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COMENTARIO AL EVANGELIO - XXXII  domingo  durante el año - 12 de noviembre de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO - XXXII domingo durante el año - 12 de noviembre de 2017

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 1-13

"Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, 4 mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

 Palabra del Señor.

 Estamos muy cerca del fin del ciclo litúrgico, la liturgia en este domingo y en el próximo insistirá en la actitud de vigilancia ante la llegada del Reino, para en el último domingo del ciclo, solemnidad de Cristo Rey, presentarnos el cuadro del juicio final, dónde cada uno será juzgado según sus obras. De este modo en estos tres domingos se proclamará en su totalidad el capítulo 25 del evangelio según san Mateo.

Sin perder de vista el final, contemplemos este pasaje del Evangelio.

Así como la figura de la novia fue utilizada en el Antiguo Testamento para representar a Israel, en el Nuevo Testamento se utiliza para representar a la Iglesia (nuevo Pueblo de Dios), y el banquete de bodas hace alusión a la felicidad plena y definitiva del Reino de Dios.

De acuerdo a las costumbres de la época y cultura de Jesús, en la noche de la fiesta de bodas, el esposo se dirige a la casa de la novia para llevarla al nuevo hogar. Para ello el novio viene acompañado por sus amigos, y la novia sale con el cortejo de sus amigas, y se forma así una procesión festiva en la que por la oscuridad de la noche es necesario ir iluminados con lámparas.

En la parábola, Jesús dice que eran diez jóvenes, cinco prudentes y cinco necias, prudencia y necedad son dos cualidades a las que se hace referencia con mucha frecuencia en la literatura sapiencial. Quien vive y obra de acuerdo con la instrucción dada por la Sabiduría divina es el sabio y prudente, mientras que quien no lo hace es el impío, el necio, así como el sabio y prudente llegará a la felicidad y adquirirá inmortalidad, el necio nunca logrará estos beneficios y su fin es la destrucción.

El esposo ha llegado a media noche, las jóvenes están dormidas. A la alerta dada, las cinco prudentes preparan sus lámparas, con el aceite que llevaron precavidamente como para que las lámparas no se apaguen. Las cinco necias, no fueron tan precavidas y sólo tenían sus lámparas preparadas para las primeras horas, no consideraron que el esposo podía llegar a altas horas de la noche, así es que cuando dan el aviso sus lámparas ya se están apagando. Mientras están ocupadas en encontrar un lugar dónde comprar el aceite, el esposo ha llegado y han cumplido con esta parte de la fiesta de bodas, las jóvenes que estaban preparadas ingresaron a la sala nupcial, la puerta ya se ha cerrado y no se volverá a abrir, es inútil insistir.

Para el evangelista Mateo, la figura del esposo está ligada a la enseñanza de la venida del Señor para instaurar definitivamente el Reino de los cielos, también nos enseña que para esa venida hay que estar preparados, del mismo modo nos dice también que esa venida ya comenzó con la resurrección de Jesús. A partir de ese momento, el Señor está viniendo todos los días y el Reino se va haciendo presente.

Para entender de que se trata esa vigilancia, debemos mirar atentamente las parábolas a las que se hace referencia sobre esta actitud, y veremos que no es otra cosa que cumplir bien con el oficio o ministerio que hemos recibido, dar frutos de acuerdo a los talentos dados, servir al prójimo ante la necesidad. No es más ni menos que vivir cada día de la mejor manera posible nuestra vocación cristiana, teniendo presente que el Señor viene constantemente a nosotros.

Así como las jóvenes se han dormido, también nosotros podemos estar, “dormidos”, distraídos en otras cosas, pero sin dejar de estar preparados. Es decir, que ante las situaciones que se nos pueden presentar a lo largo del día, sabremos dar la mejor respuesta posible, esas situaciones que se dan muchas veces sin que las busquemos las describe Jesús cuando habla del juicio (último domingo del ciclo A).

