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COMENTARIO AL EVANGELIO - XXXIII  domingo  durante el año - 19 de noviembre

COMENTARIO AL EVANGELIO - XXXIII domingo durante el año - 19 de noviembre

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 14-30

"Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco.

De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. "Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado".

"Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: "Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado". "Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor". Llegó luego el que había recibido un solo talento. "Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido.

Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!". Pero el señor le respondió: "Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.

Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes".

Palabra del Señor.

 Jesús continúa enseñando que debemos estar vigilantes ante la llegada del Reino, el domingo pasado nos mostró el aspecto festivo de esa llegada, ahora nos hace saber que existe una responsabilidad de trabajar para que a su llegada entreguemos frutos obtenidos de la utilización de los dones que nos ha dado.

 A través de esta parábola, donde un hombre rico decide dar en custodia sus bienes mientras se va de viaje, definido por sus mismos servidores como un severo y ambicioso, que pretende ganancias aún dónde no ha sembrado.

El relato dice que al repartir no dio la misma cantidad de dinero a todos, sino que a unos más y a otros menos, tampoco les dio la orden de hacerlo producir. Pero parece que los servidores conociéndolo buscaron la manera de multiplicar el dinero recibido en custodia, menos uno que, por temor, no quiso arriesgarse y escondió lo recibido para devolverlo intacto.

Para tener una idea del dinero entregado, un talento es el equivalente a seis mil monedas de plata, una moneda de plata es un denario, el valor de una jornada de trabajo. Es decir que al que le dio cinco talentos le dio treinta mil monedas de plata.

Cuando el hombre regresa, sucede que reclama su dinero y las ganancias, tal como los dos primeros servidores supusieron que obraría, así éstos le entregaron el dinero y las ganancias obtenidas, recibiendo una felicitación y el pase a participar del gozo de su señor, el banquete con el cual el patrón celebra su regreso, más la promesa de que se le encargará mucho más. Pero justamente el que recibió menos, el que dice saber conocerlo y lo define justamente como un hombre exigente y avaro confiesa su temor y devuelve el talento recibido intacto, tal como lo recibió, ni más ni menos.

Desde nuestra perspectiva cabría también una felicitación ya que haber conservado lo que recibió puede ser visto como un mérito en sí mismo. Pero en la parábola, este servidor es juzgado precisamente por sus mismas palabras, “si sabías… tendrías que haber colocado el dinero en el banco, … así lo hubiera recuperado con intereses”. Y, además de ser reprendido es castigado.

De esta manera Jesús se dirige a los que buscan custodiar los dones recibidos de parte de Dios, y se sienten orgullosos por mantenerlos intactos. Pero por la parábola entendemos que los dones que se nos han confiado, los recibimos para hacerlos producir, si los guardamos celosamente no estamos obrando bien, cuando el Señor venga nos pedirá cuenta sobre lo que hemos hecho con los dones recibidos.

Todos hemos recibido talentos, en mayor o menor medida, cada uno con la ayuda del Espíritu Santo debe buscar la manera de hacerlos producir. No debemos esconder esos dones detrás del velo de una falsa humildad diciendo que no somos capaces de hacer esto o aquello, es verdad no todos tenemos las mismas capacidades, pero alguna capacidad tenemos y está para ponerla al servicio de los demás. Es importante saber reconocer los talentos que Dios nos dio, para así “invertirlos” y hacerlos crecer.

Si bien la parábola se proclama a todos los que formamos parte del Pueblo de Dios, no deja de ser un llamado de atención a los pastores de la Iglesia, a quienes se nos ha confiado el tesoro de los sacramentos, para ser dispensadores de los mismos. A veces, como el que recibió un talento, nos escudamos en las normas haciendo una interpretación estricta y al mismo tiempo errada, incluso agregando más de lo que la norma dice, para no arriesgar temiendo perder lo que se nos ha confiado.

