    Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»

    Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»

    Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

    Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

    Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

     Los discípulos estaban reunidos en un lugar indeterminado, con miedo y encerrados. Jesús resucitado se les aparece y cumple las promesas hechas antes de su partida. En la última cena, Jesús les había prometido tres cosas:

     “Yo les dejo la paz, les doy mi paz”

    • “Tendrán una alegría que nadie les podrá quitar”
    • “Les enviaré otro paráclito… el Espíritu Santo”

     En sus dos apariciones, lo primero que hace es transmitirles esa paz. Ellos se llenaron de alegría cuando lo vieron. Sopla sobre ellos y les comunica el Espíritu Santo.

     TODO COMIENZA DE NUEVO. EL PERDÓN NOS HACE NUEVOS.

    Las dos apariciones suceden en el domingo, el primer día de la semana, cuando la vida recomienza. Les comunica el Espíritu Santo prometido, como en el Génesis, cuando el soplo del Espíritu da origen a la vida; ahora, es el origen de la nueva vida que Cristo nos trae. Todo tiene un nuevo comienzo en Cristo. Él hace nuevas todas las cosas. Es el Espíritu que comunica a la Iglesia el ministerio del perdón, en nombre del Señor. Ese perdón siempre nos hace nuevos porque el Señor tiene el poder de borrar en nosotros toda culpa y sacar el bien hasta del propio mal.

     SEREMOS REVESTIDOS DE UN CUERPO GLORIOSO

    Dos veces se indica que Jesús apareció estando las puertas cerradas: su cuerpo tiene nuevas condiciones, no tiene necesidad de trasladarse porque aparece de pronto en medio de ellos y puede entrar sin abrir puertas. Es su mismo cuerpo, ya que les muestra las huellas de los clavos y las lanzas; a la vez, es un cuerpo transformado. Es un cuerpo glorioso. La resurrección no es sólo inmortalidad del alma, nuestra carne resucitará y seremos revestidos de un cuerpo glorioso como el suyo.

     LA VIDA DEL RESUCITADO ES VIDA EN EL AMOR

    Su cuerpo conserva las llagas de su pasión.  Cruz, muerte y resurrección son inseparables. Quien ama hasta dar la vida, encuentra la vida. La alegría de la resurrección pasa por el dolor de la entrega. En la entrega hasta el extremo nace la vida nueva del resucitado.

     LA FE: DON DE DIOS

    Nosotros también, muchas veces podemos estar con miedo, como los discípulos, y hasta encerrados en nuestro egoísmo. Muchas veces podemos cerrar nuestro corazón y tornarnos indiferentes ante los demás. El Señor siempre nos comunica el Espíritu Santo. Lo hemos recibido el día de nuestro bautismo. En la Confirmación, recibimos su don.  En cada eucaristía, el Señor, derrama en nosotros su Espíritu. Cuando le abrimos el corazón a la Palabra, el Espíritu Santo viene a nosotros.  Es este Espíritu, el que nos lleva al conocimiento de la verdad y nos inserta en la misma vida trinitaria. Y por eso, nos permite un conocimiento mayor de Jesús que el que pueden darnos nuestros sentidos. Jesús dice: ¡Felices los que creen sin haber visto!  La fe nos da un conocimiento más profundo que el que nos dan los sentidos corporales. Esa fe que todos hemos recibido como don de Dios en el bautismo y que está llamada a madurar cada día en nosotros. La fe crece cuanto más lo conocemos al Señor. La fe crece cuando enfrentamos las situaciones de la vida fundados en el amor y el poder del Señor. Las pruebas maduran nuestra fe. Así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. (Cfr. Segunda lectura de este domingo, I Pe 1. 3-9). La fe abre las puertas de nuestro corazón. Ahora todos, por la fe, podemos ser discípulos del Señor, no sólo los doce. Este conocimiento de Jesús le da un sentido nuevo a nuestra vida; por eso, es fuente de paz y de alegría. La fe nos abre a la Esperanza.  La fe nos hace comunidad, familia, porque nos hace hermanos en Cristo, hijos de un mismo Padre. La fe se expresa y crece en nuestra inserción eclesial. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. (Cfr. Primera lectura de este domingo    He 2, 42-47). La fe nos hace partícipes de la misión del Señor. Anunciar a Jesús es decirle al mundo, como los discípulos: ¡Hemos visto al Señor!

    Nos preguntamos: ¿Alimentamos nuestra fe? ¿Le abrimos el corazón al don del Espíritu Santo? ¿En medio de las dificultades, encontramos en el Señor la paz y la alegría interior? ¿Nos dejamos perdonar por Él?

    Un bendecido tiempo de Pascua,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24

    1. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
      porque es eterno su amor!


    Que lo diga el pueblo de Israel:
    ¡es eterno su amor!
    Que lo diga la familia de Aarón:
    ¡es eterno su amor!
    Que lo digan los que temen al Señor:
    ¡es eterno su amor! R.

    Me empujaron con violencia para derribarme,
    pero el Señor vino en mi ayuda.
    El Señor es mi fuerza y mi protección;
    él fue mi salvación.
    Un grito de alegría y de victoria
    resuena en las carpas de los justos. R.

    La piedra que desecharon los constructores 
    es ahora la piedra angular.
    Esto ha sido hecho por el Señor
    y es admirable a nuestros ojos.
    Este es el día que hizo el Señor:
    alegrémonos y regocijémonos en él. R