Por supuesto que las parábolas no debemos leerlas buscando una respuesta a todo en cada una de ellas, sino que debemos encontrar el sentido por el cual fue dicha, en ellas se exageran ciertos aspectos para evidenciar lo que se quiere transmitir. Cuando las jóvenes necias piden a las prudentes que les compartan el aceite, la respuesta de éstas parece de una total falta de caridad, al leer esperaríamos una mayor comprensión, a media noche es difícil que encuentren un lugar dónde comprar.

Lo que se quiere significar es que una vez que llega el Esposo, el tiempo de los preparativos ha terminado, ya es demasiado tarde para buscar lo que no se adquirió antes, y las disposiciones que unos tienen no se pueden transmitir ni prestar en esa hora.

La entrada a la fiesta de bodas indica la llegada de la felicidad eterna, es la plenitud de la alianza.

Esta realidad será un día, no sabemos cuándo pero ya ha comenzado con la resurrección de Jesús, y nosotros comenzamos a gozarlo a partir del bautismo, y cada día se va acrecentando. En la celebración eucarística, la Iglesia, Esposa, proclama el triunfo del Esposo, Cristo, y le pide que venga.

De esta manera, el Señor nos invita a estar preparados para esa venida definitiva, estando vigilantes, atentos a sus pequeñas venidas en el día a día. Cuando los cristianos realizamos obras de caridad, no lo hacemos por simple filantropía, sino porque en el otro está Cristo presente, a veces tan desfigurado que ni aspecto humano tiene.

La prudencia de la que habla Jesús en la parábola, no es la simple prudencia humana, sino la que se adquiere cuando nos dejamos instruir por la Sabiduría de Dios, que se ha manifestado a los hombres a través de la Palabra, la que se manifiesta desde el primer versículo del Génesis hasta el último versículo del Apocalipsis. Cuando configuramos nuestra vida a través de la escucha y meditación de la Palabra de Dios, y la ponemos en práctica, nos vamos haciendo sabios y prudentes, y nos vamos “capacitando” para entrar al banquete del Reino, esta es la condición que tienen las jóvenes que entraron a la fiesta de bodas. Desde el momento que nacemos, estamos invitados al banquete eterno, nos toca a cada uno capacitarnos para entrar cuando llegue la hora, ya que no basta con estar invitados.

 Un bendecido domingo para todos,      

  1. Rubén J. Fuhr SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

 SALMO RESPONSORIAL Sal 62,2.3-4.5-6.7-8 
 

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
 
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, 
mi alma está sedienta de ti; 
mi carne tiene ansía de ti, 
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario 
viendo tu fuerza y tu gloria! 
Tu gracia vale más que la vida, 
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré 
y alzaré las manos invocándote. 
Me saciaré como de enjundia y de manteca, 
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

En el lecho me acuerdo de ti 
y velando medito en ti, 
porque fuiste mi auxilio, 
y a la sombra de tus alas 
canto con júbilo. R/

 

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - XXXIII domingo durante el año - 19 de noviembre

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 14-30

    "Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

    El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco.

    De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. "Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado".

    "Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: "Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado". "Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido un solo talento. "Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido.

    Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!". Pero el señor le respondió: "Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.

    Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes".

    Palabra del Señor.

     Jesús continúa enseñando que debemos estar vigilantes ante la llegada del Reino, el domingo pasado nos mostró el aspecto festivo de esa llegada, ahora nos hace saber que existe una responsabilidad de trabajar para que a su llegada entreguemos frutos obtenidos de la utilización de los dones que nos ha dado.

     A través de esta parábola, donde un hombre rico decide dar en custodia sus bienes mientras se va de viaje, definido por sus mismos servidores como un severo y ambicioso, que pretende ganancias aún dónde no ha sembrado.

    El relato dice que al repartir no dio la misma cantidad de dinero a todos, sino que a unos más y a otros menos, tampoco les dio la orden de hacerlo producir. Pero parece que los servidores conociéndolo buscaron la manera de multiplicar el dinero recibido en custodia, menos uno que, por temor, no quiso arriesgarse y escondió lo recibido para devolverlo intacto.

    Para tener una idea del dinero entregado, un talento es el equivalente a seis mil monedas de plata, una moneda de plata es un denario, el valor de una jornada de trabajo. Es decir que al que le dio cinco talentos le dio treinta mil monedas de plata.