Pero hoy Jesús nos dice que a todos se nos pedirá cuenta del modo como hemos utilizado los bienes que nos ha dado, y nos pedirá los frutos, advirtiéndonos que si le devolvemos exactamente lo mismo que nos ha dado se nos quitará lo que se nos confió y seremos privados de participar del gozo del Señor.

Esta parábola es una invitación a preguntarnos:

¿Qué talentos me ha dado Dios?

¿Qué estoy haciendo con esos talentos?

 Un bendecido domingo para todos,      

  1. Rubén J. Fuhr SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

 SALMO RESPONSORIAL Sal 127, 1-5 

R. ¡Feliz quien ama al Señor!
 

¡Feliz el que teme al Señor y sigue sus caminos!

Comerás del fruto de tu trabajo,

serás feliz y todo te irá bien. R.

Tu esposa será como una vid fecunda en el seno de tu hogar;

tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa. R.

¡Así será bendecido el hombre que teme al Señor!

¡Que el Señor te bendiga desde Sión

todos los días de tu vida: que contemples la paz de Jerusalén! R.

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  • COMENTARIO AL EVANGELIO - V domingo de Pascua - 29 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 1-8

    Jesús dijo a sus discípulos:

    «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

    Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

    Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

    La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    En el Evangelio según san Juan, Jesús manifiesta su identidad, a través de diferentes signos y su posterior explicitación. Cuando multiplica el pan, se presenta como el pan de vida. Luego de la curación del ciego, como la luz. En la parábola del buen pastor como la puerta y el pastor verdadero. Luego de volver a la vida a Lázaro, como la resurrección y la vida. Ahora, en una cena anterior a la fiesta de la Pascua, lo hace como la vid auténtica.

    Esta imagen de la vid o la viña es muy usada en el Antiguo Testamento, era muy cercana y expresiva para el pueblo de Israel. Ese pedazo de tierra significaba gran parte del sustento familiar. Por eso, era cultivada con esfuerzo y se la cuidaba de una manera muy especial. Formaba parte del patrimonio familiar, era lo mínimo que se debía tener para pertenecer a un clan y fundamentar, de esa manera, su derecho de ciudadanía. Muchas veces en la viña descansaban los restos de sus antepasados. Era como un signo de identidad familiar, de pertenencia, de patrimonio seguro, al cual se le dedicaba mucho esfuerzo. Recordemos la viña de Nabot y la pretensión de Ajab en 1 Re 21. El rey Ajab le dice Nabot: «Dame tu viña para hacerme una huerta, ya que está justo al lado de mi casa. Yo te daré a cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su valor en dinero».  Nabot se niega y le responde: «¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!» El emblema del templo de Jerusalén era una inmensa vid de oro; lo mismo el de la sinagoga de Yamnia. Cuando Dios expresa, en Isaías, el amor por su viña, está manifestando el profundo amor por su pueblo y el dolor por un pueblo que no dio frutos.

    En el Antiguo Testamento la viña del Señor es Israel; el viñador, el mismo Dios; el fruto, la justicia y el derecho. Con esta parábola, Jesús se va presentar el mismo como la verdadera vid; su Padre el viñador; el fruto, si leemos unos versículos posteriores, es el amor.

    Dar frutos es diferente a tener éxito. El éxito se mide por los números, por la calidad de la producción, por el cumplimiento de los objetivos propuestos, por lo aparente y reconocido. El fruto se lo mide por el bien hecho. Los frutos evangélicos, nos dice el Catecismo de la Iglesia en el nro. 1832, son “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.). El fruto, muchas veces, pasa por el fracaso; el grano de trigo tiene que morir para dar frutos.

