Jueves, 26 Abril 2018 | Login
SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (2, 1-12)

 Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.»

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

"Y tú, Belén, tierra de Judá,

ciertamente no eres la menor

entre las principales ciudades de Judá,

porque de ti surgirá un jefe

que será el Pastor de mi pueblo, Israel".»

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje.»

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

 Palabra del Señor.

 La fiesta de la Epifanía no se reduce al episodio del encuentro de los tres magos con Jesús. La Epifanía es la celebración de la manifestación de Dios al mundo, es celebrar la alegría de un Dios que, en Jesús de Nazaret, se hace visible a los hombres hasta el extremo de asumir nuestra humanidad. Celebramos al Dios hecho hombre para que los hombres podamos ver y conocer profundamente a Dios.

 Tres acontecimientos, referidos a la manifestación de Dios, señala la Iglesia, y recoge la liturgia,  en los inicios de la vida y misión del Señor:

 El que hoy nos relata el Evangelio: el encuentro y adoración de los magos de oriente.

  • El bautismo de Jesús, que celebraremos el próximo domingo y con el cual finaliza el tiempo de Navidad: el Padre nos lo presenta como su Hijo predilecto.
  • El primer signo, narrado en el Evangelio de Juan: las bodas de Caná, en donde se manifiesta el poder de un Dios de amor salvífico.

 Es interesante ver cómo en oriente se comenzó a celebrar la fiesta de la Epifanía, antes que en occidente se estableciera la fiesta de Navidad. Es más, en occidente, en algún momento, tuvo mucha más fuerza esta fiesta de lo que lo tiene ahora. Es que toda la vida de Jesús estuvo marcada por esta dimensión epifánica. Él vino al mundo para manifestar al mundo la misericordia del Padre.

 Esta fiesta de la Epifanía está contextualizada por una tradición popular y muy ligada a los niños: los tres “reyes” magos, los camellos, el agua y el pasto para esperarlos, los regalos y hasta los nombres de estos reyes: Melchor, Gaspar y Baltasar. Muchas expresiones del arte, recogen estas tradiciones.

 Sin dejar de ver la expresión de fe que subyace en estas costumbres, es importante que nos atengamos al relato bíblico. En el mismo, en ningún momento se habla de que son reyes, no se dicen sus nombres ni del país del que viene, ni cuántos son. Se nos dicen que eran magos de oriente que se presentaron en Jerusalén para adorar al rey de los judíos, movidos por una estrella. Los magos eran estudiosos de la relación de los astros con la vida de los hombres y la naturaleza. Estos magos vienen de un pueblo que no compartía la misma fe que los judíos, no pertenecían al pueblo elegido. Como se trataba de un rey, van a Jerusalén, lugar en donde residía el rey. Ahí se encuentran con este personaje temible de Herodes, un perverso del poder. Cuenta la historia que no dudó en matar a familiares, incluso a alguno de sus hijos, por miedo a que le quitaran su dominio. No era judío pero, con intrigas palaciegas, se hizo nombrar rey de los judíos. Como era de suponer, tenía que eliminar a este otro supuesto rey, del que hablaban los magos, porque podía competir con su poder; por eso, les pide que al regresar le informen dónde se encuentra este posible adversario, poniendo como excusa su deseo de adorarlo. Los magos, inspirados por Dios, toman otro camino de regreso. Esto trae como consecuencia el posterior asesinato de los niños inocentes: la orden fue matar a todo niño que estuviera en el margen de edad del llamado “rey de los judíos”.

 Esto evidencia como el apetito desordenado de poder siempre genera muerte. Todos tenemos algún grado de poder, todos tenemos capacidades, habilidades con las que podemos hacer cosas, todos tenemos cierto grado de influencia en la vida de los demás, quizá en algún momento nos toca ejercer lugares de autoridad. La pregunta es cómo ejercemos ese poder. Podemos vivirlo en actitud de servicio o vivirlo en actitud de dominio. San Vicente Pallotti nos recordaba que el espíritu de domino es la peste que enferma la comunidad.

 Cuando en el ejercicio del poder buscamos la voluntad de Dios y el bien de nuestros hermanos, cuando nuestro cotidiano vivir está motivado por la búsqueda del bien de los demás, ese poder se torna servicio. Cuando ejercemos el poder de forma autorreferencial, al servicio de una falsa satisfacción de nuestro yo, de nuestra imagen o lugar social, colocándonos en el centro de todo acontecimiento, ese poder se torna dominio.

 Cuando damos y nos damos sin demandar compensaciones de ningún tipo, cuando encontramos la alegría en el hecho de amar, ahí el poder es servicio. Cuando buscamos el aplauso, la devolución, el reconocimiento, cuando hacemos el bien sólo al que nos hace bien; ese poder es dominio.

 Cuando respetamos la libertad del otro, lo valoramos en sus talentos y capacidades, nos abrimos a la reciprocidad y al trabajo en equipo, a la vida en comunidad, ese poder se expresa en servicio. Cuando nos hacemos dueños de las obras, de las tareas, de los cargos, de las instituciones y nos atornillamos en un puesto o servicio, ese poder se hace dominio.

 Cuando valoramos lo que Dios quiere hacer a través nuestro y de nuestros hermanos, cuando agradecemos la obra de Dios, fuente de todo bien, ese poder es servicio. Cuando nos asaltan las envidias, los celos, las falsas competencias, necesariamente caemos en el dominio.

 Es interesante ver cómo en ese reino del dominio, generador de muerte, simbolizado en Herodes, Dios interviene y cambia sus planes. Dios siempre interviene, transformando la muerte en vida, llevándonos por caminos de adoración al único Dios. Dios irrumpe en nuestras vidas transformando nuestras egolatrías en caminos de servicio a Dios y a la  humanidad. Con la egolatría no sólo destruimos, nos destruimos. Dios interviene porque quiere que tengamos vida y vida en abundancia.

 Nuestro Dios quiere manifestarse a todos los pueblos y naciones, a todo hombre y a toda mujer, a toda realidad cultural. La adoración de los magos de oriente simboliza esa manifestación universal de Dios.

 Que permitamos que Dios siempre se manifieste en nuestra vida, para hacer de nuestra vida una vida vivida en el servicio y, por eso, una vida profundamente feliz. Que el Señor intervenga en nuestras vidas y en la vida de nuestros pueblos para llevarnos por caminos de vida y no de muerte.

 Una bendecida fiesta de la Epifanía para todos

 Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

 Centro de Espiritualidad Palotina

000

About Author