    Cuando el hombre regresa, sucede que reclama su dinero y las ganancias, tal como los dos primeros servidores supusieron que obraría, así éstos le entregaron el dinero y las ganancias obtenidas, recibiendo una felicitación y el pase a participar del gozo de su señor, el banquete con el cual el patrón celebra su regreso, más la promesa de que se le encargará mucho más. Pero justamente el que recibió menos, el que dice saber conocerlo y lo define justamente como un hombre exigente y avaro confiesa su temor y devuelve el talento recibido intacto, tal como lo recibió, ni más ni menos.

    Desde nuestra perspectiva cabría también una felicitación ya que haber conservado lo que recibió puede ser visto como un mérito en sí mismo. Pero en la parábola, este servidor es juzgado precisamente por sus mismas palabras, “si sabías… tendrías que haber colocado el dinero en el banco, … así lo hubiera recuperado con intereses”. Y, además de ser reprendido es castigado.

    De esta manera Jesús se dirige a los que buscan custodiar los dones recibidos de parte de Dios, y se sienten orgullosos por mantenerlos intactos. Pero por la parábola entendemos que los dones que se nos han confiado, los recibimos para hacerlos producir, si los guardamos celosamente no estamos obrando bien, cuando el Señor venga nos pedirá cuenta sobre lo que hemos hecho con los dones recibidos.

    Todos hemos recibido talentos, en mayor o menor medida, cada uno con la ayuda del Espíritu Santo debe buscar la manera de hacerlos producir. No debemos esconder esos dones detrás del velo de una falsa humildad diciendo que no somos capaces de hacer esto o aquello, es verdad no todos tenemos las mismas capacidades, pero alguna capacidad tenemos y está para ponerla al servicio de los demás. Es importante saber reconocer los talentos que Dios nos dio, para así “invertirlos” y hacerlos crecer.

    Si bien la parábola se proclama a todos los que formamos parte del Pueblo de Dios, no deja de ser un llamado de atención a los pastores de la Iglesia, a quienes se nos ha confiado el tesoro de los sacramentos, para ser dispensadores de los mismos. A veces, como el que recibió un talento, nos escudamos en las normas haciendo una interpretación estricta y al mismo tiempo errada, incluso agregando más de lo que la norma dice, para no arriesgar temiendo perder lo que se nos ha confiado.

    Pero hoy Jesús nos dice que a todos se nos pedirá cuenta del modo como hemos utilizado los bienes que nos ha dado, y nos pedirá los frutos, advirtiéndonos que si le devolvemos exactamente lo mismo que nos ha dado se nos quitará lo que se nos confió y seremos privados de participar del gozo del Señor.

    Esta parábola es una invitación a preguntarnos:

    ¿Qué talentos me ha dado Dios?

    ¿Qué estoy haciendo con esos talentos?

     Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rubén J. Fuhr SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 127, 1-5 

    R. ¡Feliz quien ama al Señor!
     

    ¡Feliz el que teme al Señor y sigue sus caminos!

    Comerás del fruto de tu trabajo,

    serás feliz y todo te irá bien. R.

    Tu esposa será como una vid fecunda en el seno de tu hogar;

    tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa. R.

    ¡Así será bendecido el hombre que teme al Señor!

    ¡Que el Señor te bendiga desde Sión

    todos los días de tu vida: que contemples la paz de Jerusalén! R.

  • Comentario al Evangelio - domingo 29 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 34-40

         Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

        Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

      Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     Este diálogo de Jesús con el doctor de la ley, está dentro del conjunto de discusiones que mantiene, en el templo, con diversos grupos del judaísmo y que vinimos escuchando en estos últimos domingos. La intención sigue siendo ponerlo a prueba. Este episodio hace referencia a un encuentro previo de Jesús con los saduceos que no es proclamado en los domingos de este ciclo y que se refiere al tema de la resurrección; en la cual, los saduceos, no creían.