    Hay dos palabras claves en el texto: dar fruto y permanecer. Sólo podemos dar fruto si permanecemos en la vid. El que permanece en Jesús, forma parte de la vid, tiene vida y puede ser fecundo. El que no permanece en Él, no puede dar fruto. Se permanece no por un vínculo de sangre o nacionalidad sino por la fe. Es un permanecer activo, similar a la relación entre el Padre y el Hijo. Es una relación de mutuo amor, en donde Dios nos amó primero e incondicionalmente. Todos estamos llamados a formar parte de la vid amada por el Padre. Solamente si la savia de Jesús corre por nuestras venas podemos dar frutos en abundancia. Esto implica dejar que su Palabra penetre toda nuestra vida; pasar horas con Él, escuchándolo y dejando que su vida penetre toda nuestra vida.

    Esta Palabra nos poda, nos purifica, corta en nosotros aquellas cosas que nos impiden dar frutos: nuestras vanidades, nuestros apegos desordenados, nuestro afán de consumir y tener, nuestros falsos dioses, nuestro egoísmo...  Esta poda es para que tengamos vida y vida en abundancia.

    Vivamos, en este tiempo pascual, la alegría de vivir en Cristo resucitado y el gozo de ser la viña amada por el Padre.

    Nos preguntamos: ¿Permanezco en Cristo? ¿Lo encuentro en todo y en todos? ¿Rezo, contemplo la Palabra, la medito? ¿Dejo que el Señor me purifique para que el fruto del amor madure en mí?

    Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 21, 26b-28. 30-32


    Te alabaré, Señor, en la gran asamblea.


    Cumpliré mis votos delante de los fieles:
    los pobres comerán hasta saciarse
    y los que buscan al Señor lo alabarán.
    ¡Que sus corazones vivan para siempre! R.

    Todos los confines de la tierra
    se acordarán y volverán al Señor;
    todas las familias de los pueblos
    se postrarán en su presencia. R.

    Todos los que duermen en el sepulcro 
    se postrarán en su presencia; 
    todos los que bajaron a la tierra 
    doblarán la rodilla ante él. R.

    Mi alma vivirá para el Señor,
    y mis descendientes lo servirán.
    Hablarán del Señor a la generación futura, 
    anunciarán su justicia a los que nacerán después, 
    porque esta es la obra del Señor. R.

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - IV domingo de Pascua Ciclo B 22 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 11-18

     En aquel tiempo, Jesús dijo:

        «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

        Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

        El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.»

      Palabra del Señor.

     Queridas hermanas y queridos hermanos:

     A los que hoy vivimos en pequeñas o grandes ciudades no nos resulta tan cercana la figura de un pastor de ovejas; en cambio, era una imagen muy familiar para el pueblo de Israel.

     La vida de los pastores, en oriente, era difícil. Les implicaba estar lejos de sus casas por prolongados tiempos, recorrer largas distancias siguiendo alguna nube que le garantizase la lluvia, buscar un lugar donde alimentar el ganado en una región que era sumamente seca, enfrentar tensas vigilancias nocturnas ante los peligros de los ladrones o las fieras. El rebaño era muy valioso para el pastor, no sólo porque le implicaba grandes esfuerzos sino también porque era lo que le garantizaba ganar el sustento necesario para vivir.  Es por eso que, al pueblo de Israel, le gustaba compararse a un rebaño; se sentían como la riqueza de Dios, amados y cuidados por Él.

     Los reyes, para el pueblo elegido, debían ser los pastores que Dios había colocado para que cuidaran en su nombre al rebaño amado. Muchas veces no ocurría así. Muchos gobernantes ejercían su cargo en función de sus propios intereses, aprovechándose del rebaño. Los profetas son muy duros con los malos pastores que no cuidan al pueblo. El evangelista, incluso, ubica este discurso en la fiesta de la Dedicación del Templo, cuando el pueblo de Israel recordaba a los malos pastores que habían sido responsables de la profanación del templo. Dios les dice que esos gobernantes nos serán más los pastores de su pueblo; Él mismo será el pastor de Israel. Rezamos en el salmo 22: El Señor es mi pastor.  Habrá un único pastor que buscará el bien de su pueblo. Cuando Jesús se presenta como el buen pastor, está diciendo que Dios ha dado cumplimiento, en Él, a su promesa. Él es el pastor auténtico.

