Martes, 19 Junio 2018 | Login
COMENTARIO AL EVANGELIO - 27 de mayo de 2018

COMENTARIO AL EVANGELIO - 27 de mayo de 2018

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20

     Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

    Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

 Hemos celebrado durante todo el tiempo pascual a Jesús resucitado, vencedor de la muerte y del pecado. El domingo pasado, celebramos el don más preciado de la pascua: el Espíritu Santo. Dios Padre nos ha manifestado, en ellos, su amor misericordioso.  En este próximo domingo, la Iglesia nos invita a celebrar, en una misma fiesta, a las tres personas de la Santísima Trinidad, contemplando a nuestro Dios en su perfecta unidad. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

 En todos nosotros hay un deseo profundo de unidad. Cuando en nuestras familias y ciudades, respiramos un clima de concordia, entendimiento y generosidad, experimentamos gozo en nuestro corazón. En cambio, cuando nos encontramos con situaciones de ruptura, indiferencia y agresividad, nos invade la tristeza. Fuimos creados para la comunión porque somos imagen y semejanza de un Dios que es comunión de personas. El creador, que nos hizo semejantes a Él, nos hizo para la unidad. La oración de Jesús, antes de partir, en el momento culminante de su vida y de la historia, fue un ruego al Padre para que seamos uno como Él y el Padre son uno.

 Al contemplar al Dios Uno y Trino, contemplamos nuestra vocación más honda. Fuimos llamados a participar de la comunión trinitaria. Cuando el Hijo de Dios se hace hombre y une a la humanidad a Él, cuando sella en la cruz una Alianza nueva y eterna, nos hace partícipes para siempre de su vida. En Cristo está la humanidad y, por eso, la humanidad está en Dios. El Espíritu Santo nos ha unido a Cristo para siempre; por lo tanto, nosotros formamos parte de esa vida de comunión trinitaria. Este es el maravilloso misterio que da sentido a nuestro vivir cotidiano. Cuando decimos misterio no decimos oscuridad sino exceso de luz. Se trata de una verdad tan grande que el ser humano no puede contener en plenitud con su limitada inteligencia y capacidad de comprensión. El misterio siempre ha de ser contemplado con gozo y humildad, abiertos con alegría a ese don de Dios que supera lo que podamos desear, entender y pedir.  La ausencia de unidad nos hace tanto daño porque, en el fondo, es una renuncia a vivir el sentido más profundo de nuestra existencia. La oración y el compromiso en la construcción de la unidad, nos realiza como personas porque fuimos creados por Dios vivir en comunión.

 Las tres personas trinitarias son diferentes entre sí y llegan a ser un solo Dios porque viven en la plenitud del amor. Se definen por su relación de amor. Al Padre lo llamamos así porque es todo para el Hijo; el Hijo es todo para el Padre; ambos viviendo un amor absoluto y eterno que se hace eternamente persona en el Espíritu Santo. Nosotros, podemos vivir en comunión porque siendo diferentes nos descubrimos necesitado unos de otros. La unidad es posible cuando, teniendo miradas diferentes nos abrimos a la búsqueda de la verdad, no absolutizando nuestra opinión como si fuera la verdad absoluta. En toda persona hay algo de verdad. Decía el poeta Atahualpa Yupanquí que hasta un reloj descompuesto, cuyas agujas no se mueven, dos veces al día coincide con la verdad. Sólo Jesucristo es la Verdad. Nosotros somos buscadores y poseedores limitados y parciales de ella. Podemos vivir en comunión cuando entendemos nuestras diferencias en reciprocidad de amor. El amor significa entregar a los demás este ser único e irrepetible que somos cada uno de nosotros y valorar el original regalo que Dios nos hace en cada persona que pone en nuestro camino.

 A nosotros, Iglesia, el Señor nos encomienda una misión: hacer que todos los pueblos, todos los hombres, sean sus discípulos. El envío es universal: todos somos enviados a todos los pueblos para hacer que los hombres sean discípulos del Señor. Y esto se realiza a través del bautismo y la enseñanza. Bautizar significa sumergir. Es nuestro vivir en Cristo lo que nos hace sus discípulos. Esta comunión con Cristo que se realiza en la Fe. Una fe que nace a través de la predicación, de la enseñanza del Evangelio.

 Jesús pronuncia una frase que nadie en la historia se animaría a pronunciar: he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. ¿Qué ser humano puede hacer esta afirmación? Creer en el nombre del Hijo único de Dios, es creer que en Cristo es posible la unidad.

 Nos preguntamos: ¿Contemplo con alegría el misterio hondo de un Dios que es plenitud de unidad? ¿Contemplo mi vida como partícipe de esa comunión de amor?

 

Una bendecida fiesta de la Trinidad.

  1. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

   Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL  Sal 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22 (R.: 12b)

R. ¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!

La palabra del Señor es recta 
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.

La palabra del Señor hizo el cielo,
y el aliento de su boca, los ejércitos celestiales;
porque él lo dijo, y el mundo existió,
él dio una orden, y todo subsiste. R.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

Nuestra alma espera en el Señor:
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti. R

000

About Author