    La pregunta que le hacen a Jesús responde a una necesidad que los maestros  tenían de poder sintetizar, de una manera realizable, el cumplimiento de la ley, ya que esta contenía 613 mandamientos (365 prohibiciones y 248 obligaciones a ser realizadas). Conocer y practicar todos ellos era prácticamente imposible. Los especialistas de la ley se preguntaban cómo poder encontrar una síntesis que le permitiera ser fieles a Dios.

    Jesús responde combinando dos mandamientos: el del amor a Dios (Dt 6,4-5) y el del amor al prójimo (Lv 19,18). Los presenta como la síntesis de la ley y los profetas; es decir, de toda la Escritura. Podemos decir que toda la Palabra revelada se resume en ellos; todo otro mandamiento es una explicitación del único mandamiento del amor.

    San Pablo enseña “Que la única deuda con los demás sea del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió la ley. .. el amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la ley”. (Rom 13,8-10). San Pablo dice, también que el amor es un camino: “Caminen en el amor (Ef. 5, 2). Ahora voy a mostrarles un camino más perfecto todavía” (1Cor 12, 13) y a continuación escribe el himno a la caridad (1 Cor 13), en donde expresa que puedo entregar mi cuerpo a las llamas pero si no tengo amor de nada me sirve. Es el amor lo que da sentido profundo a todo lo que hacemos. No es un mandamiento que nos viene de fuera, está inscripto en nuestra naturaleza humana. Fuimos creados a imagen de Dios y Dios es amor. Sólo en el amor nuestra vida encuentra su sentido, su plena realización.

    Podemos preguntarnos qué es amar. Hoy, esta palabra, se usa de tal manera que expresa realidades hasta opuestas entre sí.

    El Papa Benedicto XVI nos ilumina enormemente, en este tema, en su primera Encíclica Deus Caritas est, promulgada el 25 de diciembre de 2005. Ahí nos señala dos dimensiones del amor:

    • El amor de eros o amor de complacencia. Por él gozamos la presencia del otro como un bien en nuestra vida. No amamos su utilidad sino el bien de su persona. Es el amor propio de los esposos, el amor que da inicio al camino de la amistad, el amor que nos mueve encontrarnos espontáneamente con alguien y disfrutar su presencia. Dios nos ama con un amor de complacencia y nosotros, también, somos invitados a gozar de su presencia en nuestras vidas.
    • Una segunda dimensión, es el amor de ágape o de donación. Nuestra realización más profunda está en comprometer nuestra vida con el bien de los demás. Fuimos creados a imagen de Jesucristo quien vivió su vida en compromiso continuo con el bien de los otros. Cuando amamos con su mismo amor, nos realizamos profundamente como personas. Nuestro verdadero bien es el compromiso con el bien de cada persona que Dios pone en nuestro camino. Es la dimensión del perdón, del devolver bien por mal, de buscar para el otro el mismo bien que quiero para mí. Esta dimensión nos da la libertad de un amor no condicionado por la respuesta del otro o por la compensación recibida. Purifica el amor de todo egoísmo y nos lleva a una experiencia fuerte de identificación con Jesús.

     En su enunciado, Jesús enfrenta a sus adversarios no con dos textos legales, sino con la persona de Dios y con la del prójimo. Lo original del mensaje de Jesús es la vinculación indisoluble entre ambos. El amor a Dios es la raíz que alimenta el árbol del amor al prójimo, le da fundamento y lo hace posible. Sólo desde un vínculo profundo de amor con el Señor podemos vivir el verdadero amor al prójimo. Un amor a Dios que implica la entrega de todo nuestro ser a Él, poner toda nuestra vida a su servicio. Dios es raíz, fuente y origen del amor; bebiendo de esa fuente podemos amar a los demás con su mismo amor.

    El amor a Dios se expresa en el amor al prójimo en quien Dios vive. El amor al prójimo como a sí mismo, comenta San Agustín, en la práctica, es el primero, porque amando a quien vemos purificamos nuestros ojos para que podamos amar a quien no  vemos.