     Todo pastor que ejerza su servicio en nombre de Jesús, lo tiene que hacer teniéndolo a Él como el único pastor, Él es el modelo.

     En este Evangelio, Jesús nos revela cuatro actitudes del buen pastor:

     Nos conoce. Conocer en el lenguaje bíblico es mucho más que saber los datos de identidad de la otra persona. Se trata de un conocimiento interno, vital; es entrar en la intimidad del otro y dejar que el otro entre en mi intimidad. Es un conocimiento que genera un vínculo de amistad.

    • Nos cuida del lobo, de todo aquello que destruye nuestra vida, de lo que no nos permite vivir en plenitud, con gozo y con paz.
    • Da la vida por nosotros. Qué bien nos hace contemplar a Jesús dando la vida por amor a cada uno de nosotros. En Cristo se nos manifiesta el amor del Padre. Leemos en la segunda lectura de este domingo: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente (1Jn 3,1)
    • Nos viene a buscar, siempre toma la iniciativa. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir.

     En un mundo en donde la vida es tan atropellada, donde hay tanta muerte y en donde hay tanta soledad, que podamos contemplar y anunciar con gozo a Jesús como el buen pastor; Él es aquel que cuida nuestra vida y le da a cada vida un sentido trascendente. Él viene a nuestro encuentro para transformar cada signo de muerte en fuente de vida.  Que con nuestros gestos y actitudes hagamos presente en el mundo el amor de Dios que nos amó hasta el extremo. No está en nuestras posibilidades acabar con las guerras y tantas formas de homicidio. Sí está en nosotros cuidar la vida que Dios nos regaló y cuidar la vida de cada persona que Dios pone en nuestro camino. El Reino de Dios se hace presente en cada pequeño gesto cotidiano que va siendo como la levadura en la masa. Nuestras actitudes, transforman siempre la realidad, pero sobre todo, transforman nuestra propia existencia.

     Recemos, también, para que en la Iglesia no falten hombres que con, Cristo Pastor, configurados al corazón misericordioso de Jesús, asuman la vocación de pastores en la Iglesia. Dios sigue llamando a muchos a la vida sacerdotal. Que muchos puedan responder con generosidad, sirviendo al pueblo sufriente y dando sentido trascendente a sus vidas. Amar a un joven significa, necesariamente, ayudarlo a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios.

     Nos preguntamos: ¿Contemplo cotidianamente el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús? ¿Doy testimonio de este amor? ¿Ayudo a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo, conforme al llamado de Dios?

      Un bendecido tiempo de Pascua,

    1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

       Centro de Espiritualidad Palotina

     SALMO RESPONSORIAL Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

    R. Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor.


    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor!
    Es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los hombres;
    es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los poderosos. R.

    Yo te doy gracias porque me escuchaste
    y fuiste mi salvación.
    La piedra que desecharon los constructores
    es ahora la piedra angular.
    Esto ha sido hecho por el Señor
    y es admirable a nuestros ojos. R.

    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
    Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
    Dios mío, yo te glorifico.
    ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
    porque es eterno su amor! R

  • COMENTARIO AL EVANGELIO - III domingo de Pascua Ciclo B 15 de abril de 2018

    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48

    Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

    Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

    Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

    Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

    Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

     Palabra del Señor.

    Queridas hermanas y queridos hermanos:

