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Mensaje de la Comisión Ejecutiva a la Iglesia argentina

Mensaje de la Comisión Ejecutiva a la Iglesia argentina Destacado

Queridos hermanos,
 
Con gran alegría vamos concluyendo nuestro paso por Roma.
 
Como Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, hemos tenido oportunidad de visitar casi todos los dicasterios vaticanos y de asomarnos a la intensa actividad que con calidez, cercanía y eficaz sensibilidad despliegan estos organismos animados por el incansable Papa Francisco. Nos hemos sentido escuchados y alentados en nuestra misión.
 
Entre los distintos temas que fuimos abordando, pudimos conocer el programa de trabajo con que la Santa Sede prepara el Sínodo sobre los Jóvenes (2018) revelando el compromiso de toda la Iglesia con su evangelización. De igual manera la simultánea preparación del Sínodo para el Amazonas (2019) expresa el acompañamiento eclesial y la promoción integral de los pueblos originarios, así como la preocupación por la creación afligida por el maltrato sistemático que la depreda y somete. Este Sínodo ciertamente, tendrá resonancias globales y consecuencias para nuestra región en cuanto proclamación de la Buena Noticia del cuidado de la Casa Común, a fin de que sea una tierra habitable para todos.
 
En estos días nos hemos encontrado en dos ocasiones con el Sumo Pontífice. El pasado 1° de febrero lo acompañamos en la celebración de la Eucaristía en Santa Marta. Allí pudimos saludarlo y expresarle nuestro cariño fraterno. Esta mañana volvimos a vernos para una audiencia privada en la que Francisco nos confirmó en la fe con su ministerio de buen Pastor de la Iglesia universal.
 
Durante una hora recorrimos los distintos temas pastorales que nos preocupan y que encontraron resonancia en Francisco, cuya pasión evangelizadora y reflexión autorizada nos ayudan a discernir nuestro compromiso de pastores para estar presentes, con coraje evangélico, donde nuestros hermanos nos necesitan; y para que nuestra palabra se prolongue en el testimonio abnegado de la entrega.
 
En el diálogo que mantuvimos, le renovamos nuestro deseo de que visite la Argentina cuando lo juzgue oportuno. Por ahora el Papa no viajará a nuestro país, decisión que respetamos y acompañamos.
 
Con afecto, desde Roma, los saludamos y bendecimos en nombre de Cristo, el Señor y María de Luján.
 
 
Roma, 3 de febrero de 2018
Los obispos de la Comisión Ejecutiva de la CEA
Mons. Oscar V. Ojea, Obispo de San Isidro y Presidente de la CEA,
Cardenal Mario A. Poli, Arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina y Vicepresidente I
Mons. Marcelo D. Colombo, Obispo de La Rioja y Vicepresidente II
Mons. Carlos H. Malfa, Obispo de Chascomús y Secretario General
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  • MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2018

    «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

     

    Queridos hermanos y hermanas:

    Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

    Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

    Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

    Los falsos profetas

    Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

    Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

    Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

    Un corazón frío

    Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

    Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

    También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

    El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].

    ¿Qué podemos hacer?

    Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

    El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

    El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]

    El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

    Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

    El fuego de la Pascua

    Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

    Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

    En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

    Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

    Vaticano, 1 de noviembre de 2017
    Solemnidad de Todos los Santos

    Francisco

     

    http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/lent/documents/papa-francesco_20171101_messaggio-quaresima2018.html

  • Carta de la Comisión Ejecutiva de la Conferenca Episcopal de Argentina

    "La construcción de consenso es el único camino" (CEA)

    No tenemos palabras para expresar el dolor y la tristeza que nos conmueven esta tarde después de lo vivido en ocasión del comienzo del tratamiento de la reforma previsional.

    Ninguna forma de violencia puede aceptarse. Como pastores de este pueblo, una vez más pedimos el diálogo y la consiguiente construcción de consensos como el único camino para la convivencia en la amistad social así como para la aprobación de leyes importantes que afectan al conjunto de la población, especialmente a los más pobres y frágiles.

    En estos momentos los argentinos esperamos gestos de grandeza y pacificación de parte de los hombres y mujeres públicos.

    Pedimos a nuestra Madre de Luján que cercano el nacimiento de Jesús en la Navidad, nos ayude a reencontrarnos en las diferencias, a vernos y a tratarnos como hermanos.

    Comisión Ejecutiva
    Conferencia Episcopal Argentina
    Buenos Aires, 18 de diciembre de 2017

  • La Iglesia hizo un llamado al diálogo y a celebrar la Navidad en paz

    La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) hizo este viernes un apremiante llamado al diálogo, al expresarse conmovida por la “creciente violencia política” en las calles y en el interior del Congreso de la Nación. 

    En un comunicado con el título “El diálogo es el único camino”, los obispos argentinos sostuvieron que “para responder a las muchas urgencias y angustias de nuestros hermanos más frágiles, especialmente los jubilados, y para construir una sociedad justa y equitativa, no existen dos caminos, el diálogo o la violencia, solamente hay uno, el diálogo”. 

    “Parece necesario repetirlo: únicamente a través del respeto por las instituciones democráticas, que garantizan un diálogo al servicio del bien común, será posible superar las dificultades que agobian a nuestro pueblo”, agregaron. 

    El Episcopado exhortó a todos a “multiplicar los esfuerzos necesarios para poder celebrar estas próximas fiestas de Navidad en paz”, e invocó “la protección de María Santísima, Nuestra Señora de Luján, sobre cada uno de los argentinos”. 

    El comunicado lleva la firmas de monseñor Oscar Vicente Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la CEA; el cardenal Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires y vicepresidente primero; monseñor Marcelo Daniel Colombo, obispo de La Rioja y vicepresidente segundo, y monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús y secretario general. 

    Texto del mensaje 
    En estos días las familias argentinas han sido conmovidas por una creciente violencia política, que no solo se ha registrado en las calles, sino que ha llegado incluso al interior del Congreso impidiendo su normal funcionamiento. 

    Como pastores deseamos hacer un nuevo llamado al diálogo. Para responder a las muchas urgencias y angustias de nuestros hermanos más frágiles, especialmente los jubilados, y para construir una sociedad justa y equitativa, no existen dos caminos, el diálogo o la violencia, solamente hay uno, el diálogo. 

    Parece necesario repetirlo: únicamente a través del respeto por las instituciones democráticas, que garantizan un diálogo al servicio del bien común, será posible superar las dificultades que agobian a nuestro pueblo. 

    Exhortamos a todos a multiplicar los esfuerzos necesarios para poder celebrar estas próximas fiestas de Navidad en paz, e invocamos la protección de María Santísima, Nuestra Señora de Luján, sobre cada uno de los argentinos.