    El Cardenal Pironio decía: No hay más que un modo de servir plenamente a los hombres, servir a Jesucristo. No hay más que un modo de servir plenamente a Jesucristo, servir a los hombres. Sólo por amor a Dios amamos verdaderamente al hermano con un amor de libertad y gratuidad. Quien no funda su vida en un vínculo de amor con Dios, empieza a demandar a los demás que sean como Dios, comienzan a exigir una plenitud de amor que sólo Dios nos puede dar. En Cristo, Dios  y el hombre se han unido para siempre; no se puede amar a Dios sin amar al hombre.

     Nosotros también podemos sentirnos abatidos y confundidos, como el pueblo de judío, ante el peso de muchos compromisos y tareas; muchas veces podemos experimentarnos dispersos en muchas cosas. El hacerlo todo por amor a Dios y a los hermanos, le da sentido y  unidad a nuestra vida.

     Nos preguntamos: ¿El amor a Dios y a los hermanos, unifica y da sentido, en lo cotidiano, a nuestra vida, tareas, compromisos y vínculos? ¿Cómo expresamos, en lo concreto,  nuestro amor a Dios y al prójimo?

     Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 17, 2-4. 47. 51ab (R.: 2) 

    1. Yo te amo, Señor, mi fortaleza.

    Yo te amo, Señor, mi fuerza,
    Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador. R.
     
    Mi Dios, el peñasco en que me refugio,
    mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
    Invoqué al Señor, que es digno de alabanza
    y quedé a salvo de mis enemigos. R.
     
    ¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca!
    ¡Glorificado sea el Dios de mi salvación.
    Él concede grandes victorias a su rey
    y trata con fidelidad a su Ungido. R.

  • Comentario al Evangelio - 22 de octubre de 2017

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Mateo 22, 15-21

         Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

        Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

        Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

        Le respondieron: «Del César».

        Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    Es interesante observar que la pregunta es: ¿Está permitido pagar el impuesto…? ¿A qué se debe esa interrogación? En la época de Jesús, el reino de Judá estaba sometido al imperio romano. Un gobernador ejercía la autoridad en nombre del emperador que, en esa época, era Tiberio César. El emperador usaba títulos divinos y exigía actos de culto a su persona. Las monedas llevaban la figura del emperador en ese momento, Tiberio César Augusto, y una inscripción que decía hijo del divino Augusto; en el reverso llevaba la figura de una mujer portando los atributos de la diosa de la paz. Esto, a los judíos religiosos, les traía grandes conflictos; cómo le iban a rendir culto a un hombre que se ponía en lugar de Dios. Por otro lado, el imperio les exigía el pago de grandes sumas de dinero en calidad de impuesto, llevando al pueblo de Judá a una condición de gran pobreza. Esta situación los condujo, después de la muerte y resurrección del Señor, a una triste y violenta guerra. Todo esto nos aclara respecto el sentido de la pregunta.

    Justamente van los fariseos junto a los herodianos para ponerlo a prueba; dos grupos que podemos considerar antagónicos en varios aspectos. Los fariseos eran hombres religiosos que intentaba cumplir y hacer cumplir la ley en toda su extensión, defensores de la independencia del pueblo de Israel, promovían la pureza del culto que sólo se puede rendir a Dios. Los herodianos, en cambio, era un grupo político que luchaban para que toda palestina estuviera bajo el gobierno de Herodes, un judío representante del Imperio y, por lo tanto, vasallo del mismo; no les interesaba mucho el tema religioso y eran considerados “entreguistas” al imperio dominante.

    Ambos grupos, enfrentados entre sí, se juntan para tenderle una trampa a Jesús ¿En qué consiste la trampa? Si él responde que no paguen los impuestos, podía ser acusado, por los herodianos, de sublevarse a la autoridad del emperador, como sucedió cuando los sumos sacerdotes lo llevaron preso ante Pilatos. Si decía que pagaran los impuestos, podía ser acusado, por los fariseos, de traidor al pueblo y adorador del César.

    Jesús, conociendo su malicia, los desenmascara. No les responde inmediatamente sino que les pide una moneda y les hace una pregunta a la que todos conocían su respuesta. ¿De quién es esa figura y esa inscripción? “Del César”, le respondieron. Entonces den al César lo que le corresponde al César y a Dios lo que le corresponde a Dios.