    ¡Qué mezcla de sentimientos habrán experimentado los discípulos, luego de la muerte de Jesús! Dolor, frustración, desánimo, miedo. Los acontecimientos habían sido muy traumáticos: Jesús no sólo era alguien muy querido sino aquel que se presentaba como el Mesías tan esperado, sus jefes lo entregaron, muchos de ellos habían tenido una actitud de cobardía y lejanía. De repente aparecen las mujeres diciendo que no encontraron su cuerpo en el sepulcro. Pedro dice haber visto al Señor, los dos discípulos de Emaús cuentan que a ellos también se les apareció. El texto propuesto para este domingo comienza diciendo: Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. ¿Se trataba de una aparición real o de una imaginación, fruto del deseo de verlo? Estaban con temor. Los discípulos estaban realmente confundidos. Aún no lo podían creer. La experiencia de la resurrección superaba toda posibilidad de entendimiento humano, de comprensión. Quedaron atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu… La fe en la resurrección implicó para ellos un proceso. Es en el encuentro con la comunidad en donde van vivenciando la presencia de Jesús resucitado y la van madurando en la Fe. Tuvieron que pasar por las dudas, el miedo, el dolor para llegar a la experiencia gozosa de la resurrección del Señor.

    En esta aparición podemos señalar tres manifestaciones del Señor:

    Jesús les muestra su cuerpo real y come con ellos. No puede ser un fantasma. No es un espíritu. La resurrección no es sólo inmortalidad del alma, es también glorificación del cuerpo. Manifestamos en el Credo: creo en la resurrección de la carne. La resurrección no es la prolongación de esta vida. Resucitar es volver a vivir para siempre en la gloria de Dios. La resurrección final será la plenitud de la vida nueva en el amor, recibida en el bautismo. Todo nuestro ser resucitará. La creación entera participará de la gloria de Dios.

    Jesús, como con los discípulos de Emaús, recurre a la Escritura para ubicar el hecho dentro de toda la historia de la salvación y de la promesa hecha desde antiguo. Les abre la inteligencia para que puedan comprender las Escrituras. Siempre necesitamos que el Señor nos dé el don de la comprensión vital de la Palabra para que no nos quedemos en los aparentes fracasos y veamos cómo, de toda experiencia de muerte, Él saca la vida. La Palabra nos abre a la Esperanza porque ubica toda experiencia de crisis, de dolor y de muerte, dentro de una perspectiva mayor, dentro del plan de la salvación que finalizará en el encuentro definitivo con el Señor y será la plenitud de nuestra paz y nuestra alegría. La Palabra carga de significado todo lo que nos sucede en la vida, dando un sentido hondo y trascendente a nuestra existencia.

    Es por eso, que este encuentro con el Señor los llena de alegría y de admiración. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. El encuentro con el Resucitado significó para ellos volver a creer en la promesa del Señor. Decía Blaise Pascal: Nadie es tan feliz como un cristiano auténtico. Romano Guardini, señalando que el encuentro con el Señor es la causa más profunda de nuestra alegría, nos dice: La melancolía es algo demasiado doloroso y que penetra con demasiada profundidad en las raíces de nuestra existencia humana como para que podamos abandonarla sólo en manos de los psiquiatras.

     

    Dejemos que la alegría pascual desborde nuestra vida. La Pascua torna la muerte en vida. Los fracasos, lo que dejamos o perdemos, las crisis, los momentos de dolor, son el lugar donde Dios actúa para sacar de la muerte, vida nueva. La fe implica un proceso de crecimiento que siempre nos conduce a la alegría y a la paz prometida por el Señor.

    El Señor nos llama a ser testigos en el mundo de esta honda alegría

    Nos preguntamos: ¿Dejamos que la Palabra ilumine nuestra inteligencia? ¿Le abrimos el corazón al don del Espíritu Santo? ¿En medio de las dificultades, encontramos en el Señor la paz y la alegría interior?

     Un bendecido tiempo de Pascua,

    Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

    Centro de Espiritualidad Palotina

    SALMO RESPONSORIAL Sal 4, 2. 4. 7. 9

    R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

    Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
    tú, que en la angustia me diste un desahogo:
    ten piedad de mí
    y escucha mi oración. R.

    Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
    Él me escucha siempre que lo invoco.
    Hay muchos que preguntan: «¿Quién nos mostrará la felicidad,
    si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?» R.

    Me acuesto en paz
    y en seguida me duermo,
    porque sólo tú, Señor,
    aseguras mi descanso. R