    ¿Qué le corresponde al César y qué le corresponde a Dios?

    Todo cristiano se ha de vincular con la autoridad civil desde su misma condición de cristiano. Esto significa respetar la autoridad en todo aquello que hace al límite de su incumbencia y que no contradiga su conciencia; contribuir, en lo que corresponde y es justo, con la comunidad civil. Significa, también, respetar la autoridad sin darle el lugar de Dios; toda autoridad civil ejerce siempre un poder limitado. El poder absoluto de nuestra vida lo tiene el Señor y sólo a Él debemos rendir culto y una total obediencia.

    Cuando estas dos obediencias entran en contradicción, es a Dios al que tenemos que obedecer. Debemos obediencia a Dios antes que a los hombres; sólo a Él le rendiremos culto.

    Cuando una autoridad civil se hace dueña de las vidas de las personas, cercena sus derechos fundamentales o quiere imponer su pensamiento como el pensamiento único, no aceptando críticas o cuestionamientos, se coloca en lugar de Dios.

    Entregarle nuestra vida al Señor nos da la libertad de aquel que no tiene otro Dios que el mismo Dios. Cuando Dios no ocupa el lugar que tiene que ocupar en nuestras vidas comenzamos a idolatrar personas, objetos materiales, ideas, costumbres. Y esto nos lleva a un profundo vacío interior. Cuando Dios es el sentido último de nuestras vidas, todo lo que hacemos y tenemos lo ponemos a su servicio y al servicio de su Reino.

    Es importante nuestra participación en la vida política y social de nuestro pueblo, cada uno conforme a su vocación y lugar. Es necesario, también, comprender que la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, plataforma política o poder temporal. Ninguno de ellos expresará nunca en plenitud el contenido de nuestra Fe. Nos toca a los cristianos, en fidelidad a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, a su doctrina social y a su tradición, hacer nuestro discernimiento y optar conforme a él, dándole a Dios el lugar que tiene y respetando la sana autonomía de los asuntos temporales; contribuyendo al progreso y a la justicia social desde nuestra identidad como cristianos.

    Hay otro aspecto, en este Evangelio, que nos ayuda a mirar nuestras actitudes. Los fariseos y herodianos se acercan a Jesús para sorprenderlo en alguna contradicción. ¿Con qué actitud nos acercamos nosotros a los demás? Muchas veces podemos vernos tentados a buscar en primer lugar el defecto en el otro, lo que está mal, sus errores o contradicciones. Jesús nos invita a aproximarnos al otro con una actitud de ayuda y animación, como Él los hizo, buscando ayudar a nuestros hermanos a crecer en todo lo bueno que Dios puso en ellos, animándolos en el camino de la fe.

    Que en la meditación de este Evangelio, el Señor convierta nuestro corazón, haciéndonos crecer en el amor verdadero que siempre es compromiso con el bien del otro. Cuando ayudamos a otro a crecer en el bien, crecemos nosotros.

    Nos preguntamos: ¿Ocupa Dios el lugar más importante en mi vida? ¿Participo de la vida ciudadana desde mi identidad de cristiano, fiel al Evangelio y sus valores?

    Un bendecido domingo para todos,      

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina 

    SALMO RESPONSORIAL

    (Sal 95, 1. 3-5. 7-10ac (R.: 7b)
     
    R. Aclamen la gloria y el poder del Señor.

    Canten al Señor un canto nuevo,
    cante al Señor toda la tierra;
    anuncien su gloria entre las naciones,
    y sus maravillas entre los pueblos. R.
     
    Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
    más temible que todos los dioses.
    Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
    pero el Señor hizo el cielo. R.
     
    Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
    aclamen la gloria y el poder del Señor;
    aclamen la gloria del nombre del Señor.
    Entren en sus atrios trayendo una ofrenda. R.
     
    Adoren al Señor al manifestarse su santidad:
    ¡que toda la tierra tiemble ante Él!
    Digan entre las naciones: «¡el Señor reina!
    El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R